Un intercambio de locos Capítulo 18
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Capítulo 18

La tormenta los alcanzó cuando todavía faltaban varios kilómetros para llegar a Cypress Bend.

Durante el regreso, el cielo se había ido oscureciendo sobre los árboles hasta adquirir un tono gris verdoso, pero ninguno esperaba que la lluvia empezara con aquella violencia.

El agua golpeó el parabrisas en una cortina cerrada y el viento sacudió las ramas junto a la carretera, obligando a Piers a reducir la velocidad mientras los limpiaparabrisas apenas conseguían mantener despejado el vidrio.

A Em le había bastado correr desde la camioneta hasta el porche para terminar empapada.

La blusa clara se le había pegado a la piel, los pantalones estaban oscuros desde las rodillas hacia abajo y el moño que había llevado durante la tarde había desaparecido bajo una masa de cabello húmedo.

Piers tampoco había salido mejor parado; llevaba la camiseta adherida al torso y varios mechones oscuros sobre el rostro después de haber intentado proteger con una mano la carpeta que traía de la casa.

—Te dije que esperaras dentro de la camioneta —comentó mientras empujaba la puerta principal con el hombro.

—Y dejarte cargar solo con todas esas carpetas habría sido muy poco solidario de mi parte —contestó Em.

Entraron todavía riéndose por el intento inútil de atravesar el acceso sin mojarse, mientras detrás de ellos el viento lanzaba la lluvia contra los ventanales y hacía crujir las ramas del jardín.

Em se quitó las sandalias cerca de la entrada para no dejar barro por toda la casa y trató de apartarse el cabello del rostro con ambas manos, pero los mechones volvieron a caerle sobre las mejillas antes de que pudiera hacer nada con ellos.

Desde la sala llegó el sonido de una botella apoyándose sobre una mesa.

Kain estaba recostado en uno de los extremos del sofá, con una pierna extendida y la guitarra apoyada junto al mueble.

Había levantado la vista al escuchar la puerta y ahora observaba primero a su hermano y después a Em, reparando en la ropa mojada, el cabello deshecho y las mejillas todavía encendidas por la carrera desde la camioneta.

—Vaya —dijo mientras apoyaba un brazo sobre el respaldo—. ¿Michigan ha sido desflorada?

Em terminó de escurrir con una mano las puntas del cabello antes de mirarlo.

—Ahora entiendo por qué Megan no consigue olvidarte —respondió, volviendo la cabeza hacia Piers—. Creo que yo tampoco voy a poder hacerlo.

—No seas idiota, Kain —dijo Piers, aunque la sonrisa que dirigió a Em apareció antes de que pudiera contenerla.

Ella se la devolvió y recogió las sandalias del suelo. Después pasó junto a la sala y empezó a subir la escalera sin molestarse en mirar otra vez hacia el sofá, ocupada únicamente en llegar al ático y quitarse la ropa empapada antes de terminar mojando también el piso superior.

La expresión de Kain no cambió hasta que los pasos de Em se perdieron en el piso de arriba.

Siguió con la botella entre los dedos, mirando primero hacia la escalera y luego a Piers, que aún estaba junto a la entrada quitándose los zapatos húmedos.

La frase de Em seguía rondándole la cabeza, incómoda y persistente, y la sonrisa que su hermano todavía llevaba en la cara no ayudó en absoluto.

El agua caliente consiguió quitarle el frío que le había dejado la tormenta, aunque no logró borrar del todo la irritación que arrastraba desde la sala.

Mientras se lavaba el cabello, Em volvió a escuchar la voz de Kain preguntando aquella estupidez sobre si había sido desflorada y negó con la cabeza bajo el chorro.

Era un imbécil. Uno especialmente perseverante, además, porque parecía capaz de encontrar una nueva forma de incomodarla cada vez que creía haber agotado el repertorio.

Al mismo tiempo, y eso le fastidiaba bastante más, tenía que reconocer que su imaginación era admirable.

Siempre encontraba otra provocación, otro comentario, alguna broma absurda o un modo diferente de entrar en una conversación y desplazarla hacia donde él quería.

Hasta los diseños que Piers le había enseñado aquella tarde habían desmontado parte de la imagen que Em se había formado de él.

Kain era un imbécil, se repitió mientras cerraba el agua, pero un imbécil con bastante creatividad.

Asintió para sí misma al llegar a esa conclusión y salió de la ducha.

Después de secarse el cabello lo suficiente para que dejara de gotearle por la espalda, se puso unos pantalones cortos de algodón y una camiseta amplia, recogió el pelo húmedo sobre un hombro y regresó al ático descalza.

La tormenta seguía golpeando el tejado y las ventanas, aunque allí arriba el ruido resultaba más agradable que amenazante; encendió la lámpara del escritorio, dejó el teléfono junto a una taza vacía y abrió el computador.

La página del blog apareció donde la había dejado. El último capítulo del Sr. Maligno seguía acumulando comentarios y varias lectoras ya preguntaban cuándo pensaba continuar la historia. Em recorrió algunos mensajes con una sonrisa antes de abrir el documento donde escribía los capítulos nuevos.

Necesitaba publicar otro. Se acomodó mejor en la silla, apoyó una pierna debajo del cuerpo y dejó los dedos sobre el teclado mientras pensaba qué podía hacer con él esta vez. La respuesta apareció demasiado rápido.

Una guitarra.

Levantó las cejas frente a la pantalla.

—Claro —murmuró, y empezó a escribir.

En el nuevo capítulo, el Sr. Maligno no necesitaba hablar para llamar la atención.

Bastaba con sentarlo en una habitación mal iluminada, una guitarra apoyada sobre el muslo y los dedos recorriendo las cuerdas con una seguridad irritante, mientras la protagonista intentaba concentrarse en cualquier otra cosa.

Em describió el cabello claro cayéndole sobre la frente, los antebrazos tensándose al cambiar de acorde y aquella costumbre de levantar apenas una comisura de la boca cuando sabía perfectamente que alguien lo estaba mirando.

Se detuvo con los dedos todavía sobre el teclado y después leyó el párrafo otra vez.

—Esto es ficción —se dijo, y continuó escribiendo.

Los pasos de Em desaparecieron hacia el piso superior y Kain continuó mirando la escalera hasta que el ruido de una puerta cerrándose confirmó que había llegado al ático.

La lluvia seguía golpeando los ventanales de la sala, arrastrada por ráfagas que doblaban las ramas del jardín, mientras Piers dejaba las llaves sobre una mesa y se quitaba la camiseta mojada antes de que terminara pegada por completo a su cuerpo.

—Bonita excursión —comentó Kain desde el sofá, girando la botella entre los dedos—. ¿Ahora Ferman Contracting incluye paseos románticos por casas abandonadas?

Piers levantó la camiseta del suelo y lo miró con el ceño fruncido.

—Fuimos a revisar la propiedad de la que llevo hablando semanas. A Em le interesaba verla.

—Ya veo. Muchísimo interés, por lo que parece —respondió Kain un tanto irritado.

La respuesta hizo que Piers se detuviera junto al comienzo de la escalera. El tono de su hermano tenía esa acidez habitual que podía dirigirse contra cualquiera, aunque esta vez parecía haberle encontrado un motivo bastante específico.

—¿Qué problema tienes, Kain?

Kain bebió antes de contestar y apoyó la botella nuevamente sobre la mesa.

—Ninguno. Solo me pareció enternecedor verla llegar empapada, riéndose y diciendo que ahora tampoco va a poder olvidarte. Megan estaría orgullosa del monstruo que creó.

Piers se quedó mirándolo desde el pie de la escalera. Había suficiente fastidio en la voz de Kain para que la provocación resultara demasiado tentadora y, por una vez, decidió devolverle una pequeña parte de todo lo que él acostumbraba repartir.

—Si tan solo supieras cómo sabe...

—¿Qué dijiste? —soltó Kain, casi a gritos.

Piers permitió que la sonrisa apareciera mientras empezaba a subir.

—Buenas noches, hermanito.

—¡Piers!

No se volvió. Continuó por la escalera con la camiseta mojada en una mano, mientras detrás de él el sofá crujía cuando Kain se incorporó.

—¡Piers! ¿Qué mierda quisiste decir con eso de “cómo sabe”?

La risa de su hermano llegó desde el piso superior.

Kain permaneció de pie en medio de la sala, mirando hacia la escalera con la mandíbula apretada y la cerveza olvidada en la mesa.

La semana había avanzado sin nada especialmente fuera de lo habitual.

Los Ferman continuaban saliendo temprano la mayoría de los días, Holler Cafeteria seguía acomodándose alrededor de los horarios de Em y las clases habían vuelto a ocupar buena parte de sus tardes.

Aquella mañana, sin embargo, debía entrar más tarde a la universidad, de modo que pudo permitirse dormir hasta una hora que normalmente consideraba un lujo.

Abajo, la cocina ya llevaba un rato en funcionamiento.

Sobre la isla había pan abierto, un frasco de mermelada, fruta cortada y varias herramientas pequeñas que alguno de los hermanos había dejado junto a las llaves de la camioneta.

Piers estaba de pie revisando una lista de materiales con un lápiz entre los dedos, Tim buscaba algo dentro de uno de los muebles bajos y Kain había ocupado un taburete junto a la ventana, balanceándolo apenas sobre dos patas mientras esperaba que los otros terminaran de organizarse para salir.

Los pasos de Em empezaron a escucharse en la escalera.

Bajaba despacio, todavía medio dormida, con una camiseta amplia, unos pantalones cortos de algodón y el cabello recogido de cualquier manera sobre la cabeza.

Ni siquiera se había puesto los lentes de contacto; llevaba sus gafas de siempre y se frotaba un ojo mientras pensaba únicamente en llegar hasta la cafetera.