Capítulo 14
La tarde estaba demasiado calurosa para estudiar dentro del ático, de modo que Em había terminado instalada en el borde de la piscina con los pies sumergidos hasta media pantorrilla y una carpeta abierta sobre las piernas.
Había repartido varios apuntes alrededor de la toalla, sujetándolos con su estuche y una botella de agua para que cualquier corriente de aire no terminara enviándolos al otro extremo del patio.
El teléfono descansaba apoyado contra un libro, con Penny ocupando casi toda la pantalla mientras Em repasaba por tercera vez las mismas notas sin haber avanzado demasiado.
—Estoy bien, abuela —repitió mientras movía los pies dentro del agua—. En serio. Las clases van bien, sigo trabajando en la cafetería y no me estoy alimentando exclusivamente de café.
Penny la observó a través de la pantalla con aquella expresión que Em conocía desde niña y que significaba que todavía faltaban varias preguntas antes de que aceptara una respuesta como definitiva.
—Te veo más delgada.
—No estoy más delgada abuela.
Penny frunció los labios. Con su abuela, lo que mejor funcionaba era la monotonía. Cuanto más rutinario y aburrido sonara todo —libros, universidad, trabajo, comida—, menos preguntas haría sobre la casa. La piscina suponía un riesgo calculado, pero esa tarde no se veía a nadie alrededor.
El sonido de una puerta al abrirse detrás de ella consiguió que Em levantara la vista.
Tim apareció desde la casa con una botella de agua en una mano y caminó hacia el patio sin reparar de inmediato en la videollamada.
Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta clara, el cabello algo revuelto por el calor y esa expresión relajada que parecía acompañarlo incluso después de una jornada de trabajo.
En la pantalla, Penny dejó de hablar. Em lo notó demasiado tarde.
—¿Y quién es ese joven tan apuesto? —preguntó su abuela, acercándose al teléfono hasta que buena parte de su rostro ocupó la imagen.
Tim alcanzó a escucharla y miró primero el teléfono y después a Em, visiblemente divertido. Ella cerró los ojos un momento antes de girar el aparato lo suficiente para incluirlo.
—Abuela, te presento a Tim.
Él se acercó sin necesidad de que Em insistiera y se agachó junto al borde de la piscina para quedar dentro de la cámara.
—Hola, señora Penny.
La sonrisa de su abuela apareció inmediatamente.
—Hola, Tim. Qué gusto conocerte. Emily no me había contado que tenía amigos tan guapos en Louisiana.
—Abuela.
Tim se rio y Em le dirigió una mirada que no consiguió intimidarlo.
—El gusto es mío —respondió él mientras apoyaba un antebrazo sobre una rodilla—. Em habla bastante de usted.
Aquello bastó para conquistar a Penny. Enderezó un poco el teléfono y empezó a preguntarle sobre el clima, si estudiaban juntos y si Louisiana estaba tratando bien a una muchacha acostumbrada al clima de Michigan.
Tim respondió con paciencia, sin exagerar ni intentar hacerse el encantador.
Durante la salida en el barco, Em le había hablado bastante de Penny y de Laura; le contó que su abuela había sido durante años la figura más estable de la casa, que su madre podía ser desordenada e imprevisible, pero también afectuosa, y que entre las tres habían construido una familia bastante menos caótica de lo que a veces parecía desde afuera.
Por eso ahora reconocía enseguida los nombres, las referencias y algunas de las bromas familiares que Penny soltaba desde la pantalla, y esa familiaridad hizo que la conversación avanzara con una soltura que terminó ganándose por completo a la mujer al otro lado de la llamada.
Em permaneció entre ambos con los apuntes olvidados sobre las piernas.
—Debe estar muy orgullosa de ella —dijo Tim después de escuchar a Penny comentar cuánto había trabajado Em para conseguir el intercambio—.
Trabaja muchísimo. Estudia todo el tiempo, incluso cuando debería descansar un poco, y además cumple sus turnos en Holler.
No sé cómo organiza tantas cosas sin volverse loca.
Penny sonrió con una satisfacción imposible de ocultar.
—Siempre ha sido así desde pequeña. Cuando se propone alguna cosa, no hay manera de sacársela de la cabeza.
—Eso ya lo noté.
Em levantó lentamente la mirada hacia Tim.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
Penny empezó a reírse y Tim terminó acompañándola. En menos de cinco minutos, los dos conversaban con una familiaridad que Em no habría previsto, mientras ella recogía una hoja que empezaba a deslizarse hacia el agua y volvía a colocarla bajo la carpeta.
—Me alegra saber que tiene buenos amigos allá —dijo Penny, todavía mirando a Tim—. Es la primera vez que está tanto tiempo lejos de casa.
La expresión de él perdió parte de la diversión y asintió.
—La estamos cuidando, señora Penny.
Em levantó la cabeza con rapidez, pero su abuela ya sonreía completamente conquistada.
Penny terminó preguntándole si conocía también a la señora Piersen y a la señora Kenny, las dos mujeres encantadoras que, según Em, se ocupaban de la casa y estaban pendientes de que comiera, llegara bien y no anduviera sola demasiado tarde.
Tim tardó apenas un momento en entender de quién estaba hablando y la risa empezó a escapársele justo cuando Em abrió mucho los ojos y le dirigió una advertencia tan evidente que no necesitó palabras.
Bajó la cabeza para disimular y consiguió responder que sí, que las conocía perfectamente y que podían ser bastante atentas cuando se lo proponían.
Penny pareció satisfecha con aquella confirmación y, después de hacerle prometer a Em que volvería a llamarla durante la semana, se despidió también de Tim con un afecto que ya parecía antiguo.
Él le devolvió el saludo con una sonrisa y esperó hasta que la llamada terminó antes de mirar a Em, que seguía sosteniendo el teléfono frente a sí con expresión acusadora.
Antes de que Em pudiera explicarse, varias voces llegaron desde el interior de la casa y poco después se abrió la puerta que daba al patio.
Kain apareció primero, tomado de la mano de una mujer que llevaba un top tan corto que apenas cubría el pecho y unos shorts ajustados que dejaban poco espacio para la imaginación.
Detrás venían Piers, dos amigos y varias mujeres que hablaban entre ellas mientras avanzaban hacia la piscina con bebidas y bolsos en las manos.
Tim los observó acercarse, todavía con la sonrisa provocada por la conversación con Penny, y levantó la voz justo cuando todos podían escucharlo.
—Mira, Em. Llegaron la señora Kenny y la señora Piersen.
Ella giró hacia él con una expresión de horror absoluto mientras Kain frenaba en seco y Piers levantaba la cabeza, claramente intentando entender de qué demonios estaba hablando.
Em empezó a reunir los apuntes antes de que alguno de los recién llegados pudiera interesarse demasiado por la identidad de la señora Kenny o de la señora Piersen.
Cerró la carpeta, metió los lápices dentro del estuche y alcanzó la botella que había utilizado para sujetar una de las hojas, mientras Tim continuaba sentado a su lado con una sonrisa demasiado satisfecha.
—No te vayas, Em —dijo al verla recoger—. Hace muchísimo calor en el ático.
Ella levantó la vista mientras guardaba el teléfono.
—Hoy no pienso encerrarme. Yo también tengo vida social, así que voy a salir.
—Así me gusta, Em —respondió Tim, incorporándose—. Solo ten cuidado o tendré que acusarte con la señora Kenny y la señora Piersen.
—Ja, ja, ja. Qué gracioso.
Kain, que ya había soltado la mano de su acompañante para buscar una cerveza cerca de la mesa, alcanzó a escuchar la última parte. Se volvió hacia Em mientras la mujer que había llegado con él se acomodaba el diminuto top antes de acercarse a la piscina.
—¿Así que Michigan tiene vida social? —preguntó—. ¿Seguro que es real y no producto de alguna alucinación estilo John Nash?
Em terminó de recoger sus pertenencias y la toalla junto con los apuntes antes de mirar hacia la mujer que lo acompañaba.
—Tan real como la ropa que no lleva puesta esa mujer.
Kain soltó una carcajada y apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—¿Celosa, Michigan? Recuerda que mi color preferido es el burdeo.
—¿Puedes dejarla en paz? —le gritó Piers desde donde acababa de dejar unas bebidas sobre la mesa. Después miró hacia Em y señaló el patio—. Puedes invitar a tus amigos acá cuando quieras.
—Gracias, pero no gracias.
Las risas aparecieron alrededor de la piscina casi al mismo tiempo.
Em los miró antes de colgarse el bolso al hombro; a esas alturas conocía suficiente a los Ferman y a buena parte de sus amigos para distinguir perfectamente cuándo se estaban burlando de ella y cuándo simplemente disfrutaban teniéndola allí. Asi que no se lo tomó a mal.
Subió al segundo piso todavía escuchando las voces que llegaban desde la piscina y tomó la escalera estrecha hacia el ático. Había alcanzado apenas los últimos peldaños cuando se detuvo al ver dos figuras apoyadas frente a su puerta.
Dejó los apuntes sobre una caja cercana y se inclinó para mirarlas mejor.
Eran dos peluches pequeños, uno femenino y otro masculino, hechos con telas claras y cabello de lana.
La muñeca llevaba una melena larga castaña y unos lentes diminutos cosidos sobre el rostro; el otro tenía el pelo casi blanco, unos ojos verdes demasiado reconocibles y una sonrisa bordada que Em encontró ofensivamente satisfecha.
Tardó un poco más en descubrir el detalle que Kain había considerado indispensable añadirle entre las piernas.
Em abrió la boca y volvió a cerrarla. Tomó al muñeco entre dos dedos y lo levantó frente a su rostro para examinar aquella pequeña protuberancia con incredulidad. Después miró hacia la escalera, aunque desde abajo solo llegaban música, risas y el chapoteo de alguien entrando a la piscina.
—Maldito Kain —murmuró.
Recogió también la muñeca y entró al ático con ambos peluches, todavía sin decidir si quería estrangularlo o admitir que el parecido era bastante bueno.