Un intercambio de locos Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

La tarde avanzó con la casa repartida entre pequeñas actividades.

Piers se había instalado en el despacho con la puerta abierta, trabajando sobre unos presupuestos y varias mediciones que había traído de una obra.

En el porche, Tim y Kimberly conversaban con las piernas estiradas sobre dos sillas, interrumpidos de vez en cuando por la risa de ella o por alguna historia relacionada con el barco.

Dentro, la sala estaba mucho más silenciosa.

Kain ocupaba uno de los extremos del sofá con un block de dibujo grande apoyado sobre las piernas.

A su lado había dejado una caja de lápices, varias muestras de color y algunas hojas sueltas con patrones geométricos incompletos.

Dibujaba concentrado, inclinando apenas la cabeza cada vez que cambiaba de tono o corregía una línea, mientras la punta del lápiz recorría el papel con movimientos seguros.

Em pasó por el corredor camino a la cocina y redujo el paso al reconocer lo que estaba haciendo.

Desde donde estaba alcanzaba a ver parte del dibujo: una composición formada por pequeñas figuras repetidas, algunas todavía trazadas a lápiz y otras rellenas en distintas gamas de azul.

Recordó de inmediato las láminas que Piers le había enseñado en la casa antigua y permaneció unos momentos observando sin acercarse.

Kain levantó los ojos apenas lo suficiente para verla, pero no dijo nada.

Volvió al papel, aunque había advertido perfectamente cómo ella se había quedado a pocos metros mirando por encima del respaldo del sofá.

Em dudó antes de continuar hacia la cocina.

Había decidido, después de aquella tarde con Piers, que quizá debía concederle a Kain el beneficio de ser una persona con más de una dimensión, aunque él se empeñara con admirable constancia en demostrarle lo contrario.

Terminó acercándose.

—Piers me mostró algunos de tus trabajos —dijo mientras se detenía junto al sofá.

El lápiz continuó avanzando sobre el papel.

—¿Ah, sí?

Kain inclinó un poco el cuaderno para seguir una línea y cambió de lápiz antes de levantar la vista hacia ella.

—Son bastante buenos —añadió—. Me gustó especialmente uno que combinaba varios tonos de azul. El que tenía figuras pequeñas alrededor de un patrón central.

Esta vez el lápiz se detuvo y Kain volvió la cabeza hacia ella, sorprendido por el comentario.

—¿Te gustó?

—Mucho —agregó Em.

Ella señaló una zona del dibujo que descansaba sobre sus piernas, cuidando de no tocar el papel.

—También me gusta lo que estás haciendo aquí. Los azules funcionan bien juntos.

Sin esperar una invitación, se sentó en el otro extremo del sofá y giró el cuerpo para observar mejor el cuaderno. Kain siguió su movimiento con la mirada antes de apoyar el lápiz sobre la página; no volvió a dibujar cuando ella empezó a hablar.

—En astronomía hacemos algo parecido con las imágenes.

Bueno, no exactamente parecido porque no estamos diseñando baldosas, pero usamos colores para representar información que el ojo humano no podría distinguir directamente.

Los grandes telescopios pueden registrar distintas longitudes de onda y después se asignan colores para diferenciar determinados elementos.

Desde el despacho, Piers escuchó la voz de Em atravesar el corredor y levantó brevemente la vista de los documentos.

Reconoció enseguida aquel entusiasmo que aparecía cuando encontraba un tema que le interesaba: empezaba explicando una idea sencilla y, antes de advertirlo, ya había abierto otras tres alrededor de la primera.

Sonrió y volvió al presupuesto mientras su voz continuaba llegando desde la sala.

—Por ejemplo, algunos gases emiten en determinadas longitudes de onda —continuó ella, moviendo una mano mientras observaba los tonos elegidos por Kain—.

Entonces puedes asignar un color a cada emisión y construir una imagen que permita distinguir regiones diferentes.

Eso no significa que, si estuvieras frente al objeto, lo vieras exactamente así; los colores ayudan a interpretar lo que estamos observando.

Por eso hay imágenes de nebulosas con azules, verdes y rojos tan intensos.

Pueden mostrar composición, temperatura o emisiones diferentes.

Kain había dejado de dibujar por completo. Mantenía el cuaderno sobre las piernas, pero su atención estaba puesta en Em, que seguía examinando el diseño mientras comparaba dos tonalidades cercanas.

—Deberías ver una nebulosa. Cuando una estrella llega al final de su vida puede expulsar enormes cantidades de material y esos gases quedan extendidos alrededor de lo que permanece de ella.

Después observas las emisiones de distintos elementos y les asignas colores para poder diferenciarlas.

El hidrógeno puede aparecer en un tono, el oxígeno en otro, el azufre en otro...

y terminas viendo la muerte de una estrella convertida en todos esos colores.

Se inclinó un poco hacia el cuaderno y volvió a señalar el patrón.

—Lo maravilloso es que el color no está ahí solamente para que se vea bonito.

Te está contando qué existe en cada región, cómo se distribuye el material y dónde cambia la composición.

Por eso pensé en esto cuando Piers me mostró tus diseños.

Usas varios tonos dentro de un mismo patrón, pero ninguno parece elegido al azar; cada uno cumple una función dentro del dibujo.

Al terminar, levantó la vista y descubrió que Kain llevaba un buen rato observándola.

—¿Qué?

Él se acomodó contra el respaldo y cruzó los brazos.

—Estoy profundamente conmovido por toda esa información que no pedí.

La expresión de Em cambió de inmediato.

—Eres increíble.

—Gracias.

—No era un cumplido. —Se enderezó en el sofá y lo miró con indignación—. Y yo que pensaba darte una oportunidad.

Durante un momento Kain pareció no haber entendido. Después soltó una carcajada y apartó el cuaderno de sus piernas.

—¿Perdón? ¿Tú darme una oportunidad a mí?

—Sí.

—Michigan, deberías escucharte cuando dices esas cosas.

Desde el despacho, Piers volvió a levantar la cabeza cuando las voces empezaron a subir de volumen. Negó suavemente, divertido, y siguió trabajando mientras la discusión continuaba en la sala.

—Supongo que estamos en un punto muerto —dijo Em—. No hay mucho que hacer.

—Bastante muerto. A estas alturas yo diría que ya es un zombi.

El teléfono de Kain vibró sobre la mesa antes de que ella pudiera responder. La pantalla se iluminó con el nombre de la mujer que había llevado a Holler unos días antes y Em lo reconoció enseguida.

—Te dejo con la de considerable volumen mamario.

Kain miró la pantalla y después a ella.

—Muchas gracias por tu permiso. Siempre es mejor hablar con una mujer adulta. Tener una conversación de adultos… ya sabes.

Em camino a la escalera girando apenas la cabeza.

—Dudo que sea una conversación que no incluya alguna palabra con “S”.

La sonrisa de Kain regresó.

—Sexy y sexo no forman parte de ti. Eso está bastante claro a simple vista.

—Yo iba a decir “sin seso”. Y el que sugirió que me veía bien con el encaje burdeo fuiste tú —añadió, señalando a Kain con un dedo.

Él soltó una risa desde el sofá y se levantó y caminó hacia las escaleras.

—Eso fue para ayudarte a ti, para que Piers empezara a verte de otra manera y se decidiera de una vez.

Desde la puerta, Piers puso los ojos en blanco. Había escuchado suficiente para saber que aquella conversación podía prolongarse indefinidamente y, después de comprobar que ninguno de los dos reparaba en él, comenzó a cerrar la puerta de su despacho sin hacer ruido.

Em abrió la boca, indignada, y reanudó la subida con pasos más firmes. De su garganta salió un sonido ahogado de protesta antes de que lograra articular una respuesta.

—¡Yo no necesito tu ayuda para que nadie se me lance ni para conquistar a un hombre, estúpido engreído!

Continuó escaleras arriba sin detenerse.

Desde el porche, Kimberly había escuchado buena parte de la discusión y siguió con la mirada a Em hasta que desapareció escaleras arriba. Después volvió hacia Tim, que todavía observaba el interior de la casa con una sonrisa.

—Por favor, no seas tan idiota y ciego como tu hermano.

Tim la miró divertido.

—Eso está clarísimo.

Se inclinó y le dejó un beso en la mejilla antes de volver a acomodarse junto a ella. Kimberly soltó una risa y apoyó la cabeza contra su hombro mientras dentro de la casa el teléfono de Kain seguía vibrando sobre la mesa.