Capítulo 13 #3
Tomó una de las fotografías y se la acercó. Mostraba el detalle de un marco de madera deteriorado en los bordes, pero todavía cubierto por una ornamentación trabajada a mano.
—Esto se puede recuperar. También parte de las barandas y varias puertas interiores. Hay piezas que alguien hizo específicamente para esa casa hace décadas. Sacarlas para instalar algo comprado en serie sería destruir precisamente lo que la hace interesante.
Em dejó de comer y miró otra vez la fotografía.
La manera en que Piers hablaba había cambiado casi sin que ella lo notara.
Ya no era el hombre parco que respondía con pocas palabras durante el desayuno ni el hermano que parecía llevar incorporada la responsabilidad de recordarles a Tim y Kain lo que debían hacer.
Mientras movía fotografías y planos sobre la mesa, explicaba materiales, modificaciones anteriores y elementos que quería conservar con una atención que Em reconoció de inmediato.
Era la misma clase de concentración que aparecía en ella cuando alguien cometía el error de preguntarle algo sobre estrellas y le permitía continuar hablando. Piers no se limitaba a construir casas. Le importaba de cierta forma entenderlas y respetar su esencia.
Em terminó de mirar las fotografías y se apartó de la mesa para sentarse en uno de los sillones de cuero. Desde allí volvió a recorrer el despacho con más atención.
—Tienes un despacho genial —dijo mientras apoyaba la espalda—. Espero tener uno así algún día.
Piers levantó la vista desde la mesa y sonrió apenas, todavía ordenando las hojas que el aire había tirado al suelo.
—¿Con planos de casas?
—No necesariamente. Pero sí con espacio suficiente para trabajar, libros por todas partes y una puerta que pueda cerrar cuando quiera desaparecer del mundo.
Em tomó otra cucharada de helado y dejó el cuenco sobre sus piernas.
Al cambiar de posición vio algo oscuro entre el costado del sillón y el reposabrazos.
Al principio creyó que era una cinta o alguna prenda pequeña que había quedado atrapada allí, de modo que levantó el recipiente con cuidado y lo dejó sobre una esquina despejada de la mesa auxiliar, asegurándose de no apoyar la base sobre ningún papel.
Después metió dos dedos entre el cuero y sacó aquello.
Era un calzón de encaje negro. Lo sostuvo por uno de los extremos y lo extendió frente a ella para comprobar que no estaba equivocada. El encaje delicado, las tiras finas y el tamaño dejaban bastante poco espacio para otra interpretación.
Piers, que acababa de llevarse varios chips con helado a la boca, levantó la vista en ese mismo momento y casi se atragantó.
Tosió, buscó el vaso que había dejado junto a los planos y miró la prenda suspendida entre los dedos de Em con una expresión que pasó del desconcierto al reconocimiento en cuestión de segundos.
Mae , pensó, convencido de que tenían que ser de ella, pero no tuvo tiempo de asimilar el hallazgo: la puerta del despacho se abrió a sus espaldas y Kain entró sin anunciarse, frenándose en seco apenas cruzó el umbral con los ojos clavados directamente en el calzón negro que ella sostenía extendido frente a sí.
Kain se quedó apoyado en el marco de la puerta, con la mirada fija en la prenda que Em todavía sostenía entre los dedos. La recorrió de arriba abajo con una sonrisa que apareció demasiado rápido para resultar tranquilizadora y después señaló el encaje negro con la barbilla.
—Para ti elegiría un color burdeo que hiciera juego con tu cabellera.
Tanto Piers como Em volvieron la cabeza hacia él.
Ella reaccionó primero y bajó las manos con rapidez, intentando doblar el calzón hasta convertirlo en el objeto más pequeño posible antes de dejarlo junto al sillón.
Los dedos se le enredaron con las tiras de encaje y terminó acomodándolo como pudo, con las mejillas cada vez más calientes mientras Kain seguía observándola desde la puerta.
Piers dejó el vaso sobre la mesa y se aclaró la garganta después del atragantamiento.
—Siento que hayas visto eso, Em.
Ella lo miró inmediatamente, todavía incómoda por la prenda que acababa de encontrar.
—¿Acaso piensas que tengo diez años?
—Yo sí —intervino Kain desde la puerta.
Em giró hacia él con una expresión indignada, y durante unos segundos alternó la mirada entre los dos hermanos como si evaluara cuál de ambos merecía primero una respuesta.
Al final decidió no concedérsela a ninguno.
Tomó su cuenco de helado de la mesa auxiliar, cuidando otra vez de no rozar los planos, y se puso de pie.
—Gracias por el helado —dijo antes de marcharse—. Por cierto, la próxima vez que intentes esconderte, recuerda que el nombre de tu empresa está pintado en la puerta.
La sonrisa de Piers desapareció abruptamente confirmando que había entendido de inmediato a qué se refería.
—Tranquilo. No le dije nada a Megan.
Con el cuenco entre las manos, Em caminó hacia la salida y pasó junto a Kain, que se apartó apenas para dejarla cruzar mientras la seguía con una sonrisa.