Capítulo 13 #2
Lo complicado había sido responder las preguntas.
Megan había querido saber si Piers salía mucho, si llevaba mujeres a la casa, si alguna se quedaba a dormir y si Em había visto algo que pudiera indicar que estaba interesado en alguien.
Em había negado tantas cosas durante aquellos minutos que terminó sintiéndose como uno de los apóstoles negando a Cristo.
¿Juan? No. Pedro. Probablemente Pedro. En cualquier caso, el conocimiento bíblico no mejoraba el hecho de que acababa de negar con absoluta seriedad la existencia de mujeres que había visto entrar por la puerta principal, salir por la mañana y, en algunos casos, caminar por la cocina llevando únicamente una camiseta que claramente no era suya.
Por suerte consiguió marcharse dejando a Megan razonablemente convencida, o al menos lo suficiente para que no la siguiera hasta la parada.
Lo verdaderamente cómico había ocurrido unos metros más allá.
Em no podía asegurarlo porque solo alcanzó a mirar de reojo, pero habría jurado que Piers estaba dentro de una camioneta, hundido en el asiento y tratando de pasar inadvertido mientras Megan la interrogaba en plena acera.
El intento habría sido mucho más efectivo si no lo hubiera hecho dentro de un vehículo con Ferman Contracting escrito en letras suficientemente grandes sobre la puerta.
Em apoyó la cabeza contra el respaldo y dejó escapar una risa.
Si alguna vez hubiera elegido psicología en lugar de astrofísica, ya tenía tema para una tesis doctoral: Los hermanos Ferman y su ecosistema: estudio longitudinal de tres hombres aparentemente funcionales y las decisiones que toman cuando aparecen mujeres en su entorno .
Durante el viaje de regreso, Em mantuvo la bolsa de tela entre los pies y decidió no seguir pensando en el encuentro con Megan. Dos meses en Louisiana y empezaba a sospechar que el universo era bastante más sencillo de estudiar que los Ferman y las personas que aparecían a su alrededor.
El autobús la dejó cerca de Cypress Bend Road. Em bajó con la carpeta bajo el brazo, se colgó la bolsa del hombro y recorrió el último tramo hasta la casona. Apenas abrió la puerta, encontró a Piers esperándola en la sala.
—Em, ¿cómo estás? —preguntó él con una naturalidad demasiado ensayada—. Mira, justo tengo helado.
Em dejó la bolsa de tela y la carpeta sobre una silla antes de mirarlo, todavía con el interrogatorio de Megan demasiado reciente. La repentina hospitalidad de Piers le resultó sospechosa, aunque aún no sabía qué intentaba compensar.
—Estoy bien… Mmm, así que helado —dijo Em, mirando el envase.
Piers retiró la tapa y le sirvió una porción de chocolate con crema.
—Gracias. —Em aceptó el cuenco y observó la mezcla durante un instante—. Aunque mi favorito es el de pistacho.
—Lo recordaré. La próxima vez que vaya al supermercado, compraré de pistacho.
Em escondió una pequeña sonrisa detrás de la primera cucharada. No sabía cuánto había visto o qué parte de la conversación conocía, pero aquella promesa confirmó que el helado no había aparecido por casualidad.
Mientras Piers buscaba dos cuencos, Em se apoyó junto a la isla y lo observó con cierta diversión.
Él abrió otro mueble, sacó salsa de chocolate, una bandeja de frambuesas y una bolsa de chips, decidido a mejorar el postre todo lo posible.
No parecía dispuesto a hablar de Megan ni a explicar por qué estaba tan atento de repente, pero Em tampoco necesitaba que lo hiciera.
Por el momento, estaba dispuesta a aceptar sus disculpas en forma de helado.
Piers acababa de repartir las frambuesas y los chips cuando un golpe seco llegó desde el corredor, seguido por el roce de varias hojas deslizándose por el suelo.
Él levantó la cabeza hacia el despacho.
—Mierda.
Dejó la cuchara dentro del cuenco, pero no el helado, y salió de la cocina con él en una mano. Em miró en la misma dirección mientras terminaba de acomodar sus compras.
—¿Qué pasó?
—Dejé unos planos sobre la mesa y el viento los tiró —explicó—. Ven, así aprovechas para ver en qué trabajamos.
Em tomó su propio cuenco y lo siguió por el corredor.
Hacía casi dos meses que no atravesaba aquellas puertas dobles.
La única vez había llegado agotada, sedienta y con una maleta a cuestas, demasiado preocupada por averiguar si tres desconocidos iban a permitirle quedarse en su casa como para dedicar atención al lugar donde Piers trabajaba.
Esta vez entró sin aquella urgencia y pudo mirar con calma.
Los planos que habían caído estaban dispersos frente a uno de los ventanales.
Piers dejó el helado sobre un extremo despejado del escritorio y se agachó para recogerlos, mientras Em avanzaba entre el sofá y la gran mesa de trabajo.
Las estanterías ocupaban buena parte de una pared y estaban bastante más llenas de lo que recordaba.
Había manuales de construcción y restauración junto a libros sobre arquitectura sureña, historia de Louisiana, carpintería tradicional y edificios antiguos.
Algunos estaban gastados en los bordes y tenían pequeños papeles marcando páginas, señal inequívoca de que no cumplían una función decorativa.
Se detenía frente a ellos mientras comía una cucharada de helado.
Nunca había pensado demasiado en lo que Piers leía.
Sabía que trabajaba con planos, dirigía buena parte de las obras y tenía aquella tendencia casi patológica a mantener ordenadas sus cosas, pero no esperaba encontrar varios estantes dedicados a historia y conservación.
Cuando volvió hacia la mesa entendió que los libros tenían relación con lo que Piers estaba haciendo.
Junto a los planos había fotografías impresas de una casa antigua elevada varios metros sobre el terreno.
El porche recorría buena parte de la fachada, las escaleras exteriores subían hasta la entrada y la madera mostraba años de humedad, pintura descascarada y abandono.
En otras imágenes aparecían detalles ampliados de las ventanas, molduras, pilares, barandas y sectores del revestimiento donde alguien había anotado medidas a mano.
Había además dibujos de la estructura, fotografías antiguas de otras viviendas de la zona y varias hojas cubiertas con números y observaciones.
Em se acercó un poco más.
—¿Es uno de sus trabajos?
Piers terminó de recoger los últimos planos y los extendió otra vez sobre la mesa, colocando encima un pequeño peso para evitar que el aire volviera a moverlos.
—Todavía no exactamente. Estoy evaluándola.
Em observó una fotografía donde una contraventana colgaba torcida junto a una ventana alta.
—Parece que necesita bastante trabajo.
—Muchísimo.
La respuesta llegó con una sonrisa que a ella le pareció extrañamente satisfecha para alguien que acababa de admitir semejante problema.
Piers colocó junto a la fotografía uno de los planos que había recogido y señaló varias zonas de la estructura.
—La mayoría entraría ahí y reemplazaría todo esto. Ventanas nuevas, barandas nuevas, revestimiento nuevo. Sería más rápido y probablemente más barato.
Em siguió la dirección de su dedo.
—Pero tú no quieres hacerlo.
Piers levantó la vista hacia ella, sorprendido por la conclusión.
—No.