Capítulo 18 #2
El timbre sonó antes de que alcanzara el último peldaño y con la mano todavía apoyada en la baranda, Em miró hacia la cocina y después hacia la entrada, esperando que alguno de los tres se moviera.
Nadie pareció considerar que el sonido tuviera relación con ellos, de modo que soltó un suspiro, terminó de bajar y cambió la cafetera por la puerta principal.
—Por supuesto —murmuró mientras cruzaba el recibidor descalza—. La persona que todavía no ha tomado café es la encargada oficial de recibir visitas.
Al abrir encontró al cartero con una bolsa colgada del hombro y varios sobres sujetos bajo el brazo. El hombre consultó uno de ellos antes de mirarla, comprobó el nombre impreso en la parte frontal y le tendió una pequeña tableta para que firmara.
—¿Emily Fisher?
—Sí.
Firmó todavía con la concentración torpe de quien acababa de levantarse y recibió un sobre grueso, bastante más formal que la correspondencia que solía llegarle a la casa.
El remitente le resultó conocido, aunque necesitó leerlo dos veces antes de terminar de despertar; luego deslizó un dedo bajo la solapa y abrió el borde allí mismo, mientras el cartero reorganizaba el resto de las cartas.
Desde la cocina llegó la voz de Tim preguntando quién era. Em no respondió. Había sacado una hoja doblada, la desplegó frente a ella y comenzó a recorrer las primeras líneas mientras el sueño desaparecía poco a poco de su rostro.
Debajo de la carta asomaba otro papel que extrajo con extremo cuidado de entre el sobre, quedándose de piedra mientras la vista bajaba hasta la cifra impresa y regresaba al encabezado del cheque una y otra vez para confirmar que ningún decimal se hubiera corrido por error de imprenta; repasó la hilera de ceros guiándose con la yema del dedo, temblorosa sobre la tinta fresca, antes de soltar un chillido agudo y repentino que hizo dar un brinco al cartero junto a la reja.
—¡Aaah!
Desde la cocina llegó una sucesión de ruidos casi simultáneos: Kain, que seguía balanceándose sobre dos patas del taburete, perdió el equilibrio y cayó de culo con un golpe seco; Tim soltó lo que tenía entre las manos y el objeto se hizo pedazos contra el piso; Piers, sorprendido por el chillido, arrastró el lápiz fuera de la línea que estaba anotando y dejó una raya larga atravesando el costado de la hoja.
Em, ajena al pequeño desastre que acababa de provocar, levantó el cheque frente al rostro, volvió a mirar la cantidad y soltó otro sonido todavía más agudo antes de empezar a dar pequeños saltos sobre el piso del recibidor.
Tim apareció primero por el corredor y frenó al encontrarla delante de la puerta con el cabello medio suelto, la carta en una mano y el cheque en la otra.
Al otro lado del umbral, el cartero seguía observándola con una mezcla de sorpresa y cautela, como si aún no hubiera decidido si acababa de entregar buenas noticias o provocar una emergencia doméstica.
—Está bien —dijo Tim al hombre mientras se acercaba a la puerta—. Creo que solo está feliz.
—¡Estoy muy feliz!
La confirmación llegó acompañada por otro chillido.
—Sí, definitivamente está feliz. —Tim sostuvo la puerta y dirigió al cartero una sonrisa de disculpa—. Perdone.
Cuando cerró, Em ya avanzaba hacia la cocina con los brazos levantados y el cheque por encima de la cabeza. El moño terminó de deshacerse durante el trayecto y varios mechones le cayeron alrededor del rostro, pero ni siquiera intentó apartarlos.
Junto a la isla, los otros dos hermanos se habían quedado mirándola.
—¡Sí! —gritó, alzando todavía más los brazos en medio de la sala de estar—. ¡Porn World!
Sin detenerse a explicar nada, giró hacia la escalera y empezó a subir con el cheque todavía levantado, el cabello medio deshecho cayéndole sobre los hombros y una energía que no se parecía en nada a la mujer somnolienta que había bajado unos minutos antes.
En la cocina nadie habló de inmediato. Kain seguía en el suelo junto al taburete volcado, Tim regresó a la cocina y miraba los pedazos que acababan de romperse. Los tres se quedaron mirando hacia la escalera, completamente estupefactos.
* * *
A media mañana, el calor ya se había instalado sobre la obra y obligaba a trabajar con las botellas de agua siempre cerca.
Los tres habían avanzado bastante en la estructura lateral de una ampliación, aunque el episodio del desayuno seguía apareciendo de vez en cuando entre mediciones, herramientas y tablones.
Ninguno había conseguido averiguar qué contenía exactamente el cheque porque Em había desaparecido en el ático antes de que pudieran preguntárselo.
Kain sostenía uno de los extremos de una tabla mientras Tim comprobaba la medida antes del corte.
Había pasado buena parte de la mañana haciendo comentarios sobre posibles negocios clandestinos de la estudiante de intercambio, cada uno más absurdo que el anterior, hasta que volvió a recordar las dos palabras que Em había gritado antes de desaparecer escaleras arriba.
—Creo que deberíamos terminar temprano hoy —dijo mientras ajustaba la tabla contra el soporte—. No vaya a ser que volvamos y encontremos una orgía en la sala.
Tim dejó de marcar la madera y lo miró por encima del lápiz.
—Em no es así. No seas tonto. Tú sí lo harías.
A media tarde todavía quedaba trabajo suficiente para mantenerlos allí un par de horas, pero Kain dejó de fingir que tenía paciencia.
Terminó de asegurar la última pieza que tenía entre manos, llamó a los hombres que trabajaban con ellos y repartió las instrucciones necesarias para dejar la obra cerrada hasta la mañana siguiente.
Piers lo observó desde el otro extremo de la estructura mientras guardaba el nivel, consciente de que nadie había acordado terminar antes.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó cuando lo vió cerrar una de las cajas de herramientas.
—Terminando por hoy.
—Tú estás terminando por hoy —corrigió Piers—. Los demás no hemos decidido nada.
Kain recogió las llaves de la camioneta y se las hizo girar alrededor de un dedo.
—Si quieren acompañarme, bien. Si no, también. Pero yo me largo.
Tim dejó la herramienta que estaba guardando y miró primero a uno y después al otro.
—¿En serio vas a volver corriendo a casa por lo de esta mañana?
—Voy a asegurarme de que Michigan no haga ninguna estupidez mientras nosotros estamos aquí.
Se despidió de los trabajadores que continuarían al día siguiente, cargó lo necesario en la camioneta y abrió la puerta del conductor con la decisión de quien no pretendía debatir el asunto.
Piers soltó el aire por la nariz y miró a Tim.
—Será mejor que vayamos con él.
Pocos minutos después, los tres iban camino a Cypress Bend, con Kain al volante y lo bastante apurado como para que Piers tuviera que recordarle dos veces que la carretera seguía teniendo límites de velocidad, por mucho que él estuviera desesperado por averiguar qué demonios había recibido Em aquella mañana.
Em llevaba casi dos horas fuera de Cypress Bend.
Primero había pasado por el banco a depositar el cheque y todavía conservaba parte de la emoción de aquella mañana, aunque por fin había dejado de sonreír cada vez que recordaba la cifra.
Antes de regresar decidió recorrer algunas tiendas; quería preparar una cena decente, darse uno que otro gusto que normalmente quedaba fuera de su presupuesto y empezar a buscar regalos para Penny y Laura.
No pensaba gastarlo todo en una tarde, pero enviarles algo a Michigan había sido una de las primeras cosas que se le ocurrieron al comprobar que el dinero era realmente suyo.
Llevaba dos bolsas colgadas del brazo cuando salió de una tienda de alimentos y se detuvo frente a un escaparate cercano.
Dentro había visto una caja de té que probablemente le gustaría a Penny y estaba calculando si conseguiría enviarla sin que su abuela protestara por el gasto cuando escuchó su nombre desde la acera.
—¿Em?
Al volverse encontró a Megan acercándose con unas gafas de sol sobre la cabeza y varias bolsas pequeñas en una mano.
Desde aquella primera tarde en la casona, la relación entre ambas había cambiado bastante; Em ya no veía a la mujer que había atravesado una fiesta dispuesta a reclamarle explicaciones a Piers, sino a alguien directa, a veces temperamental y mucho más fácil de tratar cuando no estaba convencida de que otra mujer intentaba quedarse con su ex prometido.
—Hola —saludó Em mientras reorganizaba las bolsas para que una no se deslizara por su brazo—. Justo estaba terminando unas compras.
—Eso veo. ¿Piensas alimentar a un ejército?
—A tres Ferman. Creo que las cantidades son equivalentes.
Megan sonrió y miró las bolsas otra vez. Cuando Em explicó que quería prepararles una cena porque habían hecho bastante por ella desde su llegada, la expresión de la otra mujer cambió apenas al escuchar el apellido, aunque intentó disimularlo acomodándose las gafas sobre el cabello.
—¿Van a estar los tres esta noche?
La pregunta salió demasiado rápido. Em la observó mientras ajustaba una de las asas entre los dedos.
Había visto a Megan enfrentarse a Piers, insultarlo, vigilar de lejos con quién hablaba y fingir después que nada de aquello le importaba; también había visto a Piers perder la paciencia con ella de una forma que no ocurría con casi nadie.
Y, aun así, bastaba mencionar que él podía estar en algún sitio para que Megan preguntara por él antes de pensarlo.
—Supongo que sí —respondió—. Deberían llegar después del trabajo.
Megan asintió y dirigió la vista hacia la calle.
—Ah.
Aquella única sílaba terminó de decidirla.
—Ven a cenar.
La cabeza de Megan giró hacia ella.
—¿Qué?
—Esta noche. Compré demasiado y no pienso comer sobras durante una semana. Además, tú también puedes ayudarme a evitar que Kain critique todo lo que cocine.