Un intercambio de locos Capítulo 19
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Capítulo 19

Durante los días siguientes, el blog empezó a crecer a una velocidad que Em no había previsto cuando publicó los primeros capítulos casi como un experimento.

Al principio habían sido unas pocas lectoras, después llegaron comentarios de cuentas que no reconocía y, antes de que terminara la semana, cada actualización del Sr. Maligno reunía mensajes preguntando cuándo continuaría la historia.

Algunas discutían entre ellas sobre el personaje, otras citaban sus frases favoritas y varias exigían más escenas spicy con aquel hombre de cabello claro, guitarra y una capacidad aparentemente inagotable para atormentar a la protagonista.

Em revisaba las estadísticas cada noche con una mezcla de satisfacción e incredulidad.

Resultaba absurdo que tantos artículos en los que había trabajado durante semanas hubieran tenido que pelear por unas pocas lecturas mientras una historia escrita en el ático, inspirada en buena parte por un hombre al que con frecuencia deseaba estrangular, creciera cada vez que publicaba.

El capítulo de la guitarra había sido especialmente celebrado y una de las lectoras había escrito que el Sr. Maligno podía quedarse sentado tocando durante veinte páginas y ella seguiría leyendo encantada.

Aquella tarde pensaba precisamente en eso mientras ayudaba al señor Holler detrás del mostrador. El movimiento había disminuido después del almuerzo y aprovechaba para secar vasos y tazas recién lavados mientras él revisaba unos pedidos junto a la caja.

—Parece que estás más contenta últimamente —comentó Holler sin apartar los ojos de una factura.

—Me están saliendo bien algunas cosas.

—Eso significa que no vas a contarme cuáles —agregó el Sr. Holler.

Em dejó una taza en el estante y tomó otra.

—Probablemente.

Holler soltó una risa y continuó con sus papeles. La campanilla de la puerta sonó antes de que pudiera insistir y Em levantó la vista por simple costumbre.

Kain entró acompañado por una mujer y la atención se fijó primero en él, en la camiseta negra gastada, los jeans oscuros y esos mechones casi blancos cayéndole revueltos sobre la frente, antes de desviarse inevitablemente hacia su acompañante para clavarse, por una razón del todo injustificable, en un escote francamente descomunal; la tela ajustada de la blusa apenas contenía una delantera tan rotunda que volvía evidente el esfuerzo del sostén por sostenerlas en su sitio, mientras el trapo seguía frotando mecánicamente el cristal del vaso en sus manos y la cabeza calculaba, sin rigor médico alguno, cómo demonios lograba una mujer caminar erguida con semejante peso sin romperse la columna en el intento.

La pareja alcanzó el mostrador sin que ella pudiera despegar los ojos del frente, y el cuadro empeoró todavía más cuando la mujer se inclinó hacia el oído de Kain para susurrarle algo, forzando una perspectiva en la que semejante despliegue anatómico adquiría proporciones de monumento; tan absorta seguía en la contemplación del fenómeno que la primera llamada —un seco “Michigan” al otro lado de la barra— rebotó en el aire sin provocar efecto alguno, obligando a repetir el apodo una segunda vez hasta arrancarle un parpadeo torpe y devolverle la vista arriba, directo al rostro de Kain, cuyos ojos verdes la vigilaban con una fijeza insoportable.

Había apoyado un brazo sobre el mostrador y tenía esa expresión que Em conocía demasiado bien, la que aparecía justo antes de decir algo que probablemente debería guardarse para sí mismo.

La mujer a su lado todavía revisaba la carta de bebidas sin haberse dado cuenta de que acababa de convertirse en objeto de un estudio bastante poco discreto.

Em dejó el vaso seco junto a los demás con más brusquedad de la que habría querido.

—¡Qué!

Kain amplió la sonrisa y apoyó mejor el antebrazo sobre el mostrador.

—¿Debería sentirme celoso? ¿Prefieres a las mujeres en vez de a los hombres?

Em bajó la vista hacia sí misma, después volvió a mirar el escote de la mujer y finalmente levantó los ojos hacia Kain, ya entre sorprendida e irritada.

—Otra vez con tus estupideces.

La sonrisa de él se amplió.

—Podrías dejar de estudiarla tanto. Tendrías que nacer dos veces para rellenar una copa D.

La mujer se acercó un poco más a Kain y le tomó el brazo con ambas manos, apoyándose contra él mientras miraba hacia el interior de la cafetería.

—Cariño, ¿seguro que aquí hay bebidas libres de calorías?

Em permaneció al otro lado del mostrador con una taza entre las manos y tuvo que bajar la vista para ocultar la expresión que le provocó la pregunta. Kain giró apenas la cabeza hacia su acompañante, aunque la sonrisa no desapareció.

Sebastián apareció junto a ella con una bandeja vacía y señaló hacia las mesas del fondo.

—Em, ¿me ayudas un momento con esas dos? Se nos están acumulando los pedidos.

La petición le dio una excusa perfecta para escapar.

Sebastián dejó la taza sobre el estante, tomó la bandeja y salió de detrás del mostrador sin volver a mirar a Kain.

Cuando quería, aquel hombre podía convertirse en una auténtica espina en el culo, y esa tarde parecía especialmente empeñado en demostrarlo.

—Lo pediré para llevar, Sr. Holler —anunció Kain desde la caja.

Su acompañante se pegó todavía más a su brazo.

—¿Nos lo tomaremos en la casa, verdad, cariño?

—Claro. —La voz de Kain siguió a Em mientras ella avanzaba hacia las mesas—. Así podremos hablar más cómodamente de cuerpos celestes, fluidos y... ¿cómo se llamaba eso que mencionaste, Michigan?

Em redujo apenas el paso.

—Ah, ya lo recuerdo. Interacción de fuerzas.

Holler levantó la vista de la caja mientras Kain apoyaba una mano sobre el mostrador con absoluta satisfacción.

—No sabes la suerte que hemos tenido, Sr. Holler. Nos asignaron a una especialista en física cuántica y todas esas cosas.

—Menudo idiota —murmuró Em, y arrojó el paño que todavía llevaba en una mano sobre una mesa auxiliar antes de seguir hacia el fondo.

Había dado dos pasos cuando se detuvo. Las palabras regresaron una detrás de otra: cuerpos celestes, fluidos, interacción de fuerzas. Exactamente las mismas que había utilizado durante la cena para explicar, con bastante libertad, qué clase de material estaba escribiendo.

Giró lentamente la cabeza hacia el mostrador. ¿Acaso lo sabía?

Pero Kain ya atravesaba la puerta con el pedido en una mano y la mujer prácticamente pegada a su brazo. Ella caminaba junto a él como una lapa, inclinándose hacia su cuerpo mientras decía algo que Em no alcanzó a escuchar. A través del ventanal vio cómo se dirigían hacia la camioneta.

* * *

Durante los días siguientes, Tim pasó más tiempo del habitual fuera de la casa.

Cada vez que Em preguntaba dónde estaba, alguien respondía que en el puerto, y cuando regresaba solía hacerlo con las manos manchadas de pintura, alguna pieza pequeña dentro de una bolsa o una lista nueva de cosas que todavía quería arreglar antes de considerar terminado el trabajo.

Desde la mañana en que la había llevado a navegar, ella sabía que la embarcación ocupaba un lugar bastante más importante en su vida de lo que dejaban entrever las bromas con las que hablaba de ella.

El sábado apareció en la cocina cerca del mediodía, dejó las llaves sobre la encimera y buscó a Em con la mirada. La encontró sentada junto a una de las ventanas, revisando unas notas mientras bebía algo frío.

—Ya está lista —anunció.

Ella levantó los ojos del cuaderno.

—¿Qué cosa?

—El barco. Terminé lo que faltaba.

La sonrisa de Tim apareció antes de que pudiera disimular el orgullo y, por primera vez en varios días, Em cerró el cuaderno sin marcar siquiera la página.

—¿Todo?

—Todo lo importante. Pintura nueva, algunas reparaciones, equipo revisado y suficientes cosas arregladas como para que Piers deje de decir que estoy tirando dinero al agua.

Se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.

—Quiero sacarlo la semana que viene y hacer una especie de inauguración. Nada grande. Nosotros, algunos amigos cercanos y poco más.

Em asintió, esperando que continuara.

—Puedes invitar a tu grupo de los multiorgásmicos.

La expresión de ella cambió de inmediato.

—¿Mi grupo de qué?

Tim soltó una carcajada antes de levantar ambas manos.

—Perdona, Em. Es que Kain los llama tanto así que se me pegó.

—Son estudiantes de astrofísica.

—Sí, ya sé. Estudiantes de astrofísica multiorgásmicos.

La mirada que recibió consiguió que riera otra vez.

—Está bien, está bien. Retiro lo de multiorgásmicos. Invítalos si quieres. Podemos alejarnos bastante de las luces y pueden llevar los telescopios. Hay espacio para instalarlos cuando estemos navegando tranquilos o cuando paremos.

Aquello consiguió que la indignación desapareciera de la cara de Em con rapidez.

—¿En serio podemos llevarlos?

—Mientras ninguno tenga el tamaño de un cañón naval, sí.

Ella ya había tomado el teléfono.

—Voy a preguntarles.

Tim la observó abrir el grupo de mensajes y empezar a escribir con una velocidad que delataba cuánto le había gustado la idea.

—Y diles que lleven ropa para quedarse hasta tarde —añadió—. Quiero salir antes de que caiga el sol.

Em levantó un pulgar sin dejar de escribir.

Las respuestas comenzaron a llegar antes de que Tim alcanzara la puerta; Steve fue el primero en confirmar, seguido por Gina y Dean, mientras Luise preguntaba si realmente podían llevar un telescopio a bordo sin que terminara convertido en pieza de museo submarino.

Después de varios mensajes decidieron llevar solo uno, el de Steve, que era el más fácil de transportar.

Em respondió que Tim había prometido espacio suficiente y añadió, por iniciativa propia, que cualquiera que dañara el equipo tendría que enfrentarse personalmente a ella.