Un intercambio de locos Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Una mujer que pasaba por el extremo del pasillo se detuvo al verlo con la guitarra y volvió sobre sus pasos.

Tendría más de cuarenta años y llevaba varios libros bajo el brazo, pero en cuanto se acercó lo miró de arriba abajo con una expresión de reconocimiento que Em identificó demasiado rápido.

Otra mujer apareció detrás de ella, después una tercera, y lo que comenzó como un par de miradas curiosas se extendió por la librería con una velocidad que hizo que Em bajara lentamente el cuaderno.

—Perdona... —dijo la primera, acercándose a Kain—. ¿Podemos sacarnos una foto contigo?

Kain levantó una ceja, sorprendido, aunque la sorpresa le duró poco cuando la mujer añadió, entre risas, que era muchísimo más atractivo en persona. Otra ya le estaba preguntando si podía firmarle una libreta, mientras alguien más murmuraba que, con ese cabello y la guitarra, no podía ser otro.

Em abrió los ojos y volvió a mirarlo con más atención. Alto, guapo, el cabello platino cayéndole alrededor del rostro y una guitarra al hombro, parecía haber salido directamente de las imágenes que algunas lectoras llevaban semanas creando del señor Maligno. Entonces entendió lo que estaba pasando.

Lo habían reconocido. El blog había seguido creciendo a una velocidad que todavía le costaba asimilar.

Em continuaba recibiendo cheques bastante sustanciosos y, durante las últimas semanas, la historia había conseguido instalarse entre las diez más leídas de la plataforma.

Con eso habían llegado los comentarios interminables, los fanarts, las discusiones sobre escenas, las lectoras que imaginaban finales distintos e incluso varios fanfics donde el señor Maligno ya parecía tener una vida completamente independiente de la que ella escribía.

Hasta ese momento, Em había observado todo aquello desde la seguridad de una pantalla. Ver a varias mujeres reconocer en Kain al personaje que llevaban meses imaginando era otra cosa. Y, para empeorarlo, él había entrado con la guitarra.

Una de las mujeres que se había acercado lo miró con atención antes de soltar una carcajada y señalarle el cabello.

—Te pareces a Draco Malfoy.

La comparación consiguió que varias de las demás asintieran de inmediato, algunas riéndose y otras sacando el teléfono para tomarle fotografías.

Kain, que ya había superado cualquier desconcierto inicial y parecía empezar a disfrutar demasiado de aquella atención, ladeó la cabeza con una sonrisa engreída.

—Entonces tendré que darte con mi varita.

El alboroto fue inmediato. Varias mujeres soltaron carcajadas, una de ellas le dio un golpe juguetón en el brazo y otra repitió la frase mientras intentaba acercarse más para conseguir una fotografía.

Kain se dejó rodear sin la menor incomodidad al comienzo, recibiendo comentarios, manos sobre los hombros y peticiones de autógrafos con una desenvoltura que solo conseguía empeorar la situación.

Em, en cambio, empezó a retroceder poco a poco con el cuaderno todavía entre las manos.

Dio primero un paso hacia el extremo del pasillo, después otro, procurando no llamar la atención de ninguna de las lectoras que rodeaban al mismísimo señor Maligno mientras calculaba cuánto tardaría en alcanzar la siguiente estantería y desaparecer de allí.

La situación empezó a calentarse con una rapidez que ni siquiera Em había previsto.

Las risas y las fotografías dieron paso a peticiones cada vez más escandalosas; varias mujeres comenzaron a gritarle que se quitara la camiseta, otras querían que tocara algo con la guitarra y, cuando la voz corrió por el local, el pasillo terminó lleno de curiosos, mujeres y hombres de distintas edades, incluidas algunas adolescentes que se mantenían más atrás grabando con el teléfono y riéndose con sus amigas.

Kain quedó prácticamente rodeado. Una mujer intentó acercarse demasiado al estuche de la guitarra mientras otra le tomaba el brazo para conseguir que mirara hacia su cámara, y él tuvo que levantar ligeramente el instrumento para protegerlo del gentío.

—Cuidado con mi guitarra —advirtió entre risas, intentando abrirse un poco de espacio.

Aquello no calmó a nadie. Otra de las mujeres le pasó una mano por el hombro, alguien volvió a pedirle que tocara una canción y desde atrás empezaron a corear que se sacara la camiseta.

Kain, lejos de perder la compostura, seguía sonriendo con esa confianza insolente que solo conseguía alimentar más el entusiasmo.

Cuando otra mano se aventuró demasiado cerca de donde no correspondía, bajó la mirada y soltó una carcajada incrédula.

—Y cuidado también con mis partes, por favor. La guitarra no es lo único que quiero sacar entero de aquí.

El comentario provocó todavía más gritos y carcajadas. Kain terminó levantando una mano para intentar calmar el ruido, aunque la expresión divertida no había desaparecido de su rostro.

—¿Qué diablos están diciendo? Sé que soy irresistible, pero no hay necesidad de ponerse así.

Una de las mujeres que tenía más cerca lo miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.

—¿No sabes quién eres?

Kain frunció el ceño, todavía sonriendo.

—Hasta esta mañana estaba bastante seguro.

—Eres el señor Maligno.

La sonrisa se le detuvo apenas.

—¿El qué?

Varias voces comenzaron a responder al mismo tiempo.

Una mujer levantó el teléfono para mostrarle la pantalla mientras otra intentaba explicarle, entre risas, que el señor Maligno era el protagonista de un blog que llevaba meses circulando por todas partes, un hombre de cabello platino, ojos verdes, insolente, provocador y guitarrista, al que miles de lectoras seguían como si existiera de verdad.

Kain miró el teléfono que le acercaban, después a la mujer y nuevamente la pantalla.

—¿Me están diciendo que alguien escribió sobre mí?

El entusiasmo alrededor aumentó de inmediato.

Algunas aseguraban que era idéntico, otras señalaban el cabello, la guitarra y la actitud, convencidas de que no podía ser coincidencia, mientras Kain empezaba a escuchar con mucha más atención de la que había mostrado hasta ese momento.

Entonces una frase le regresó a la memoria con bastante claridad, pronunciada meses atrás durante un desayuno en la casa y el cheque de Em.

Giró la cabeza lentamente hacia el extremo del pasillo y, entre las personas que todavía levantaban teléfonos y trataban de mostrarle imágenes del señor Maligno, alcanzó a ver a Em junto a la salida de la librería.

Ella ya tenía una mano cerca de la puerta y avanzaba con esa discreción exagerada de quien esperaba marcharse sin que nadie reparara en su existencia.

Las piezas empezaron a encajar rápido.

Kain abrió más los ojos.

—¡Michigan!

Em escuchó perfectamente. No se volvió, solo empujó la puerta de la librería y salió corriendo.

Kain se quedó mirando la puerta por donde Em acababa de desaparecer, todavía rodeado por gente que intentaba enseñarle fotografías, dibujos y fragmentos de la historia desde sus teléfonos.

La expresión de desconcierto le duró apenas unos segundos antes de que todo terminara de encajar.

—La muy cabrona me convirtió en un actor porno.

* * *

Em llegó a la casa con suficiente ventaja como para entrar sin encontrarse todavía con Kain.

Cerró la puerta con cuidado, dejó el bolso junto a la escalera y avanzó hacia la sala intentando aparentar una tranquilidad que no sentía en absoluto.

Tim, Piers y Beau estaban instalados frente al televisor siguiendo el partido de su equipo favorito de fútbol americano; había cervezas sobre la mesa, un recipiente con papas fritas entre los tres y cada uno tenía la atención puesta en la pantalla.

—Hola —saludó Em al pasar.

Tim levantó una mano sin apartar los ojos del partido, Beau respondió con un gesto y Piers alcanzó a mirarla apenas antes de volver a concentrarse en una jugada.

Aquello le convenía perfectamente. Em siguió hasta la cocina, abrió uno de los muebles, sacó un bol y se sirvió cereal con una lentitud estudiada, como si aquella hubiera sido la única razón por la que había regresado con tanta prisa.

Se sentó en uno de los taburetes de la isla y consiguió comer dos cucharadas antes de que el ruido de un vehículo entrando demasiado rápido por el camino de grava atravesara la casa.

Las ruedas derraparon cerca del acceso y levantaron piedras contra el borde del camino antes de que el motor se detuviera de golpe.

Piers cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el respaldo.

—Estoy hasta los cojones de esa grava… y de Kain.

Tim empezó a reírse mientras Beau miraba hacia la entrada. Em mantuvo la cuchara dentro del bol, completamente inmóvil, mientras escuchaba una puerta de camioneta cerrarse con fuerza afuera.

La puerta principal se abrió con tanta fuerza que el golpe resonó por el corredor y, un segundo después, la voz de Kain atravesó la casa por encima del sonido del televisor.

—¡¿Dónde estás, Michigan?!

Em dejó la cuchara dentro del bol y tragó mal la segunda cucharada. Empezó a toser mientras buscaba el vaso que había dejado junto al cereal, justo cuando Kain apareció con una expresión que no dejaba ninguna duda de que había regresado directamente desde la librería.

La encontró inclinada sobre la isla, intentando recuperar el aire, y señaló hacia ella en cuanto sus miradas se cruzaron.

—Eso, mejor si te atragantas, porque nadie te va a dar respiración boca a boca.

Desde la sala, Piers apartó por fin la atención del partido.

—Kain, ¿puedes dejar de gritar?

—No.

Em bebió agua y continuó tosiendo mientras Tim y Beau ya empezaban a mirar hacia la cocina, atraídos por el escándalo. Kain avanzó hacia ella sin apartarle los ojos de encima, todavía con esa mezcla de indignación.