Capítulo 20
Un mes antes, Em había aprendido a bailar cumbia por culpa de una llamada de su madre.
Laura la llamó una tarde mientras terminaba su turno en Holler Cafetería.
Quedaban pocos clientes, Sebastián limpiaba la máquina de café detrás del mostrador y el señor Holler revisaba como siempre unas facturas cerca de la caja, de modo que Em apoyó el teléfono contra una jarra y continuó secando vasos mientras hablaba con ella.
La conversación había empezado con las clases, siguió con el trabajo y acabó, como ocurría con frecuencia, en el interés de Laura por averiguar cuánto estaba aprovechando su hija todo aquello que sucedía fuera de la universidad.
—Espero que estés saliendo también —dijo desde la pantalla—. Y cuando digo salir, no me refiero a caminar desde la casa hasta la cafetería o ir a mirar estrellas con otros estudiantes.
Em dejó un vaso sobre la bandeja y sonrió.
—Sí salgo, mamá.
—Salir de verdad, Emily. Música, gente, bailar alguna vez.
—Mamá, sé bailar y sé perfectamente dónde hacerlo. No voy por ahí bailando como loca en medio de la calle.
Laura soltó una carcajada desde Michigan mientras Em tomaba otro vaso y lo secaba con el paño. A pocos pasos, Sebastián levantó la cabeza al escuchar la conversación y permaneció un momento mirándola antes de acercarse al extremo del mostrador.
—Disculpa que me entrometa, Em —dijo, apoyando ambas manos sobre la madera—, pero yo puedo enseñarte a bailar cumbia.
Laura dejó de reír y acercó el rostro a la pantalla.
—¿Quién es él?
Em giró el teléfono un poco para que pudiera verlo.
—Sebastián. Trabaja conmigo.
—Sebastián, hola. Soy Laura, la mamá de Em.
—Mucho gusto, señora.
—Laura, por favor. Si vas a enseñarle a bailar a mi hija, debemos tutearnos.
Em apoyó el paño sobre el hombro y se quedó observándolos mientras Sebastián sonreía hacia el teléfono. Ninguno parecía necesitar demasiado su participación para continuar la conversación.
—La cumbia es fácil para empezar —explicó él—. El paso básico no tiene mucha ciencia y ella aprende rápido.
—Eso es perfecto. Siempre ha aprendido rápido.
Sebastián se rió y señaló con la barbilla el pequeño espacio despejado detrás del mostrador.
—Cuando terminemos te enseño. Diez minutos.
—¿Diez?
—Para que entiendas el paso y después practiques —agregó Sebastián.
Laura asintió con entusiasmo.
—Hazle caso a Sebastián.
Em alternó la mirada entre el teléfono y su compañero, entretenida al comprobar la rapidez con que ambos habían llegado a un acuerdo sobre una actividad que hasta hacía treinta segundos ni siquiera formaba parte de sus planes.
—Está bien. Aprenderé cumbia.
Laura sonrió satisfecha.
—Eso quería escuchar.
Aquella misma tarde, después de cerrar Holler, Sebastián apartó dos sillas y buscó una canción en su teléfono.
Em dejó el bolso sobre una mesa, se recogió el cabello y se colocó frente a él mientras observaba primero sus pies y después los movimientos que le indicaba.
Los primeros intentos fueron demasiado calculados; contaba mentalmente cada cambio de peso y miraba al suelo cada vez que debía retroceder, hasta que Sebastián le sujetó una mano y le indicó que dejara de vigilar sus propios zapatos.
—No estás resolviendo una ecuación, Em. Escucha la música —le decía Sebastián.
Ella lo intentó otra vez. Repitió el paso básico varias veces, dejó de contar cuando comenzó a reconocer el compás y terminó siguiendo a Sebastián alrededor del reducido espacio entre las mesas.
Cuando se equivocaba, se reía y regresaba al movimiento anterior; cuando conseguía enlazar varios pasos sin mirar hacia abajo, levantaba las cejas con satisfacción y pedía repetirlo para comprobar que no hubiera sido casualidad.
Diez minutos terminaron convirtiéndose en casi media hora.
Durante las semanas siguientes, Sebastián siguió enseñándole cada vez que coincidían al cierre y Holler estaba lo bastante vacío como para apartar un par de sillas.
Em aprendió a seguir una vuelta, a cambiar el peso sin pensar en cada paso y, poco a poco, a dejar que quien bailara con ella marcara la dirección sin intentar anticiparse.
Nunca llegó a considerarse una gran bailarina, pero cuando la música era buena podía seguir el ritmo sin demasiados problemas y, sobre todo, había descubierto que bailar le gustaba mucho más de lo que esperaba.
El día de la inauguración del barco comenzó con Em intentando vestirse como si fuera a cualquier otra salida con los Ferman y Megan negándose a permitirlo.
Había dejado sobre la cama unos shorts de mezclilla, una camiseta clara y las zapatillas blancas cuando escuchó dos golpes en la puerta del ático.
Megan entró apenas recibió permiso aprovechando que los hermanos Ferman aún no llegaban, cargando un bolso grande sobre el hombro, y necesitó menos de cinco segundos para mirar la ropa preparada sobre la colcha antes de volver los ojos hacia Em.
—No.
Em, que estaba terminando de colocarse uno de los lentes de contacto frente al espejo, parpadeó varias veces antes de volverse.
—¿No qué?
—Eso —respondió Megan, señalando la cama—. Vas a una celebración en un barco, no a estudiar una lluvia de meteoros.
Em miró los shorts y después a ella.
—Pero, son cómodos.
—También lo son los pijamas y no creo que quieras ir con uno.
No había desprecio en el comentario y Em tampoco se lo tomó como una crítica.
A esas alturas ya sabía que Megan opinaba sobre ropa, cabello, hombres o prácticamente cualquier cosa con la ligereza de quien no veía ninguna razón para guardarse lo que pensaba.
En lugar de discutir, se cruzó de brazos y la observó abrir el bolso sobre la cama.
De su bolso sacó una falda larga de tono marfil, ligera y cruzada sobre una de las piernas, con una abertura suficientemente amplia para permitir caminar sin dificultad.
Después apareció un top corto de tirantes finos, cubierto por bordados florales en tonos burdeos, dorados y verdes, seguido por varias piezas de bisutería plateada que Megan fue dejando sobre la colcha con bastante más entusiasmo del que Em había demostrado frente a su propio armario.
Aquello consiguió hacerla reír. Terminó llevándose la ropa al baño y, cuando regresó unos minutos después, todavía tiraba discretamente del borde inferior del top aunque había comprobado dos veces que todo estuviera exactamente donde debía.
La falda se ajustaba a su cintura y descendía hasta los tobillos, abriéndose sobre una pierna cada vez que caminaba, mientras las zapatillas blancas evitaban que el conjunto pareciera demasiado elaborado para pasar varias horas sobre una embarcación.
Megan se levantó de la cama y la hizo girar frente al espejo.
—Mucho mejor.
Antes de que Em pudiera responder, Megan comenzó a elegir entre los pendientes que había llevado.
Terminó colocándole unos largos de plata, varios brazaletes finos y un collar trabajado que descansaba sobre la piel descubierta encima del escote.
Después le soltó casi todo el cabello, conservando únicamente parte de los mechones superiores recogidos hacia atrás para que las ondas cayeran por los hombros y la espalda.
Em se observó desde distintos ángulos. Seguía reconociéndose perfectamente; la ropa era más atrevida que la que habría elegido sola, pero no había tacones, maquillaje excesivo ni ninguna de las cosas que habría hecho imposible moverse con comodidad durante todo el día.
—Me gusta —admitió finalmente.
Megan sonrió hacia el espejo.
—Por supuesto que te gusta. Tengo talento para estas cosas, Em.
* * *
Cuando llegaron al puerto, buena parte de los invitados ya se encontraba a bordo.
Tim había querido mantener la celebración reducida, especialmente porque era la primera salida con el barco después de terminar los últimos trabajos, de modo que aquella vez no había decenas de automóviles, música extendiéndose ni desconocidos entrando y saliendo.
Entre amigos cercanos y compañeros de Em apenas reunían un grupo suficiente para ocupar la cubierta sin convertirla en una de las fiestas habituales de los Ferman.
Kimberly estaba junto a Tim cerca de la cabina cuando Em y Megan subieron.
Beau conversaba con Piers y otros dos amigos mientras ayudaban a acomodar varias hieleras; Kain se encontraba algo más atrás con la mujer de abundante escote que Em había visto días antes en Holler, una rubia que parecía conocerlo con suficiente confianza para mantener una mano apoyada sobre su cintura mientras hablaban.
Cerca de la proa, Gina, Luise, Sam, Steve y Dean discutían sobre dónde dejar una caja que habían protegido con varias capas de papel, mientras Sebastián insistía en que bastaba con entregársela a Tim cuando llegara Em.
La idea había surgido varios días antes.
Como agradecimiento por invitarlos y por permitirles utilizar el barco para una salida que ninguno habría podido organizar por su cuenta, el grupo había decidido buscar algo relacionado con navegación que Tim realmente pudiera conservar.
Después de revisar tiendas, mercados y varios anuncios, encontraron una brújula náutica antigua montada en una pequeña caja de madera oscura, restaurada pero todavía funcional, con el metal marcado por años de uso.
Dean terminó entregándole el paquete porque seguir ocultándolo ya no tenía sentido.
Tim retiró el papel con cuidado y abrió la caja. Durante los primeros segundos no dijo nada, pasando el pulgar por el borde de madera antes de levantar la brújula y examinar la rosa de los vientos bajo el cristal.
—Esto es increíble.
Em sonrió junto a sus compañeros.
—Pensamos que era mejor que traer otra botella de vino.
—Muchísimo mejor.
Tim volvió a mirar la brújula y después al grupo, todavía con aquella satisfacción infantil que le aparecía cada vez que hablaba del barco.
—Gracias. En serio —dijo Tim, visiblemente emocionado.