Capítulo 20 #4
Kain levantó una mano y guió a Em en una vuelta lenta.
La falda clara se abrió alrededor de sus piernas mientras ella giraba y, cuando volvió hacia él, Kain la recibió por la cintura y la pegó nuevamente a su cuerpo, esta vez con la espalda de Em contra su pecho durante varios compases.
Ella siguió el movimiento de sus caderas sin perder el ritmo, levantó el brazo para sujetarse de él por detrás de la nuca y dejó que Kain marcara cada desplazamiento mientras él inclinaba la cabeza junto a su cabello.
Piers los observó unos segundos más y recordó aquella tarde en la casa abandonada, cuando había mirado a Em junto a la baranda y pensado en el hombre que algún día consiguiera robarle el corazón.
Entonces no había sabido a quién estaba imaginando; ahora, viendo a su hermano incapaz de apartarse de ella mientras Em se acomodaba contra su cuerpo con una confianza que nunca le había visto con ningún otro hombre, la respuesta parecía bastante menos incierta.
—Así que tú vas a ser el maldito afortunado —murmuró con una sonrisa, antes de llevarse la botella a los labios.
Kain no podía oírlo. Seguía con una mano firme sobre la cintura de Em mientras la hacía girar otra vez y la atraía de regreso hacia él, completamente ajeno a que, desde la popa, Piers acababa de comprender bastante más de lo que ninguno de los dos estaba todavía dispuesto a admitir.
La música seguía envolviéndolos cuando Kain volvió a atraerla después de la última vuelta.
Em quedó frente a él otra vez, con una mano todavía en su nuca y la otra apoyada cerca de su hombro, mientras sus cuerpos recuperaban el mismo movimiento lento que habían encontrado casi sin buscarlo.
Él inclinó un poco más la cabeza hasta rozar nuevamente su frente y, durante varios compases, ninguno pareció recordar que había otras personas a pocos metros.
Los ojos verdes de Kain permanecieron fijos en los de ella.
Tenía la respiración agitada y la mano apoyada sobre la cintura desnuda de Em, sintiendo bajo los dedos cada pequeño cambio con que acompañaba el ritmo.
La cercanía había borrado cualquier posibilidad de regresar a una de sus bromas habituales y, cuando abrió la boca, la voz apenas consiguió superar la música.
—Em...
Ella parpadeó.
Nunca la llamaba así.
Michigan, dulce Michigan, señorita Fisher cuando quería irritarla; cualquier cosa menos aquella abreviatura sencilla que todos los demás utilizaban desde que había llegado.
Escuchársela a Kain, dicha de esa manera y a tan poca distancia, hizo que Em dejara de moverse durante una fracción de segundo.
Desde el centro de la cubierta estallaron varias voces.
—¡Kain!
—¡Vamos, Kain!
Alguien volvió a gritar su nombre y otros se sumaron entre risas, acercándose hacia aquel lado del barco después de reparar por fin en los dos que se habían apartado del grupo.
El sonido pareció devolverlos de golpe a la cubierta, al resto de los invitados y a la distancia inexistente que todavía mantenían entre ambos.
Em retiró primero la mano de su nuca. Kain soltó su cintura casi al mismo tiempo y ambos retrocedieron, respirando con demasiada fuerza para haber estado únicamente siguiendo una canción.
Durante unos segundos se miraron sin saber qué decir, todavía con el pulso acelerado, hasta que Em se pasó una mano por el cabello y señaló vagamente hacia donde había dejado su bebida.
—Necesito agua.
No esperó respuesta. Se dio vuelta y avanzó hacia el grupo con suficiente rapidez para que la falda se agitara alrededor de sus piernas, esquivó a Dean y Luise y desapareció entre los demás mientras buscaba alguna botella fría.
Kain la siguió con la mirada hasta perderla detrás de Steve.
Después llevó una mano al cabello y tiró de las ondas claras hacia atrás, intentando ordenar una respiración que todavía no terminaba de obedecerle.
Sentía el cuerpo demasiado caliente, el corazón seguía golpeándole con fuerza y durante unos segundos el movimiento del barco bajo los pies pareció bastante más evidente de lo que había sido durante toda la tarde.
La mujer con quien había llegado aprovechó que Em se alejaba para acercarse otra vez.
Se pegó a su costado, pasó un brazo alrededor de su cintura y comenzó a decirle alguna cosa cerca del oído mientras la música continuaba y el resto regresaba poco a poco al centro de la cubierta. Kain no entendía una sola palabra.
Asintió una vez sin saber a qué estaba respondiendo y volvió a buscar a Em entre las personas. Alcanzó a verla junto a una de las hieleras, bebiendo agua directamente de una botella mientras intentaba recuperar el aliento. La mujer volvió a hablarle y acarició su pecho por encima de la camisa.
Kain tardó varios segundos en recuperar el sonido de la música y las voces. Cinco minutos bailando con Em le habían alterado más el pulso que cualquiera de sus encuentros de una noche, y esa comparación, por absurda que pareciera, lo irritó precisamente porque no podía desmentirla.