Capítulo 21
Habían transcurrido seis meses y medio desde que Em llegó a Louisiana y, según el calendario del programa de intercambio, todavía le quedaba casi medio año antes de regresar a Michigan.
El tiempo había avanzado con una rapidez que empezó a resultarle evidente cuando los primeros trabajos del semestre quedaron enterrados bajo carpetas nuevas, los profesores dejaron de tratarla como la estudiante recién llegada y hasta el personal de la biblioteca sabía ya en qué sector buscarla cuando necesitaban desalojar las mesas antes del cierre.
Aquella tarde ocupaba una de sus mesas habituales junto a los ventanales, rodeada por dos libros, el computador y varias hojas llenas de cálculos que había empezado a corregir casi una hora antes.
Debería haber estado pensando en dinámica estelar.
En cambio, llevaba varios minutos mirando una ecuación sin leer realmente ninguno de sus términos.
Em retiró la mano del teclado y apoyó la espalda contra la silla, consciente de que el problema no estaba en la fórmula ni en los apuntes abiertos junto a ella, sino en una asociación bastante inoportuna que su cerebro insistía en establecer cada vez que encontraba determinadas palabras.
Atracción, interacción, fuerza, aproximación; términos perfectamente respetables dentro de la física que habían adquirido interpretaciones bastante menos académicas durante los últimos meses.
Cerró los ojos y soltó el aire lentamente. Todavía no había conseguido encontrar una explicación científica satisfactoria para lo ocurrido en el barco.
Desde el punto de vista físico podía describirlo sin dificultad: dos cuerpos habían reducido progresivamente la distancia entre ellos, uno había ejercido una fuerza sobre la cintura del otro y ambos habían sincronizado el movimiento siguiendo una frecuencia externa proporcionada por la música.
Si quisiera ponerse especialmente ridícula, incluso podría calcular centros de masa, fricción, transferencia de movimiento y la cantidad aproximada de energía necesaria para ejecutar una vuelta sin que ninguno terminara cayéndose sobre la cubierta.
El problema aparecía cuando intentaba explicar por qué había querido seguir acercándose. Para eso la física servía bastante menos. La biología, por desgracia, tenía demasiadas respuestas.
Hormonas. Dopamina. Adrenalina. Respuesta sexual. Una cantidad considerable de procesos químicos que el cuerpo humano podía producir sin solicitar autorización previa al cerebro y que Em habría preferido estudiar en otra persona antes que reconocer funcionando con semejante eficacia en ella misma.
Se quitó un lápiz de entre los dedos y lo dejó sobre el cuaderno antes de sonreír por lo absurdo de su propia línea de pensamiento.
Kain tampoco la había incomodado. Eso habría sido mucho más sencillo de procesar.
Seguía siendo irritante, engreído, provocador y perfectamente capaz de hacerla desear arrojarle cualquier objeto que tuviera al alcance, pero aquella tarde en el barco no había sentido ganas de apartarlo.
Todo lo contrario, y ahí estaba precisamente el problema que llevaba meses procurando no examinar con demasiado rigor.
Después del baile, ninguno mencionó lo ocurrido.
No hubo conversación aclaratoria, preguntas ni uno de aquellos comentarios vulgares que Kain utilizaba cada vez que encontraba una oportunidad para avergonzarla.
Durante los días siguientes se cruzaron en la cocina, en los pasillos y alguna vez junto a la piscina, intercambiaron palabras cuando era necesario y continuaron con sus vidas como si jamás hubieran pasado varios minutos pegados el uno al otro.
Con el tiempo incluso desarrollaron cierta habilidad para no coincidir más de lo imprescindible.
Si Kain estaba desayunando cuando Em bajaba, ella podía preparar el café y marcharse con alguna excusa académica; si Em trabajaba en la sala, él encontraba fácilmente otro lugar donde revisar sus diseños o tocar la guitarra.
Nadie había establecido esa organización ni necesitaban apartarse cada vez que se encontraban, pero ambos parecían reconocer con bastante rapidez cuándo una habitación empezaba a sentirse demasiado pequeña.
Y aun así seguían discutiendo. Kain continuaba llamándola Michigan cuando quería fastidiarla, Em seguía recordándole que tener un rostro bonito no compensaba una personalidad defectuosa y, delante de los demás, su relación parecía exactamente la misma.
Solo habían eliminado una cosa: el contacto físico.
Desde el barco, ninguno había vuelto a buscar deliberadamente la cercanía del otro.
Eso no significaba que hubieran abandonado sus pequeñas guerras domésticas.
Kain seguía dejando cosas frente a la puerta del ático cada vez que encontraba alguna suficientemente absurda para hacerla protestar.
La semana anterior había colgado en el picaporte un banderín de esos que imitaban los universitarios de fútbol americano, salvo que en lugar del nombre de un equipo llevaba estampado en letras enormes: “¡Vivan los multiorgasmos!”.
Em lo encontró al regresar de clases, permaneció varios segundos mirándolo con los labios apretados y terminó guardándolo sin decir una palabra.
Dos días después apareció la respuesta frente al dormitorio de Kain.
Em había conseguido un pequeño peluche de cabello blanco desordenado y ojos verdes.
Lo sujetó por una sola pierna al picaporte, de modo que quedó colgando cabeza abajo contra la puerta, con el cabello casi rozando el suelo.
Cuando Kain abrió por la mañana, el muñeco empezó a balancearse lentamente frente a sus rodillas.
Entre banderines obscenos, peluches ejecutados públicamente y comentarios lanzados desde un extremo de la cocina al otro, habían conseguido mantener intacta buena parte de su rutina.
Solo que ahora ambos sabían que existía una línea que, desde aquella tarde en el barco, ninguno había vuelto a cruzar.
El sábado por la mañana, la casa conservaba suficientes rastros de la noche anterior para que nadie pudiera fingir que el viernes había terminado demasiado pronto.
Había varias latas vacías sobre la mesa de la sala, dos vasos abandonados cerca de las puertas francesas y una chaqueta que ninguno de los hermanos parecía reconocer sobre el respaldo de una silla.
Afuera, el césped empezaba a necesitar otro corte y alrededor de la piscina quedaban algunas toallas, una hielera abierta y tres botellas que habían sobrevivido milagrosamente sin terminar dentro del agua.
Em ocupaba uno de los taburetes de la isla con el computador abierto y varios apuntes repartidos alrededor.
Había decidido aprovechar la mañana para preparar resúmenes antes de las evaluaciones siguientes y llevaba casi una hora organizando conceptos cuando escuchó pasos rápidos bajando por la escalera.
Piers apareció en el corredor con el teléfono todavía en una mano y una expresión que consiguió que Tim apartara la vista del televisor.
—Mamá viene en camino.
Tim dejó el control remoto sobre el sofá.
—¿Hoy?
—Su vuelo aterriza en poco más de una hora. Acaba de avisarme que consiguió adelantar el viaje y tengo que ir a buscarla al aeropuerto.
Desde uno de los sillones, Kain levantó la cabeza del block de dibujo que tenía apoyado sobre una pierna. Había estado trabajando en varias combinaciones geométricas para un diseño de azulejos y todavía sostenía el lápiz entre los dedos cuando recorrió lentamente la sala con la mirada.
—Mamá va a matarnos.
Piers siguió la misma inspección y terminó mirando hacia las puertas francesas.
—Por eso tenemos que ordenar esto antes de que llegue. Tim, recoge la sala y después revisa el patio. Kain, guarda las latas y limpia alrededor de la piscina. Yo voy por mamá.
Em apartó las manos del teclado.
—Yo también ayudo.
Kain cerró el block y se levantó del sillón.
—Obvio que sí. Hay que ganarse la estadía por los próximos seis meses.
Em levantó la mirada hacia él con una expresión que mezclaba resignación y fastidio.
Piers ya había tomado las llaves de la camioneta de una bandeja cercana a la entrada. Al pasar junto a Kain redujo apenas el paso y, sin levantar demasiado la voz, dejó caer el comentario únicamente para él.
—Tienes bastante claro el tiempo exacto que le queda.
Kain volvió la cabeza. Su hermano mayor continuaba hacia la puerta, guardándose el teléfono en el bolsillo, mientras Em empezaba a cerrar el computador y Tim recogía las primeras latas de la mesa.
Kain permaneció inmóvil durante un momento con el block bajo el brazo y el ceño fruncido, mirando la espalda de Piers hasta que la puerta principal se cerró detrás de él.
Dejó el block sobre una repisa y tomó una bolsa grande para basura antes de empezar a recoger botellas alrededor de la sala.
Em no insistió; bajó del taburete, guardó el computador y comenzó a llevar vasos hacia la cocina mientras Tim reunía todo lo que alguien había abandonado sobre los sofás la noche anterior.
Media hora después, la casa había recuperado suficiente orden como para que la llegada de Lydia dejara de parecer una emergencia.
Tim salió al patio delantero con la máquina para cortar el césped y, poco después, el ruido del motor empezó a escucharse desde el acceso.
Em y Kain se quedaron en la parte trasera, recorriendo los alrededores de la piscina con una bolsa para basura y recogiendo las latas, vasos y botellas que habían quedado entre las sillas desde la noche anterior.