Capítulo 23
Em no regresó y Kain permaneció unos minutos junto a la cerca, todavía mirando hacia los árboles, hasta que terminó por aceptar que no iba a verla aparecer mientras él siguiera allí esperando.
El calor ya le había pegado la camiseta a la espalda y, después de la carrera, respiraba con más fuerza de lo que estaba dispuesto a reconocer delante de Tim.
—Ni se atrevan a ayudarla —advirtió mientras se apartaba de la cerca—. Si vuelve por otro lado, no la escondan.
Tim lo miró con una sonrisa que no consiguió disimular.
—Sí, como quieras.
Kain le señaló con un dedo.
—Lo digo en serio.
Regresó a la casa por el mismo costado por donde había salido, todavía irritado, y atravesó el garaje sin detenerse. Cuando llegó a la sala, Beau seguía allí, bastante más interesado en lo que acababa de ocurrir que en el partido.
—¿Dónde está Em? —preguntó Piers.
Kain siguió caminando hacia el auto para buscar su guitarra.
—Al otro lado de la cerca.
Piers levantó apenas las cejas.
—Bueno, por lo menos no está al sol.
Beau volvió a reírse, pero Kain ya estaba subiendo los escalones de dos en dos.
Había tenido suficiente por aquel día: mujeres desenfrenadas en la librería, manos por todas partes, fotografías, gritos, una multitud convencida de que era un personaje de ficción y, para rematar, Michigan sin ningún ápice de remordimiento.
Entró en su habitación, dejó la guitarra en un lugar seguro y se quitó la camiseta mientras caminaba hacia el baño.
Sentía todavía sobre los brazos, los hombros y el torso el recuerdo de demasiadas manos ajenas, algunas bastante más atrevidas de lo que había esperado cuando simplemente había entrado a comprar unos lápices.
—Joder —murmuró mientras abría la ducha.
Necesitaba quitarse de encima hasta el último rastro de aquello antes de decidir qué demonios iba a hacer con Emily Fisher.
La tarde fue avanzando y Em continuó sin aparecer por la casa.
El calor seguía fuerte, aunque al otro lado de la cerca los árboles ofrecían suficiente sombra como para que pudiera mantenerse fuera sin terminar achicharrada bajo el sol.
Tim había ido un par de veces hasta el patio trasero para comprobar si regresaba, pero cada vez encontraba el mismo tramo vacío junto a la cerca y ningún rastro de ella entre la vegetación.
Cerca de una hora después volvió a escuchar su voz.
—¡Tim!
Él salió al patio y caminó hasta el fondo del terreno, buscando entre los árboles.
—¿Em?
—¡Si estás ahí, ¿me puedes pasar mi mochila?!
Tim se quedó frente a la cerca intentando localizarla hasta que distinguió movimiento entre la vegetación. Em seguía al otro lado, suficientemente lejos para que Kain no pudiera alcanzarla con facilidad si decidía aparecer.
—¿Quieres que te la pase por encima?
—¡Tírala! No tengo nada delicado.
Tim regresó a la casa, encontró la mochila donde Em la había dejado y volvió con ella colgada de una mano. Cuando llegó otra vez a la cerca, la levantó para calcular la distancia.
—¡Dios mío, Em! ¿Hasta cuándo va a durar esto?
—Hasta cuando yo lo diga.
La respuesta no vino desde los árboles.
Tim giró la cabeza y encontró a Kain acercándose por detrás. Ya se había duchado y cambiado; llevaba pantalones cortos y una camiseta blanca holgada, con el cabello todavía húmedo y más oscuro en algunas zonas mientras se secaba al aire.
Em no dijo nada desde el otro lado.
Tim miró primero a Kain y después hacia los árboles, todavía sosteniendo la mochila.
—Genial —murmuró—.
Tres horas después, Em seguía sin intención de regresar por el mismo lugar.
Desde el bosque había terminado buscando una salida que la obligó a rodear buena parte de la zona para evitar pasar frente a la casa, porque conocía lo suficiente a Kain como para sospechar que podía seguir pendiente de la entrada únicamente por impedirle la entrada.
Lo que al principio había parecido una solución bastante inteligente terminó convirtiéndose en una caminata mucho más larga de lo calculado, con el calor pegándosele a la ropa y la mochila cada vez más pesada sobre los hombros.
Cuando por fin llegó a Holler Cafeteria, entró agradeciendo el golpe del aire acondicionado y dejó escapar el aire mientras se acercaba al mostrador.
A esa hora el movimiento había disminuido bastante; quedaban algunas personas repartidas entre las mesas y Sebastián acomodaba vasos mientras Holler revisaba unas hojas cerca de la caja.
—¿Me das un refresco, por favor? —pidió Em, dejando la mochila sobre uno de los taburetes—. Grande.
Sebastián la miró de arriba abajo antes de tomar un vaso.
—¿Desde donde vienes caminando?
—Desde lo profundo del bosque —declaró con una teatralidad exagerada.
No añadió ninguna explicación y él tampoco insistió.
Le entregó el refresco con bastante hielo, y Em bebió varios tragos antes de llevarlo hasta una mesa apartada junto a la ventana.
Después de tantas horas evitando la casa, no tenía ganas de estudiar ni de revisar ninguna de las tareas que llevaba pendientes, así que abrió la mochila y sacó un cuaderno que utilizaba para dibujar cuando necesitaba ocupar las manos en algo que no exigiera demasiada concentración.
Em comenzó trazando una constelación sencilla en el centro de la página, marcando las estrellas principales y uniéndolas con líneas finas.
Después empezó a rodearlas con formas geométricas pequeñas, repitiendo triángulos, rombos y fragmentos curvos hasta convertir el dibujo en una composición parecida a un mosaico.
Sacó varios lápices de colores y fue alternando tonos entre los patrones, probando combinaciones alrededor de cada estrella y corrigiendo algunas secciones cuando el conjunto empezaba a verse demasiado cargado.
El refresco quedó a un lado mientras avanzaba sobre la hoja.
Cada cierto tiempo se detenía, inclinaba la cabeza para mirar el dibujo completo y añadía otro grupo de formas alrededor de una de las líneas de la constelación.
El resultado ya no parecía únicamente un esquema astronómico; las estrellas permanecían reconocibles dentro de un patrón ornamental que se extendía alrededor de ellas, como si alguien hubiera trasladado una porción del cielo a una pared cubierta de pequeñas piezas de cerámica.
Poco a poco, la caminata, el calor y el escándalo de aquella tarde fueron perdiendo importancia mientras Em se concentraba en decidir qué colores utilizar en la siguiente sección.
Cuando la tarde empezó a rendirse por fin al calor más tolerable de la noche, la vigilancia se trasladó al porche delantero.
La casa quedaba elevada sobre sus columnas blancas, con la escalera central descendiendo hacia el camino de grava y varias sillas repartidas a ambos lados, de modo que desde allí podían ver perfectamente cualquier vehículo que entrara y también a quien intentara acercarse caminando desde la carretera.
Tim había llevado una hielera pequeña, Beau apareció con más cerveza y Piers terminó instalándose cerca de la barandilla, mientras Kain ocupaba una de las mecedoras con una persistencia que ya no se molestaba en disimular.
No había dicho que estaba esperando a Em, porque tampoco hacía falta.
Mecía la silla con un pie apoyado en el suelo, una botella en la mano y la mirada fija en el acceso, como si en cualquier momento fuera a aparecer su figura por el camino después de haberse pasado media tarde escondida sabe Dios dónde.
La luz se iba apagando poco a poco entre los árboles y el aire húmedo de Louisiana arrastraba olor a tierra, a pasto recién removido y al resto del calor acumulado durante el día.
Beau bebía con la comodidad de quien asistía a un espectáculo mejor que cualquier partido, Tim cambiaba de postura cada pocos minutos y Piers observaba a su hermano con una paciencia cada vez más escasa.
—Sabes que tiene que entrar a esta casa —le dijo al cabo de un rato, apoyando un antebrazo sobre la barandilla—. No puede quedarse afuera con cualquiera.
Kain ni siquiera volvió la cabeza.
—Puede llamar a sus amigos, los multiorgásmicos.
Beau soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apartarse la botella de la boca para no atragantarse, y Tim se dejó caer contra el respaldo de su silla con una expresión de agotamiento.
—¿Multiorgásmico?
—No preguntes Beau…—soltó Piers riendo.
Piers bebió un trago antes de continuar haciendo que Kain entrara en razón.
—Estás haciendo el ridículo Kain.
—No más que ella escribiendo sobre mí como si fuera un degenerado con guitarra.
—Por lo que entendí, el problema no es exactamente la guitarra —comentó Beau, todavía divertido—. Sí que son divertidos ustedes, hasta sin mujeres guapas rodeándolos.
Unos minutos después, una figura apareció avanzando por el camino de grava y Tim fue el primero en reconocerlo cuando se acercó lo suficiente para entrar en la luz del porche.
Sebastián levantó una mano a modo de saludo mientras subía los primeros peldaños, todavía con ropa de calle y una expresión que hizo que Kain se incorporara apenas en la mecedora.
—Mira a quién tenemos acá —dijo Tim.
Kain dejó de balancearse y lo observó acercarse.
—Un emisario.
Sebastián soltó una risa al llegar arriba y fue saludándolos uno por uno, primero a Tim, después a Beau y a Piers, antes de detenerse frente a Kain, que seguía mirándolo con demasiado interés para fingir indiferencia.
—Buenas noches también para ti —respondió Sebastián.
—Siéntate —dijo Piers, señalándole una de las sillas libres—. ¿Quieres una cerveza?
Sebastián miró la hielera junto a ellos y aceptó sin pensarlo demasiado.
—Claro.
Tim sacó una botella, se la lanzó con cuidado y Sebastián la atrapó antes de ocupar la silla vacía. Kain volvió a apoyar la espalda en la mecedora, aunque ahora la mirada ya no estaba puesta únicamente en el camino.
Después de beber un trago, Sebastián dejó la botella apoyada entre las manos y miró directamente a Kain.
—Vengo en son de paz.