Capítulo 21 #2
Em avanzaba por uno de los costados de la terraza agachándose cada pocos pasos.
Llevaba unos shorts de mezclilla y una camiseta ligera, ropa que había elegido precisamente porque esperaba pasar la mañana estudiando y no limpiando los restos de una fiesta.
Al inclinarse para alcanzar una lata que había rodado debajo de una silla, la tela del short subió sobre sus muslos y Kain, que acababa de recoger dos botellas cerca de la piscina, desvió la mirada hacia ella antes de continuar con lo que estaba haciendo.
Volvió a ocurrir cuando Em se agachó junto a una mesa baja.
Esta vez Kain tardó un poco más en apartar los ojos.
El borde del short había subido lo suficiente para descubrir buena parte de sus piernas y, cuando ella estiró un brazo para alcanzar otro vaso, la tela volvió a desplazarse.
Intentó concentrarse en la bolsa que llevaba entre las manos, pero después de verla inclinarse por tercera vez terminó perdiendo la paciencia.
—Deberías tener un poco más de cuidado cuando te agachas. Se te ve todo.
Em permaneció inclinada el tiempo suficiente para recoger la lata y después se incorporó con ella entre los dedos. Miró primero sus propios shorts, comprobó que seguían exactamente donde debían estar y finalmente volvió hacia Kain.
—¿Y a ti qué más te da? Dejaste bastante claro que sexo y sexy no van conmigo.
Kain abrió la boca y la cerró otra vez. Durante unos segundos se limitó a mirarla mientras Em lanzaba la lata dentro de la bolsa y seguía caminando alrededor de la piscina como si acabara de devolverle un comentario completamente inocente.
Él terminó soltando una pequeña risa y apoyó una mano en la cintura.
—Además de que sexo y sexy no van contigo, tampoco eres divertida. En cambio yo puedo ser sexy y divertido.
—Quizá payaso y engreído —corrigió Em, conteniendo una sonrisa mientras recogía otra lata—. Yo también puedo ser divertida.
Kain dejó la bolsa junto a una de las reposeras y señaló con la barbilla hacia los parlantes instalados cerca de las puertas francesas.
El sistema estaba conectado por Bluetooth y todavía conservaba la lista de música de la noche anterior; bastaba con tomar uno de los teléfonos para volver a ponerlo en marcha.
—Entonces hagamos un karaoke con baile y veamos quién es más divertido y sexy —propuso mientras sacaba el teléfono del bolsillo—. Te reto, Michigan.
Em dejó la lata dentro de la bolsa y se limpió las manos sobre los shorts antes de acercarse.
—Acepto, engreído narcisista.
Kain buscó durante unos segundos y seleccionó “Don’t Talk Just Kiss”, de Right Said Fred.
Apenas comenzó la canción, subió el volumen suficiente para que la música alcanzara también el patio delantero, donde Tim continuaba pasando la cortadora de césped sin imaginar lo que estaba ocurriendo detrás de la casa.
Kain se apropió de la voz masculina con una seguridad completamente desvergonzada, utilizando una botella vacía como micrófono mientras exageraba los movimientos de hombros y caderas con la clara intención de hacerla reír.
Em tardó poco en entrar en el juego. Tomó otra botella de la mesa, la sostuvo frente a la boca como si fuera un micrófono y respondió cuando llegó la parte femenina, moviéndose alrededor de él mientras interpretaba su papel con una seriedad fingida que desaparecía cada vez que Kain hacía alguna estupidez.
En pocos compases habían abandonado cualquier intento de seguir recogiendo basura cerca de la piscina y ocupaban el espacio entre las reposeras bailando, cantando y disputándose quién conseguía hacer reír primero al otro.
Kain avanzó hacia ella siguiendo el ritmo y Em retrocedió sin dejar de cantar, señalándolo con la botella cuando le correspondía responder.
Él giró alrededor de una silla, volvió hacia ella con un movimiento exageradamente sensual y se pasó una mano por el cabello plateado como si estuviera actuando frente a un público numeroso; Em soltó una carcajada tan fuerte que perdió parte de su entrada y tuvo que recuperar la canción unos segundos después.
—Eso cuenta como punto para mí —dijo Kain por encima de la música.
—Cuenta como vergüenza ajena.
Siguieron bailando entre las botellas y las bolsas de basura, demasiado entretenidos para reparar en que la puerta del patio trasero acababa de abrirse y Tim asomaba la cabeza después de apagar la cortadora.
Se quedó observándolos desde lejos, con el césped pegado a las zapatillas y una expresión que mezclaba incredulidad y diversión mientras Em intentaba imitar uno de los movimientos de Kain y él se doblaba de la risa.
El sonido de una camioneta entrando por el camino de grava pasó inadvertido al principio.
Tim regresó y había vuelto a encender la cortadora en el patio delantero y la música seguía sonando detrás de la casa, de modo que ni Em ni Kain repararon en el vehículo que acababa de detenerse frente al porche.
Piers bajó primero y rodeó la camioneta para abrir la puerta del acompañante.
Lydia apareció con un bolso grande colgado del hombro, gafas de sol y una pequeña maleta que su hijo alcanzó a tomar antes de que ella intentara cargarla por su cuenta.
Apenas puso los pies sobre la grava, observó el frente de la casa con atención y frunció ligeramente el ceño al descubrir las líneas irregulares que Tim había dejado todavía sin terminar en el césped.
—Podrían haberlo cortado esto antes.
Piers soltó una risa mientras cerraba la puerta.
El motor de la cortadora se detuvo unos segundos después. Tim apareció desde uno de los costados de la casa, vio a su madre junto a la camioneta y abandonó la máquina donde estaba para acercarse corriendo.
—¡Mamá!
Lydia apenas alcanzó a dejar el bolso antes de recibirlo. Lo abrazó con fuerza, le besó una mejilla y después la otra mientras Tim protestaba entre risas porque ya tenía veinte años y aquello empezaba a afectar su reputación.
—Tu reputación me da exactamente igual —respondió ella mientras le apartaba el cabello de la frente—. Déjame mirarte.
—Sigo siendo el mismo.
—Estás más flaco.
—Y tu más guapa.
Piers tomó la maleta y comenzó a subir los escalones del porche mientras Lydia seguía revisando a Tim como si llevara años sin verlo. Fue entonces cuando una voz amplificada llegó desde la parte trasera de la casa, seguida por una carcajada femenina que consiguió que los tres se detuvieran.
Lydia levantó la cabeza.
—¿Qué es eso?
Tim miró hacia el lateral de la casa y empezó a sonreír.
—Creo que vas a querer verlo.
La música aumentó justo cuando rodearon la propiedad. Piers fue el primero en reconocer la canción y bajó la mirada durante un segundo para esconder la sonrisa antes de seguir caminando. Lydia avanzó detrás de Tim y se detuvo en seco apenas tuvo vista hacia la piscina.
Kain estaba en medio de la terraza, con la camisa ligeramente abierta por el calor y el cabello casi blanco cayéndole sobre la frente, interpretando su parte de la canción con una seriedad ridícula.
Frente a él, Em le respondía con la botella todavía en la mano, moviendo las caderas mientras retrocedía alrededor de una reposera y trataba de seguir cantando sin perderse por culpa de la risa.
Ninguno había reparado todavía en el público nuevo.
Kain se llevó una mano al pecho y exageró una entrada antes de avanzar hacia Em.
Ella lo señaló con su improvisado micrófono, negó con la cabeza y acompañó el ritmo con un movimiento que consiguió que él volviera a reírse en mitad de su parte.
Al intentar recuperarse, Kain extendió una mano hacia ella; Em la aceptó sin pensar y giró bajo su brazo antes de alejarse otra vez para continuar con la canción.
Lydia observó la escena con los labios entreabiertos.
—¿Esa es Em, verdad?
Tim cruzó los brazos, encantado.
—La misma.
—La muchacha que llegó con una maleta y parecía que iba a pedir permiso hasta para respirar.
—Ha evolucionado bastante.
Piers permanecía un poco detrás de ellos, con la maleta de su madre todavía en una mano.
Su mirada pasó de Em a Kain y después regresó hacia Lydia.
No necesitaba explicarle nada todavía. Si su madre permanecía en la casa más de veinticuatro horas, probablemente empezaría a descubrir por su cuenta buena parte de lo que había cambiado durante aquellos meses.
Em fue la primera en verlos. Estaba a punto de responder otra parte de la canción cuando su mirada pasó por encima del hombro de Kain y encontró a Lydia junto al costado de la casa. La botella quedó detenida cerca de su boca.
—Oh.
Kain continuó cantando durante dos segundos antes de darse cuenta de que Em había dejado de seguirlo.
—¿Qué pasa?
Ella señaló detrás de él. Kain se volvió, mientras su madre lo observaba con los brazos cruzados y una sonrisa enorme.
La canción siguió sonando mientras él permanecía inmóvil con la botella todavía levantada.
—Hola, mamá.
Lydia arqueó una ceja.
—No dejes de cantar por mí.
Tim soltó una carcajada y Piers tuvo que bajar la cabeza. Em dejó inmediatamente la botella sobre la mesa y caminó hacia Lydia, todavía sonrojada por el baile y por haber sido descubierta en mitad de aquella competencia absurda.
—Señora Ferman.
—Lydia, cariño.
No tuvo tiempo de ofrecerle la mano. Lydia abrió los brazos y la abrazó con la misma facilidad con que había abrazado a Tim unos minutos antes. Em tardó apenas un momento en responder y terminó rodeándola también mientras Kain apagaba por fin la música desde el teléfono.
—Por fin te conozco en persona —dijo Lydia al separarse lo suficiente para mirarla—. Eres mucho más bonita que en aquella videollamada horrible.
Em sonrió.
—Gracias por dejarme vivir en su casa durante todo este tiempo.
—Nuestra casa —corrigió Lydia mientras le sostenía ambas manos—. Y por lo que veo, ya estás bastante familiarizada con todo. —Después levantó la vista hacia su hijo—. Kain, ven acá a darme un abrazo.