Un intercambio de locos Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Dean levantó una mano mientras todavía masticaba.

—Yo también escuché esa.

Steve asintió.

—Con dos.

Em pensó en el hombre que revisaba dos veces dónde quedaban sus llaves y podía molestarse si alguien dejaba una taza demasiado cerca de sus planos.

—No digo que Piers sea un santo —respondió—, pero la escena del hotel me cuesta un poco creerlo.

—Espera, hay mejores —dijo Gina, claramente encantada de tener una oyente nueva—. Otra versión dice que Megan quería que se mudaran después de casarse y que Piers se negó porque ella pretendía que dejara de trabajar con sus hermanos.

Em frunció ligeramente el ceño.

Aquella historia le parecía bastante más posible.

—¿Y por eso cancelaron una boda?

—Según mi madre, Megan quería comprar una casa en Lafayette, Piers quería quedarse cerca de la empresa y terminaron teniendo una pelea enorme delante de ambas familias —explicó Gina—. En esa versión ella le devolvió el anillo.

—No —intervino Luise mientras levantaba un dedo—. En esa versión lo lanzó a una piscina.

Steve volvió a asentir.

—También escuché lo de la piscina.

Em lo miró primero a él y después a Dean.

—Ustedes parecen confirmar todas las historias.

Dean se encogió de hombros.

—Porque todas circulan desde el comienzo de los tiempos.

Luise se acercó un poco más a la mesa antes de presentar la tercera.

—Mi favorita es que ninguno engañó al otro. Dicen que ya estaban peleando desde hacía meses y que el día del ensayo de la boda Piers simplemente no apareció.

—¿Desapareció? —preguntó Em.

—Se fue a trabajar.

Gina empezó a reírse.

—Supuestamente había una casa antigua donde se había caído parte del techo después de una tormenta y Piers decidió que tenía que ir personalmente. Megan estaba con la familia, el fotógrafo, los organizadores y medio mundo esperándolo, mientras él estaba subido en un tejado a cincuenta kilómetros.

Em se quedó mirando a Luise.

Aquello también sonaba preocupantemente posible.

—¿Y volvió?

—Según una versión, a las once de la noche —respondió Gina—. Según otra, al día siguiente. Y según mi tía, Megan tomó el anillo, fue hasta la obra y se lo arrojó directamente al barro.

Steve y Dean volvieron a asentir.

Em dejó caer la espalda contra la silla. Gina tomó una papa frita del centro y sonrió.

—Lo único seguro es que estaban comprometidos, terminaron bastante mal y Megan todavía está locamente enamorada de él… aunque, bueno, ¿quién podría culparla?

A esas alturas, los cinco se habían inclinado hacia el centro de la mesa y hablaban bastante más bajo que al comienzo de la conversación, como si estuvieran compartiendo información confidencial en lugar de repetir rumores que, según ellos mismos, conocía media Louisiana.

Gina estaba a punto de añadir otra versión cuando una sombra cayó sobre el borde de la mesa y una voz femenina apareció justo detrás de ellos.

—¿De qué están hablando?

Los cinco levantaron la cabeza al mismo tiempo y el grito salió prácticamente coordinado.

—¡Megan!

Ella permaneció junto a la mesa con un bolso colgado del antebrazo y unos lentes de sol sobre el cabello rubio.

Llevaba un vestido ajustado que parecía haber sido elegido para recordarles a todos por qué resultaba imposible que pasara inadvertida en cualquier lugar y los observó uno por uno antes de detenerse en Em.

—¿Los conozco? —preguntó, señalando vagamente al grupo—. ¿Por qué saben mi nombre?

Gina fue la primera en reaccionar. Recogió el teléfono y se levantó con tanta rapidez que casi empujó la silla hacia atrás.

—Bueno, permiso. Tengo que hacer una cosa.

—Yo también —añadió Luise mientras agarraba el bolso.

Steve, Dean y Sam no necesitaron ninguna explicación adicional.

En cuestión de segundos reunieron vasos, mochilas y teléfonos con una coordinación bastante más eficiente que la que habían demostrado durante algunos trabajos de clase.

Em los vio retirarse con una incredulidad creciente y comenzó a levantarse también, decidida a incorporarse a aquella evacuación colectiva antes de que fuera demasiado tarde.

Megan apoyó una mano sobre el respaldo de su silla.

—Tú no.

Em quedó a medio camino entre sentarse y ponerse de pie.

—¿Yo no?

—No. Irás conmigo.

—¿Dónde?

Megan recogió los lentes de sol de su cabeza y los sostuvo entre los dedos.

—De compras. Así conversaremos.

Em miró hacia la salida, donde sus compañeros ya habían desaparecido con una velocidad admirable, y después volvió hacia Megan.

No encontró ninguna alternativa suficientemente razonable para escapar sin convertir aquello en una escena todavía más extraña, de modo que se colgó la mochila al hombro y consiguió sonreír.

—Claro. De compras.

El descapotable de Megan avanzó por la avenida con la capota baja y el aire caliente revolviéndole a Em varios mechones que habían escapado de la coleta.

Ella llevaba las manos apoyadas sobre el bolso, bastante más rígida de lo que quería admitir, mientras intentaba decidir si aquella salida improvisada podía considerarse realmente una invitación de compras o una forma particularmente elegante de interrogatorio.

Megan conducía con una seguridad que parecía extenderse a todo lo demás. Después de observar a Em de reojo, sonrió.

—Estás bastante guapa desde la última vez que te vi.

Em se tocó por reflejo el puente de la nariz y recordó que ya no llevaba nada allí.

—Gracias. Debe ser porque no llevo lentes ahora.

—No —respondió Megan mientras reducía la velocidad al entrar al estacionamiento de un centro comercial—. Es todo. Te ves con más brillo.

Em bajó la mirada hacia su ropa sin encontrar ningún cambio lo bastante importante como para justificar aquella evaluación. Megan encontró un espacio libre, giró el volante con una mano y detuvo el automóvil antes de quitarse los lentes de sol.

—No estarás detrás de mi Piers, ¿verdad?