Un intercambio de locos Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Kain permaneció en la piscina bastante después de que Em desapareciera hacia el interior de la casa.

La mujer que había llegado con él se había acomodado entre sus brazos, apoyada contra su pecho mientras conversaba con otras personas desde el borde, y cada cierto tiempo se volvía para besarlo o decirle alguna cosa cerca del oído.

Él respondía, se reía cuando correspondía y parecía tan pendiente de ella como cualquier otro día, aunque en dos ocasiones levantó la vista hacia las ventanas superiores sin darse cuenta.

A esa altura, Michigan ya debía haber llegado al ático y encontrado los dos muñecos que había dejado frente a su puerta.

Había encargado los peluches varios días antes después de descubrir una tienda capaz de personalizarlos a partir de dibujos.

El cabello castaño, los lentes y la expresión seria de la muñeca habían sido fáciles; con el suyo se había entretenido bastante más eligiendo el pelo casi blanco, los ojos verdes y ciertos detalles que sabía que conseguirían escandalizarla.

La pequeña protuberancia añadida entre las piernas había sido idea suya y, mientras la mujer que tenía abrazada le pasaba los dedos por el pecho, Kain imaginó a Em sosteniendo el muñeco con dos dedos, probablemente preguntándose qué clase de imbécil dedicaba tiempo y dinero a una estupidez semejante.

La respuesta le hizo sonreír sin que su acompañante supiera por qué.

La reunión empezó a dispersarse cuando cayó la noche.

Algunos amigos se marcharon después de comer, otros trasladaron las bebidas hacia el interior y Piers desapareció durante un rato con dos conocidos de la empresa para revisar un asunto de trabajo.

Kain permaneció todavía un tiempo junto a la piscina, pero cuando el cansancio de la semana comenzó a alcanzarlo decidió que no tenía ganas de prolongar la noche.

La mujer que había llegado con él pareció interpretar otra cosa cuando subieron al segundo piso y lo rodeó por la cintura antes de que alcanzara su habitación.

—¿Seguro que quieres que me vaya? —preguntó mientras le acariciaba el abdomen por debajo de la camiseta y acercaba la boca a su cuello.

Kain sonrió, le sostuvo la cintura y le devolvió el beso sin apresurarse, aunque al separarse mantuvo la decisión.

—Hoy necesito una noche más tranquila…

Ella hizo un pequeño gesto de protesta, volvió a abrazarlo y todavía intentó convencerlo durante unos minutos antes de aceptar que hablaba en serio.

Kain la acompañó hasta la escalera, esperó a escuchar la puerta principal y regresó a su habitación con la satisfacción poco habitual de saber que el resto de la noche no le pertenecía a nadie más.

Después de ducharse, se puso unos pantalones cortos y dejó el cabello húmedo mientras despejaba una parte de la mesa de trabajo situada junto a la pared.

A diferencia del resto de su habitación, aquel sector permanecía bastante ordenado.

Sobre una tabla de dibujo tenía varias hojas sujetas con cinta, una regla metálica, lápices, marcadores y pequeñas muestras de cerámica que Ferman Contracting utilizaba para presentar acabados a los clientes.

En una caja baja guardaba recortes de colores, catálogos de baldosas y fotografías de cocinas y baños donde había probado combinaciones anteriores.

Aquella noche trabajaba en una propuesta para un baño que Piers quería incluir en una remodelación.

El cliente había elegido dos tonos de cerámica, pero todavía no decidía cómo distribuirlos, y Kain llevaba varios intentos buscando un patrón que no terminara pareciendo una cuadrícula aburrida.

Dibujó otra secuencia, cambió la orientación de algunas piezas y coloreó varias zonas antes de alejar la silla para observar el conjunto.

Después de unos minutos volvió a acercarse, borró una sección completa y apoyó el lápiz sobre la mesa con fastidio.

Cuando llegaba a ese punto sabía que seguir mirando el mismo dibujo solo conseguía empeorarlo.

Se levantó, tomó la guitarra apoyada junto al amplificador y se sentó al borde de la cama antes de conectar los audífonos.

Nunca había sido especialmente virtuoso ni pretendía serlo; tocaba porque le servía para despejar la cabeza, escuchar cómo encajaban distintos tonos y repetir acordes conocidos hasta que las manos seguían el movimiento sin exigirle demasiada atención.

Probó primero una progresión que llevaba años tocando, corrigió un par de notas y después pasó a una melodía sencilla que conocía de memoria, mientras los diseños permanecían extendidos sobre la mesa esperando que volviera a mirarlos con otros ojos.

Después de casi media hora, Kain dejó que el último acorde se apagara dentro de los audífonos y permaneció sentado con la guitarra sobre las piernas mientras miraba hacia la mesa.

La secuencia que llevaba toda la noche intentando resolver seguía allí, pero desde esa distancia dejó de verla como una serie de piezas individuales.

Apoyó la guitarra con rapidez junto a la cama, se levantó y regresó al tablero antes de perder la idea que acababa de formarse.

Movió la regla sobre el dibujo, trazó varias diagonales y modificó la orientación de las palmetas hasta conseguir que el patrón se repitiera sin volver evidente el punto donde comenzaba cada módulo.

Esta vez no borró nada. Abrió una de las cajas que mantenía ordenadas bajo la mesa y sacó pequeñas muestras de azulejos clasificadas por tonos; prefería trabajar con ellas antes que fiarse únicamente de los colores impresos en los catálogos, porque la cerámica cambiaba mucho según el esmalte, la textura y la luz.

Fue colocando las piezas junto al papel, comparando los verdes, ocres y tonos crema hasta seleccionar los que mejor funcionaban entre sí.

Cuando estuvo conforme, comenzó a trasladar los colores al diseño.

Alternó las zonas más oscuras con las claras, reservó uno de los tonos para los bordes y corrigió dos secciones donde la combinación cargaba demasiado el dibujo.

Poco a poco, aquella cuadrícula que media hora antes le parecía aburrida adquirió profundidad y movimiento sobre el block de dibujo, y Kain continuó trabajando inclinado sobre la mesa, cambiando de lápiz cada vez que necesitaba acercarse al color real de las muestras que tenía alineadas frente a él.

La casa había quedado bastante más silenciosa después de la tarde en la piscina.

Piers se había retirado hacía rato y Kain suponía que estaría en su habitación, aunque con él nunca resultaba fácil saber si realmente dormía o seguía revisando planos hasta pasada la medianoche.

Tim también había desaparecido escaleras arriba y, conociéndolo, existían bastantes probabilidades de que no estuviera solo.

El ruido de unos pasos sobre la grava lo hizo levantar la cabeza.

Desde la ventana alcanzó a ver a Em avanzando hacia la entrada bajo la luz exterior, con un bolso pequeño colgado del hombro y una ropa bastante diferente de la que acostumbraba llevar por la casa.

El pantalón oscuro se ajustaba a sus piernas y terminaba por encima de los tobillos; la camiseta negra, ceñida al cuerpo y sin las habituales capas holgadas, dejaba ver una silueta que los jeans amplios y las sudaderas solían esconder.

Llevaba zapatillas oscuras, el cabello recogido en una coleta alta y varios mechones caoba se habían soltado alrededor del rostro, encendidos por la luz amarilla del porche.

Kain se levantó casi por reflejo. La idea de abrirle la puerta antes de que alcanzara el timbre le pareció divertida y ya tenía la mano cerca del pomo cuando se detuvo. Se quedó mirándolo unos segundos, molesto consigo mismo, antes de retirar los dedos.

¿Qué demonios le pasaba?

Em tenía llave. Había salido con amigos, regresaba a una hora perfectamente normal y no necesitaba que él apareciera detrás de la puerta como un crío de diecinueve años esperando sorprender a una chica.

Se pasó una mano por el cabello todavía húmedo de la ducha y regresó hacia la cama con un suspiro.

Tal vez dejar que Clare se marchara había sido una pésima decisión.

Poco después escuchó abrirse la puerta principal y los pasos de Em atravesaron el corredor.

Subieron al segundo piso y continuaron hacia la escalera del ático sin detenerse frente a ninguna habitación.

Kain se dejó caer de espaldas sobre la cama, todavía sin camiseta, cruzó un brazo detrás de la cabeza y apoyó la otra mano sobre el abdomen mientras el recuerdo de la tarde volvía con una facilidad irritante.

Había visto perfectamente la manera en que Em miró el top diminuto de Clare antes de anunciar que aquella mujer casi no llevaba ropa. También había visto su expresión cuando él le recordó qué color elegiría para ella.

Una sonrisa le curvó la boca mientras cerraba los ojos.

—Burdeo —murmuró.