Un intercambio de locos Capítulo 17 #6
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Capítulo 17 #6

Esta vez la risa le salió antes de responder. Bajó la vista hacia el piso y empujó con la punta de una sandalia una hoja seca que había entrado desde el balcón.

—He estado bastante ocupada intentando no reprobar, trabajar, acostumbrarme al calor y sobrevivir a tu familia.

El comentario hizo que ambos sonrieran, pero Em volvió enseguida la atención hacia la explanada.

Durante unos segundos pensó en sus compañeros de la universidad, en la gente que veía entrar y salir de Holler y en los hombres que había conocido desde su llegada a Louisiana.

Hasta entonces, ninguno había despertado en ella el interés suficiente como para plantearse conocerlo de otra manera.

Entonces apareció, inevitable, una sonrisa torcida, el cabello casi blanco y una voz demasiado cerca de su oído.

El recuerdo llegó acompañado por la imagen de Kain con el torso casi desnudo y por la sensación de aquellos dedos sobre su brazo, detalles que su memoria parecía empeñada en conservar aunque ella no se los hubiera pedido.

Em cerró la mano alrededor de la baranda y mantuvo la vista en la explanada.

Durante años había vivido demasiado metida en su propio mundo, entre las clases, los libros, el trabajo y todo aquello capaz de absorberla por completo, sin prestar demasiada atención a los hombres de esa manera.

Con Kain había sido diferente, aunque sabía perfectamente qué clase de mujeres buscaba él y lo poco que ella encajaba en ese patrón.

Podía incomodarla admitirlo y preferir que su cabeza dejara de traerlo de vuelta en los peores momentos, pero Em nunca había tenido demasiada habilidad para mentirse a sí misma.

Lo deseaba. Eso, al menos, tenía que admitirlo.

La inquietud de Em no pasó inadvertida. Piers la observó de perfil, con la mirada perdida sobre la explanada y los dedos todavía cerrados alrededor de la baranda, y decidió no seguir por ahí.

Solo había querido conocerla un poco mejor, pero la forma en que se había quedado pensativa le hizo apartarse del balcón y volver la atención hacia el interior de la recámara.

—Ven —dijo al cabo de unos segundos—. Quiero enseñarte la cocina. Hay unos diseños que creo que te van a gustar.

Em pareció agradecer el cambio de tema. Soltó la baranda y lo siguió hacia el corredor, mientras el aire del balcón quedaba atrás y el crujido de la madera volvía a acompañarlos por la planta alta.

Piers caminó delante de ella con una mano en el bolsillo, preguntándose todavía qué había provocado aquella expresión tan ida después de hablar de relaciones y matrimonio.

Qué afortunado sería el hombre que algún día lograra ganarse su corazón. La idea le produjo una incomodidad que prefirió no examinar demasiado.

Bajaron por la escalera y recorrieron parte del corredor hasta llegar a una cocina amplia, bastante más castigada por los años que el resto de la casa.

Los muebles antiguos seguían ocupando una de las paredes, algunas puertas estaban torcidas por la humedad y la encimera había perdido fragmentos en varios extremos, pero las ventanas altas dejaban entrar suficiente luz para apreciar el tamaño real del espacio.

Una salida lateral comunicaba con la galería que habían visto antes.

—Aquí habría que hacer bastante —comentó Em mientras avanzaba entre los muebles y examinaba la distribución—, pero es enorme, tiene mucho potencial para alguien que le guste cocinar.

—La estructura principal se ha conservado bien —respondió Piers.

Cerca de una pared, sobre una superficie protegida por una tabla, Piers había dejado varias carpetas con muestras e ideas que llevaba reuniendo para la restauración.

Abrió una de ellas y la giró hacia Em. En el interior aparecían composiciones de baldosas y azulejos dibujadas a mano y después pasadas a color: patrones geométricos, combinaciones de tonos cálidos, verdes profundos, azules y ocres, junto con propuestas más sobrias pensadas para distintas zonas de la casa.

Em se inclinó sobre la carpeta y pasó la mirada de una página a otra.

—Esto es precioso —dijo Em, recorriendo los diseños con la mirada.

Tomó con cuidado una de las láminas y la acercó a la luz de la ventana. El diseño combinaba pequeñas piezas geométricas en tonos crema, verde oscuro y terracota, organizadas en un patrón que podía repetirse sin perder el dibujo central.

—¿Lo hiciste tú?

—No.

Ella levantó la vista.

—¿Entonces quién?

Piers apoyó una mano sobre el borde de la mesa.

—Kain.

La sorpresa apareció de inmediato en el rostro de Em.

—¿Kain hizo esto?

—Sí. —Una leve sonrisa apareció en la boca de Piers al ver su reacción—. Lleva años haciendo diseños para algunos de nuestros proyectos. Patrones de baldosas y azulejos, combinaciones de colores para cocinas y baños… A veces los clientes terminan eligiendo directamente una de sus propuestas.

Em volvió a mirar la lámina, esta vez con una atención diferente, y recorrió con la yema del dedo el borde del papel sin tocar el dibujo.

—Efecto túnel —murmuró, fascinada—. Aparece justo donde una no esperaba encontrarlo.