Un intercambio de locos Capítulo 15
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Capítulo 15

Em tenía una presentación esa mañana con el grupo de astrofísica y había pasado buena parte de la noche repasando las diapositivas, de modo que bajó a la cocina con la mochila preparada y el cabello recogido en un moño alto del que escapaban varios mechones caoba.

Había dejado atrás las camisetas holgadas que solía elegir para las clases y llevaba una musculosa blanca de algodón ajustada al cuerpo, unos jeans amplios y gastados con roturas en las rodillas y una camisa escocesa anudada alrededor de la cintura.

Las zapatillas negras seguían siendo tan cómodas como siempre, pero la ausencia de los lentes modificaba bastante su rostro; después de varios días practicando con los de contacto, por fin podía llevarlos durante varias horas sin sentir que tenía arena metida en los ojos.

Los tres hermanos estaban desayunando cuando apareció.

Piers tenía el teléfono junto a la taza de café, Tim terminaba unos huevos y Kain permanecía apoyado contra la encimera con una tostada en una mano.

Em entró como todas las mañanas, sin reparar en que las tres miradas se detuvieron brevemente en ella antes de regresar con bastante discreción a sus respectivos desayunos.

—Buenos días.

Recibió las respuestas casi al mismo tiempo y fue directamente hacia la cafetera. Mientras servía el café, Piers acercó hacia su lado un plato donde quedaba un panqueque junto a varias tostadas.

—Quedó uno. Cómelo antes de que Tim descubra que existe.

Em tomó el plato antes de que el menor pudiera protestar.

—¡Gracias!

Se sentó junto a la isla y empezó a comer mientras revisaba la hora en el teléfono.

Nadie comentó la ropa ni los lentes de contacto, aunque Tim volvió a mirarla cuando ella se inclinó para alcanzar la mantequilla y Piers tardó un poco más de lo habitual en regresar a su desayuno.

Kain apenas le dirigió una mirada de reojo antes de continuar con su tostada, aunque la recorrió desde el moño desordenado hasta la camisa atada a la cintura con suficiente atención para registrar el cambio sin necesidad de decirlo.

—¿Quieres que te pasemos a dejar? —preguntó Piers cuando Em terminó el café.

—No, gracias. Me pasarán a buscar.

—¿Quién? —preguntaron Piers y Tim al unísono.

El volumen de ambas voces hizo que Em levantara los hombros y casi dejara caer el último trozo de panqueque. Kain no dijo nada; continuó apoyado contra la encimera, esperando la respuesta mientras observaba la escena por encima de su taza.

—Gina —respondió Em, mirando primero a uno y después al otro—. Es Gina.

—Ah —dijo Piers, y regresó al teléfono un poco más tranquilo.

Em terminó de beber el café, dejó la taza en el fregadero y recogió la mochila.

—Bueno, debo irme. Tenemos una presentación con el grupo.

Kain mordió la tostada antes de intervenir.

—¿Con los multiorgásmico?

Em ni siquiera se volvió. Se colgó la mochila, comprobó que llevaba el teléfono y siguió hacia la puerta.

—Nos vemos.

La puerta acababa de cerrarse cuando Pears se volvió hacia sus hermanos con el tenedor todavía en la mano y el ceño ligeramente fruncido, como si acabara de reparar en un detalle que había tenido delante durante todo el desayuno.

—¿Em no estaba usando lentes? —preguntó, mirando hacia la entrada por donde había desaparecido—. Se le puede ver toda la cara.

Tim levantó la vista del teléfono y pareció reconstruir mentalmente la imagen de unos minutos antes. Kain, en cambio, siguió bebiendo café sin hacer ningún comentario, aunque había notado la ausencia de los lentes desde el momento en que Em entró en la cocina.

—Lentes de contacto —respondió Tim al cabo de un momento—. Fue al oftalmólogo, acuérdense.

Pears asintió lentamente y volvió hacia su plato, todavía con una expresión pensativa.

—Le quedan bien.

Kain dejó la taza sobre la encimera y permaneció unos momentos mirando hacia la puerta.

No sonrió. La ausencia de los lentes, la ropa un poco más ajustada y la manera en que Em empezaba a mostrarse distinta le produjeron una inquietud que no quiso examinar demasiado, de modo que volvió al desayuno con el ceño apenas marcado.

La presentación salió mejor de lo que Em había esperado.

Habían ensayado bastante durante los días anteriores y, cuando llegó el momento de responder las preguntas del profesor, cada uno pudo hacerse cargo de su parte sin miradas de auxilio ni silencios incómodos.

La nota apareció después de las clases de la tarde y bastó para que Steve propusiera celebrar antes de que todos se dispersaran hacia sus respectivas casas.

Terminaron en un local cercano al campus, ocupando dos mesas juntas junto a una ventana, con hamburguesas, papas fritas y vasos de refresco repartidos entre carpetas que nadie tenía ya demasiadas ganas de abrir.

Em se había sentado entre Gina y Dean, todavía con la mochila apoyada contra una pierna.

La mañana de exposición había terminado, las clases también y, por primera vez desde que salió de Cypress Bend Road, podía dejar de pensar en horarios.

Gina acababa de comentar que la presentación había sido prácticamente perfecta cuando Luise, que revolvía el hielo de su bebida con la pajita, volvió a mirar a Em de arriba abajo.

—Por cierto, hoy te ves muy guapa.

Em bajó la vista hacia la camiseta blanca y los jeans.

—Gracias.

—Y sin lentes —añadió Gina, acercándose para examinarla mejor—. Se te ven muchísimo los ojos.

—Son de contacto. Todavía estoy aprendiendo a usarlos sin querer arrancármelos después de cuatro horas.

Steve levantó una papa frita desde el otro lado de la mesa.

—Eso explica por qué esta mañana pensé que había llegado otra estudiante y después te escuché corregir a Dean.

—No me corrigió —protestó Dean—. Hizo una observación.

—Me dijiste que había usado la referencia equivocada.

—Porque habías usado la referencia equivocada.

Las risas recorrieron la mesa y la conversación empezó a alejarse de la universidad.

Hablaron de lo que harían el fin de semana, de una fiesta que alguien planeaba cerca del campus y de la posibilidad de aprovechar los últimos días realmente calurosos antes de que el semestre siguiera avanzando.

Fue entonces cuando Em recordó la invitación de Piers.

—Pueden ir a la casa si quieren —comentó mientras tomaba una papa del plato de Gina—. Piers me dijo que podía invitarlos a la piscina.

Cinco cabezas se volvieron hacia ella.

—¿A la casa de los Ferman? —preguntó Luise.

—Sí.

Steve dejó la hamburguesa sobre el plato.

—¿A la piscina de los Ferman?

—Es la misma casa, Steve.

La sonrisa que apareció en el rostro de Gina fue bastante más expresiva que cualquier respuesta.

—Em, sabes que cuando una persona recibe una invitación así tiene que comunicarla inmediatamente. No puedes esperar hasta que llevemos media hora comiendo.

Dean intercambió una mirada con Steve y ambos asintieron con una seriedad sospechosa.

—Hay piscina —dijo Dean.

—Y suelen ir mujeres guapas —añadió Steve.

Luise los señaló con la pajita.

—Qué sorpresa. Ustedes quieren mirar mujeres y nosotras queremos mirar a los Ferman. Por fin encontramos una actividad académica capaz de satisfacer a todo el grupo.

Em negó con la cabeza mientras Gina ya le preguntaba si Kain estaría allí.

Aquello bastó para que la conversación se desviara hacia los tres hermanos y, por un momento, Em dejó que los demás hablaran mientras jugaba con la pajita dentro del vaso.

Si todos parecían obtener algo de aquellas relaciones, incluso cuando duraban poco, debía existir alguna razón para seguir buscándolas.

Cariño, compañía, deseo, diversión; quizá no hacía falta que cada vínculo terminara convertido en una historia importante para tener sentido.

Últimamente se sorprendía pensando más en eso.

No era ciega; bueno, casi, pero los lentes de contacto estaban resolviendo al menos esa parte.

Veía parejas en el campus caminando de la mano, besándose entre clases o simplemente compartiendo una mesa, y en la propia casa tenía ejemplos mucho menos discretos.

Había visto a Kain recibir mujeres con una sonrisa, rodearlas por la cintura, besarlas junto a la piscina o dejarlas apoyarse contra él mientras conversaban con otras personas.

Nunca parecía preguntarse demasiado qué debía ocurrir después; disfrutaba de quien tenía delante y continuaba con su vida cuando aquello terminaba.

Quizá ella llevaba demasiado tiempo observando esa parte del mundo desde lejos.

Entre los estudios, Penny, Laura y una rutina que siempre había sabido organizar, abrirse un poco más a los hombres nunca había ocupado una posición demasiado alta entre sus prioridades.

Tampoco necesitaba convertirse de pronto en otra persona, pero podía prestar más atención a quien tenía alrededor, aceptar alguna invitación y dejar de comportarse como si todo lo interesante ocurriera únicamente por encima de la atmósfera.

Había pasado bastante tiempo mirando el cielo. Tal vez podía empezar a mirar un poco más a la gente.

—Todavía no entiendo qué pasó entre esos dos —dijo Em—. Cada persona que conozco parece tener una versión diferente.

Gina soltó una carcajada.

—Mitos y leyendas, Em…los Ferman son la leyenda y lo que pasó con ellos mitos.

Steve y Dean asintieron mientras seguían comiendo, como si aquella información perteneciera a un conocimiento colectivo que jamás habían considerado necesario cuestionar.

Em apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Entonces, ¿por qué todo el mundo habla como si lo supieran de primera mano?

—Porque eso es precisamente lo divertido —respondió Gina—. Mi prima jura que Megan lo encontró con otra mujer tres semanas antes de la boda.

Luise negó inmediatamente con la cabeza.

—Esa es la versión aburrida. Yo escuché que eran dos.

Em la miró.

—¿Dos mujeres?

—En un hotel de Lafayette —precisó Luise, inclinándose hacia ella—. La historia dice que Megan llegó sin avisar porque quería sorprenderlo y encontró a Piers con dos mujeres en la habitación.