Capítulo 22
La partida de Lydia devolvió la casa de Cypress Bend Road a sus horarios habituales en menos de dos días.
Las camionetas volvieron a salir temprano, las cenas dejaron de organizarse alrededor de una mesa completa y, el viernes siguiente, Tim ya estaba preguntando quién tenía planes para el fin de semana.
Durante la visita de su madre, ninguno de los hermanos había parecido echar de menos las reuniones, las salidas ni el movimiento constante de amigos por la propiedad, pero bastó con acompañarla al aeropuerto para que la rutina anterior comenzara a instalarse otra vez.
Kain había pasado buena parte del sábado trabajando con Piers y regresó a la casa únicamente para ducharse y cambiarse antes de volver a salir.
No tenía ninguna intención de ir a una obra ni de encontrarse todavía con sus amigos; primero debía pasar por el centro a recoger una de sus guitarras, que había dejado días atrás para que revisaran una conexión que llevaba varias semanas fallando y no se acoplaba con el amplificador.
Eligió unos jeans claros rotos sobre ambas rodillas y una camiseta negra de una banda que llevaba tantos lavados encima que el estampado comenzaba a perder definición.
Antes de salir tomó las llaves, comprobó el mensaje donde le confirmaban que la guitarra estaba lista y abandonó la casa sin averiguar qué hacían los demás.
El centro estaba bastante concurrido ya que era sábado. Encontró estacionamiento a media cuadra del local y dejó la camioneta junto a una fila de automóviles antes de atravesar la calle, pero apenas había cerrado la puerta cuando reconoció una figura que avanzaba por la acera contraria.
Megan acababa de salir de un pequeño estudio con una colchoneta de yoga enrollada debajo del brazo. Kain se detuvo junto a la camioneta; aquello merecía atención.
Llevaba leggings oscuros, una camiseta deportiva y el cabello recogido en una coleta alta. En una mano sostenía una botella de agua. Había alcanzado su automóvil cuando reparó en Kain y redujo el paso, aunque no mostró la menor intención de esquivarlo.
Él apoyó un brazo sobre el techo de la camioneta.
—Megan. ¿Cómo estás? —Su mirada bajó deliberadamente hacia la colchoneta y regresó a su rostro—. ¿Está surtiendo efecto el litio? Bien por ti.
Megan apretó los labios. Durante los primeros meses posteriores a su ruptura con Piers, una frase semejante habría bastado para obtener una respuesta inmediata.
Aquella tarde respiró por la nariz, sostuvo el aire mientras acomodaba la colchoneta sobre el hombro y lo dejó salir lentamente antes de continuar hacia el automóvil.
Kain la observó con una ceja levantada.
—Mierda. Sí que funciona.
La boca de Megan amenazó con traicionarla, pero consiguió llegar hasta la puerta del conductor sin contestar.
Dejó la botella sobre el techo y comenzó a buscar las llaves dentro del bolso mientras recordaba varias instrucciones de su profesora de yoga acerca de reconocer los impulsos antes de actuar sobre ellos.
Después recordó otra cosa. El barco. Aquella tarde había terminado siguiendo a Piers con la mirada casi por costumbre.
Todavía no controlaba del todo ese impulso de averiguar con quién hablaba, dónde estaba o si alguna mujer se acercaba demasiado, y cuando lo vio apartarse hacia la popa sus ojos fueron detrás de él antes de que pudiera corregirse.
Fue entonces cuando reparó en lo mismo que Piers estaba observando al otro lado de la embarcación: Em y Kain bailaban junto a la borda, tan cerca que durante varios segundos Megan olvidó por completo qué había estado buscando.
No era el tipo de baile que podía confundirse con una broma entre amigos.
Kain tenía una mano afirmada en la cintura de Em y ella rodeaba su nuca con un brazo; se movían pegados, con las frentes juntas y la mirada fija el uno en el otro, aislados del resto a pesar de la música, las risas y la gente en el barco.
Megan había alcanzado a ver incluso cómo él la hacía girar y la atraía de nuevo contra su cuerpo, y no necesitaba conocer demasiado a Kain para comprender que aquella expresión no era la que utilizaba con cualquiera de las mujeres que aparecían habitualmente por la casa.
Nunca se lo mencionó a Em. Habían terminado haciéndose amigas de una manera bastante improbable y no pensaba ponerla incómoda interrogándola sobre algo que, evidentemente, ella tampoco había querido comentar después.
Diferente era el cabrón de Kain Ferman, que acababa de preguntarle con aquella sonrisa de imbécil si el litio estaba funcionando.
Megan encontró por fin las llaves dentro del bolso y sonrió para sí. No pensaba desperdiciar aquella oportunidad.
—Cuñado, qué gusto verte. Justo acabo de cruzarme con Em y, mira tú, estaba muy bien acompañada. Bastante guapo el tipo, por cierto. Bien por ella, ¿no?
La sonrisa de Kain empezó a desaparecer poco a poco.
—Sí, claro que es bueno. Siempre he pensado que a esa muchacha le hace falta que alguien le revuelva un poco la vida.
—Le dije lo mismo —respondió Megan, satisfecha al comprobar el efecto de sus palabras. Abrió la puerta del automóvil y acomodó la colchoneta antes de volver a mirarlo—. Bueno, que tengas un buen día, cuñado.
—Excuñado.
Megan soltó una pequeña risa mientras entraba al automóvil.
—Sí, eso mismo.
Cerró la puerta y se marchó.
Kain siguió con la mirada el automóvil de Megan hasta que desapareció al doblar la esquina. Durante unos segundos permaneció junto a la camioneta sin moverse, con las llaves todavía en una mano y el ceño ligeramente fruncido.
No sabía si Megan le provocaba más nervios antes, cuando aparecía alterada y dispuesta a discutir con cualquiera, o ahora que respiraba, sonreía y soltaba una frase como aquella antes de marcharse tan tranquila.
Al menos con la versión neurótica de Megan uno sabía exactamente cuándo venía el golpe.
Esa nueva calma resultaba bastante más atemorizante.
Apartó la vista de la calle y se pasó una mano por el cabello.
Así que Em estaba saliendo con alguien. El pensamiento le molestó más de lo que esperaba.
Podía ser un compañero de la universidad, alguien de Holler, cualquier tipo con quien hubiera decidido tomar un café o pasar la tarde; no tenía ningún motivo para importarle y, sin embargo, ya estaba intentando ponerle rostro al desconocido que Megan había descrito como bastante guapo.
Kain apretó las llaves entre los dedos y miró hacia la tienda de instrumentos.
Había ido hasta allí únicamente a buscar una guitarra, pero ahora tenía demasiadas preguntas para una tarde que prometía ser bastante simple.
* * *
Se despidió de su amigo del local después de comprobar que la guitarra había quedado bien y salió con el estuche en una mano, desenvolviéndose con la seguridad habitual de quien conoce perfectamente el efecto que produce y no necesita hacer demasiado para llamar la atención.
Apenas había avanzado unos metros cuando recordó los lápices que necesitaba para terminar varios diseños, dos numeraciones específicas que utilizaba para los trazos más finos y para marcar las zonas que después trabajaría con más detalle.
La librería quedaba cerca, así que entró todavía con la guitarra.
Era un local grande, dividido en varios pasillos largos donde se mezclaban material escolar, libros, artículos de oficina y una sección amplia de dibujo.
Kain avanzó entre las estanterías buscando la numeración correcta, mientras algunas miradas empezaban a seguirlo desde distintos puntos del lugar.
No era raro. Con su altura, la presencia que tenía al caminar y aquella seguridad desenvuelta que parecía acompañarlo resultaba difícil que pasara inadvertido.
Mujeres y hombres reparaban en él al cruzarse por los pasillos, algunos de manera abierta y otros fingiendo concentrarse en lo que tenían delante.
La guitarra había añadido todavía más atención, porque bastó verlo entrar con el estuche al hombro para que más de una persona intentara averiguar si lo conocía de algún sitio.
Kain continuó hacia la sección de dibujo sin modificar el paso, acostumbrado desde hacía años a moverse bajo miradas ajenas como si no hubiera nada especialmente extraño en ello.
Mientras avanzaba entre los pasillos, Kain distinguió una figura conocida unos metros más adelante.
Em estaba frente a una estantería de cuadernos, comparando dos modelos con la concentración que podía dedicarle incluso a una compra sencilla, hasta que levantó la vista y lo vio acercarse con la guitarra.
Él alcanzó a notar perfectamente el momento en que lo reconoció.
Em volvió de inmediato la atención a los cuadernos, como si acabara de descubrir algo extraordinariamente interesante en una tapa azul, y empezó a desplazarse lentamente hacia un costado.
Kain continuó caminando en su dirección mientras observaba, cada vez más divertido, cómo ella se agachaba un poco detrás de la estantería y después otro poco más, aprovechando que él era bastante más alto e intentando desaparecer entre los exhibidores.
Lo que Em no había reparado era que, detrás de ella, un espejo instalado al final del pasillo reflejaba toda la escena.
Kain se detuvo a poca distancia, apoyó mejor la guitarra y dejó que la sonrisa terminara de aparecer.
—Hay un espejo ahí detrás. Puedo verte.
Em quedó inmóvil con un cuaderno todavía entre las manos. Miró hacia el espejo, encontró el reflejo de Kain observándola y cerró los ojos un momento antes de enderezarse.
Em soltó una risa nerviosa al verse descubierta y enderezó la espalda con el cuaderno todavía apretado contra el pecho, fingiendo que no acababa de intentar esconderse detrás de una estantería.
—Hola. ¿Cómo estás? —preguntó, procurando recuperar algo de dignidad.
Kain ni siquiera alcanzó a responder.