Capítulo 20 #2
No tardaron mucho en soltar amarras. Una vez fuera del puerto, el motor adquirió un sonido regular y el agua empezó a abrirse frente a ellos mientras las conversaciones se repartían por la cubierta.
Sebastián terminó junto a Steve y Sam, Kimberly permaneció cerca de Tim y Megan se instaló con Beau en uno de los costados, dejando las sandalias debajo de un asiento antes de estirar las piernas al sol.
Em recorrió la cubierta con una bebida en la mano, disfrutando del viento que levantaba la falda alrededor de sus tobillos y hacía que el cabello le golpeara ocasionalmente la espalda.
A diferencia de la primera salida con Tim, ya conocía parte del recorrido y no necesitaba detenerse ante cada maniobra para averiguar qué estaba haciendo.
Saludó a Kimberly, ayudó a Gina a asegurar una bolsa debajo de un asiento y terminó conversando con Sebastián cerca de la zona central mientras él le señalaba que, al menos aquella vez, había decidido ponerse ropa apropiada para bailar.
—Megan tuvo bastante que ver —admitió Em, levantando un brazo para mostrarle los brazaletes—. Yo iba a venir con shorts.
—Entonces tendremos que agradecerle, te ves preciosa Em.
—No empieces.
Sebastián sonrió y volvió a su bebida.
Desde el otro extremo de la cubierta, Kain había reparado en ella desde que subió.
Aquella tarde tampoco parecía haber hecho demasiado esfuerzo con su propia ropa: llevaba unos jeans claros, una camisa blanca de lino con las mangas remangadas hasta los antebrazos y los primeros botones abiertos sobre el pecho.
El cabello casi blanco le caía desordenado sobre la frente, dejando visibles las raíces más oscuras, y el pequeño aro plateado de una oreja aparecía cada vez que el viento apartaba algún mechón.
Era un conjunto tan sencillo que Em habría podido pasarlo por alto en cualquier otro hombre; en Kain, sin embargo, conseguía el efecto contrario. Se veía absurdamente guapo.
No se habían dirigido la palabra. Él seguía conversando con la mujer que lo acompañaba, respondía cuando ella le hablaba y mantenía una mano cerca de su cintura cada vez que el movimiento del barco obligaba a ambos a ajustar el equilibrio.
Aun así, su mirada había regresado varias veces hacia la falda clara de Em, la piel descubierta entre la cintura y el top bordado y el cabello oscuro que el viento movía sobre su espalda.
La última vez que había hablado de ropa con ella había mencionado encaje burdeos únicamente para incomodarla. Ahora había demasiado burdeos delante de él para que el recuerdo no regresara.
Em terminó alejándose de Sebastián cuando Steve lo reclamó para resolver una discusión sobre música y encontró a Megan apoyada junto a la borda, con los antebrazos sobre la barandilla y la mirada puesta en el agua.
Se acercó con su bebida y ocupó el espacio a su lado mientras el barco continuaba avanzando, dejando detrás una franja de espuma que se extendía varios metros antes de desaparecer entre las ondulaciones.
—¿Te arrepientes de haberme obligado a ponerme esto? —preguntó Em mientras sujetaba la falda para que una ráfaga no la levantara demasiado.
—En absoluto. Estoy contemplando mi obra.
Megan sonrió, pero la expresión le duró poco. Al otro lado de la cubierta, Piers conversaba con una mujer que había llegado con Beau y los otros amigos. Ella se inclinó para decirle alguna cosa cerca del oído y Piers bajó ligeramente la cabeza para escucharla antes de responder con una sonrisa.
Em siguió la dirección de la mirada de Megan.
Esperó alguna protesta, una observación sobre la mujer o, por lo menos, uno de aquellos cambios de expresión que durante sus primeras semanas en Louisiana solían anunciar que Megan estaba a punto de atravesar una habitación para intervenir.
En cambio, su amiga enderezó la espalda, cerró los ojos y tomó aire lentamente por la nariz antes de expulsarlo por la boca.
Em la observó con interés.
Megan volvió a inhalar.
—¿Qué estás haciendo?
—Autocontrol.
—Ah.
Una tercera respiración siguió a las anteriores mientras Piers continuaba conversando al otro lado de la cubierta.
—Estoy haciendo yoga —explicó Megan, sin abrir todavía los ojos—. La instructora dice que tengo que aprender a reconocer un impulso antes de actuar sobre él.
Em miró nuevamente hacia Piers y después hacia ella.
—¿Y está funcionando?
Megan abrió un ojo.
—Sigo aquí, ¿no?
La respuesta hizo reír a Em. Megan terminó exhalando una vez más y apoyó ambos brazos sobre la borda, ya menos pendiente de lo que ocurría al otro lado del barco.
—El primer día me dijo que debía concentrarme en la respiración cada vez que sintiera que iba a perder el control —continuó—. Pensé que era una estupidez. Después descubrí que respirar es mucho más barato que pagar una fianza u orden de restricción.
Las dos siguieron riéndose apoyadas contra la borda mientras el viento les movía el cabello y la embarcación continuaba su recorrido.
Desde el otro lado de la cubierta, Kain había dejado de escuchar durante unos segundos lo que Triss intentaba contarle.
Tenía una cerveza en una mano y el hombro apoyado contra uno de los soportes de la cabina, pero sus ojos se habían desviado hacia Em y Megan.
Verlas juntas todavía le resultaba extraño; conocía demasiado bien la forma en que Megan había recibido a Michigan el día de su llegada como para haber imaginado que, unos meses después, terminarían inclinadas sobre una borda riéndose como si llevaran años compartiendo secretos.
Triss le tocó el brazo para recuperar su atención.
Kain volvió hacia ella y respondió a la pregunta que apenas había escuchado, aunque unos segundos después sus ojos regresaron hacia las dos mujeres.
Esta vez Em se había inclinado hacia Megan para decirle alguna cosa al oído y ambas volvieron a reír.
La tarde transcurrió entre vasos fríos, conversaciones cruzadas y cambios de lugar cada vez que alguien encontraba un rincón mejor desde donde mirar el agua.
Tim iba de un grupo a otro, encantado de tener por fin a sus amigos en el barco, hasta que recordó que Sebastián y Steve habían pasado buena parte del trayecto anterior escuchando música desde el teléfono del primero.
Se acercó a ellos mientras Dean discutía con Sam sobre una canción y señaló el pequeño altavoz conectado junto a la cabina.
—Sebastián, pon algo de eso que estabas escuchando con Steve hace un rato. Quiero saber qué demonios los tenían tan entretenidos.
Sebastián levantó la cabeza con una sonrisa inmediata y sacó el teléfono del bolsillo.
—Claro que sí. Ya era hora de poner algo que sirva para mover esas caderas un poco.
Las risas se repartieron por la cubierta.
Steve protestó diciendo que él se movía perfectamente, Dean aseguró que necesitaba pruebas y Tim apartó una hielera con el pie para despejar más espacio mientras Sebastián buscaba una canción entre sus listas.
Unos segundos después, los primeros compases de “Amor, amor” salieron por el altavoz y cambiaron el ambiente casi de inmediato.
Sebastián empezó a seguir la letra mientras marcaba el ritmo, y no tardó en conseguir que varios de los demás lo acompañaran. Cuando llegó el estribillo, algunas voces se sumaron desde distintos puntos de la cubierta.
Kimberly fue la primera en seguir el ritmo junto a Tim.
Gina y Luise se levantaron también, arrastrando a Dean y Sam a pesar de que ninguno parecía tener demasiado claro qué hacer con los pies, mientras Beau empezó a moverse cerca de Megan con una cerveza todavía en la mano.
Incluso Piers terminó balanceándose discretamente al ritmo mientras la mujer con quien había estado conversando le decía alguna cosa que consiguió hacerlo reír.
Em seguía junto a la borda cuando Sebastián la localizó entre todos.
—Em, ven acá.
Ella volvió la cabeza y lo encontró señalando el espacio frente a él.
—¿Yo?
—Tú. Ya practicamos suficiente para que ahora demuestres que no perdí el tiempo enseñándote.
Megan abrió mucho los ojos y miró inmediatamente a Em.
—¿Qué me he perdido?
—Una historia larga —respondió ella entre risas mientras dejaba el vaso sobre una mesa cercana.
Sebastián extendió una mano y Em la aceptó antes de acercarse.
La falda clara se abrió sobre una pierna con los primeros pasos y los brazaletes chocaron suavemente entre sí cuando levantó el brazo para seguir la guía de su compañero.
Al principio observó sus pies por costumbre, pero Sebastián negó con la cabeza y le hizo un gesto para que levantara la mirada.
—Nada de contar. Ya sabes qué hacer, solo siéntelo.
Em sonrió y dejó de vigilar cada movimiento.
Reconoció el ritmo después de unos compases y su cuerpo respondió con mucha más facilidad que durante aquellas primeras prácticas en Holler; cambió el peso, siguió el desplazamiento de Sebastián y dejó que él marcara una vuelta sin intentar anticiparla.
Cuando regresó frente a él, estaba riéndose.
—¡Eso! —celebró Sebastián—. ¿Ven? La señorita sí sabe bailar.
Tim soltó un silbido desde cerca de Kimberly y Steve levantó los brazos, celebrándolo como si Em acabara de aprobar un examen particularmente difícil.
Gina y Luise se acercaron para imitar el movimiento, mientras Dean intentaba copiar a Sebastián con resultados suficientemente malos para provocar otra ronda de carcajadas.
Junto a uno de los laterales, Kain había dejado de conversar.
Triss continuaba pegada a su costado y mantenía una mano apoyada sobre su brazo, pero él miraba hacia el centro de la cubierta, donde Em giraba bajo la mano de Sebastián.
Hasta ese momento había supuesto que cualquier intento de verla bailar terminaría con ella contando pasos mentalmente, corrigiendo posiciones o preguntando por qué determinada secuencia requería mover primero un pie y después el otro.
No era eso lo que estaba viendo.