Un intercambio de locos Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Metió una mano en el bolsillo y sacó una figura de papel doblado con cuidado, una especie de origami formado por varias puntas y pliegues que ocultaban parte del dibujo. Se inclinó hacia delante para tendérselo.

Kain siguió sentado en la mecedora mientras lo recibía con una expresión de desconfianza y a la vez curiosidad.

—¿Y esto qué es?

Sebastián se limitó a hacer un gesto para que lo abriera.

Kain empezó a desdoblar el papel con cuidado para no romperlo y, a medida que los pliegues fueron cediendo, apareció un diseño mucho más elaborado de lo que esperaba.

Había trazos de colores que se repetían alrededor de varias estrellas, figuras geométricas pequeñas, líneas finas y patrones que parecían encajar unos dentro de otros como piezas de mosaico.

La mecedora dejó de moverse, bajó un poco más la mirada hacia el papel, recorriendo los detalles con atención.

La combinación de colores, la distribución de los patrones y la manera en que las líneas se enlazaban alrededor de la constelación le llamaron la atención de inmediato, sobre todo porque reconocía en aquel tipo de trabajo algo cercano a los diseños que él mismo hacía cuando preparaba propuestas de azulejos y revestimientos.

—Esto está bastante bien —murmuró, todavía observándolo.

Sebastián sonrió desde la silla de enfrente. Kain volvió a desplegar una esquina para ver mejor cómo continuaba el patrón, mientras Tim se inclinaba un poco desde su silla, intentando distinguir el dibujo que todavía sostenía abierto entre las manos.

—¿Qué es eso?

—Orión —respondió Kain sin inmutarse, repasando con la vista las líneas que unían las estrellas—. ¿Acaso no la escuchas hablar de su constelación favorita?

Tim levantó las cejas, pero Kain ya había vuelto a concentrarse en el papel.

Había algo aprovechable allí para sus propios diseños, especialmente para una composición de azulejos donde pudiera repetir el motivo sin perder la figura central.

Giró el papel entre los dedos para observar otra sección y entonces vio las palabras escritas en uno de los bordes, pequeñas y sin ningún intento de adornarlas.

Lo siento .

Kain se quedó mirándolas unos segundos, todavía con el dibujo abierto sobre las piernas. Dejó escapar un suspiro profundo y volvió a mirar el dibujo antes de doblarlo con cuidado. Después levantó la vista hacia Sebastián.

—¿Cómo se llama la cumbia que bailaste con Michigan en el barco?

Sebastián tardó apenas un segundo en recordarla.

—Cómo te voy a olvidar de los ángeles azules. Pero toma mi Spotify, acá tengo otros temas buenos.

Kain aceptó su celular y empezó a revisar la lista sin demasiada prisa, copiando algunos títulos en el suyo mientras Sebastián bebía otro trago de cerveza. Pasó por varias canciones hasta que una consiguió detenerlo.

“Wild, Wild West”, de The Escape Club.

Kain mantuvo la vista unos segundos sobre el nombre, anotó algo más en su teléfono y terminó de copiar un par de títulos antes de ponerse de pie de golpe.

Después le devolvió el celular a Sebastián.

Acomodó el origami con cuidado antes de guardarlo para llevárselo, procurando no doblar los sectores donde Em había trabajado los patrones y colores.

—Permiso, muchachos. Tengo algo importante que hacer —dijo mientras empezaba a reírse.

Avanzó hacia la puerta, pero antes de entrar a la casa se detuvo y miró por encima del hombro hacia Sebastián.

—Dile que el Sr. Maligno la perdona —dijo con una sonrisa de satisfacción.

* * *

Ya en su habitación, Kain dejó el origami con cuidado sobre el escritorio, junto a los peluches que Em había ido dejando en distintos momentos y que, sin darse demasiadas explicaciones, nunca había querido guardar en otro sitio.

Durante unos segundos se quedó mirándolos antes de sentarse frente a la laptop.

Qué diablos estaba ocurriendo dentro de él no lo sabía; solo reconocía aquella euforia que le recorría el cuerpo desde hacía semanas y que se volvía especialmente difícil de ignorar cada vez que recordaba a Em bailando pegada a él en el barco.

La memoria regresaba con demasiada facilidad: la mano de ella en su nuca, sus cuerpos siguiendo el mismo movimiento, la cercanía de su boca y aquella manera en que, por unos minutos, ambos habían dejado de prestar atención a todo lo que sucedía alrededor.

¿Qué pretendía hacer con ella? No tenía una respuesta.

La deseaba, maldita sea; eso sí lo tenía perfectamente claro, y cuanto más intentaban comportarse como si entre ellos no hubiera ocurrido nada, más absurdo le parecía fingir que aquella atracción podía desaparecer por sí sola.

Era de locos.

Abrió la laptop y comenzó a buscar tiendas de disfraces con una sonrisa que fue creciendo mientras revisaba las primeras opciones.

Si Michigan pensaba que podía convertirlo en el señor Maligno, dejarlo rodeado de lectoras cachondas y después escapar al bosque para librarse de las consecuencias, estaba muy equivocada.

Kain ya tenía una idea bastante precisa de cómo devolverle la jugada y, esta vez, pensaba aprovechar hasta el final esa atracción que ninguno de los dos parecía capaz de ignorar.

Después de guardar un par de tiendas, volvió a mirar el origami sobre el escritorio y recordó algo que Em llevaba meses mencionando.

Su viejo telescopio seguía instalado en el balcón del ático y más de una vez la había escuchado hablar de modelos nuevos, comparar características y explicar que estaba ahorrando para reemplazarlo cuando pudiera permitírselo.

Abrió otra pestaña y empezó a revisar telescopios, aunque apenas tardó unos minutos en aceptar que no entendía prácticamente nada de lo que estaba leyendo.

Distancias focales, aperturas, monturas y una cantidad de especificaciones que para Em probablemente tenían todo el sentido del mundo aparecían frente a él como si estuvieran escritas en otro idioma.

Kain apoyó la espalda en la silla y miró la pantalla durante unos segundos.

Entonces se le ocurrió una idea. Cerró varias pestañas, tomó el teléfono y buscó algo antes de dejarlo otra vez sobre el escritorio.

Ya encontraría la forma de conseguir exactamente lo que quería sin preguntarle directamente a Michigan.

En el porche, Tim se quedó mirando hacia la puerta por donde su hermano acababa de desaparecer y después volvió la cabeza hacia Piers, Beau y Sebastián.

—Ese cabrón está pilladisimo.

Beau soltó una carcajada, Sebastián levantó la cerveza con una sonrisa y Piers negó con la cabeza, aunque terminó acompañándolos. Los cuatro chocaron las botellas en un brindis improvisado, todavía riéndose mientras la noche seguía avanzando alrededor del porche.