Un intercambio de locos Capítulo 13
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Capítulo 13

La casa estaba levantada sobre una base alta de ladrillo y piedra, con una escalera exterior que subía hasta el porche angosto y una galería sostenida por postes de madera ya vencidos por la humedad.

El revestimiento envejecido conservaba un tono grisáceo bajo capas de pintura fatigada, las contraventanas verdes apenas seguían colgadas en su sitio y la vegetación había avanzado con la confianza de quien lleva años convencida de que nadie piensa ponerle freno.

Aun así, Piers recorría la fachada con la mirada, deteniéndose en todo lo que todavía podía salvarse.

No necesitaba demasiado tiempo para imaginar qué debía reemplazarse, qué merecía conservarse y de qué manera la estructura principal podía salvarse sin traicionar el carácter de la casa.

Había ido solo porque quería verla con calma antes de enseñársela a Tim y a Kain.

El propietario pedía menos de lo que valía el terreno, precisamente porque la construcción exigía dinero, paciencia y bastante trabajo serio, tres cosas que espantaban a casi cualquiera en cuanto cruzaba el portón.

Para Piers, en cambio, esa combinación resultaba tentadora.

Recorrió el frente con una libreta en la mano, tomó medidas aproximadas del porche, examinó el estado de los apoyos y levantó la vista hacia el tejado, evaluando la pendiente, la madera visible bajo el alero y varias zonas donde la lluvia había hecho su trabajo con demasiada libertad.

El desnivel y la altura de la casa tenían sentido en aquella zona; las crecidas obligaban a construir así si uno no quería ver media planta anegada en temporada de lluvias.

La escalera exterior, el semisótano ventilado y la disposición de la estructura respondían a una lógica antigua que él respetaba bastante más que muchos constructores modernos.

Dentro había olor a madera húmeda, yeso viejo y encierro.

Las tablas del suelo se quejaban bajo las botas y en dos habitaciones había marcas de filtración que exigían abrir, limpiar y rehacer parte del trabajo.

Piers pasó los dedos por el marco de una puerta, revisó una moldura medio desprendida y se detuvo frente a una ventana alta orientada hacia la calle.

No le costaba imaginar el resultado final: restaurar la carpintería, reforzar la estructura, devolverle firmeza al porche y convertir la planta superior en una vivienda atractiva sin borrar aquello que la volvía distinta.

Era una forma de pensar muy suya y, en el fondo, la parte del oficio que más le gustaba.

Ferman Contracting funcionaba bien, los tres hermanos trabajaban duro y nunca le habían dado un problema real en el trabajo; Tim cumplía, aprendía rápido y parecía leer las necesidades del terreno con un instinto cada vez más fino, mientras Kain podía resultar insoportable durante media vida privada y, aun así, seguir siendo uno de los hombres más eficaces en una obra cuando se lo proponía.

Su madre estaba bien. Desde que su padre había muerto seis años atrás, se mantenía activa y se apuntaba a más actividades de las que cualquiera consideraría prudente.

Sobre el papel, Piers tenía bastantes razones para sentirse satisfecho consigo mismo.

La incomodidad aparecía en horas más silenciosas y en espacios como aquel.

Había noches en que regresaba a casa después del trabajo, se servía un vaso, revisaba unos planos en el despacho y reconocía sin dificultad esa falta concreta que no tenía que ver con dinero, familia ni proyectos.

No buscaba una mujer ruidosa, ni una historia aparatosa, ni otra relación donde el deseo de estar con alguien terminara devorado por una discusión permanente, celos enfermizos y reproches sobre quién había arruinado qué primero.

Después de Megan y del final de aquel compromiso del que todavía no hablaba con nadie, eligió el camino más sencillo: salir, acostarse con mujeres que entendían las reglas y dejar fuera de la casa cualquier posibilidad de vínculo que exigiera más de lo que estaba dispuesto a dar.

Tampoco podía fingir inocencia; nunca había sido un santo y sabía perfectamente que su propia falta de constancia había contribuido a destruir más de una relación antes de tiempo.

Aun así, había tardes en que imaginaba una compañía distinta, una mujer capaz de apreciar la tranquilidad sin convertirla en aburrimiento y de compartir una casa sin transformarla en un campo de batalla sentimental.

Cuando salió de la propiedad y regresó al centro, todavía iba pensando en números, presupuestos y posibilidades de restauración.

La tarde avanzaba despacio y el tráfico obligaba a reducir la velocidad en varias cuadras comerciales.

Al detenerse frente a una librería pequeña, vio primero a Em.

Salía con una carpeta bajo el brazo, varias cartulinas enrolladas y una bolsa de género con más materiales.

Llevaba el cabello recogido sin demasiada ceremonia y los lentes de contacto le dejaban el rostro despejado.

Caminaba con esa concentración tan suya, como si repasara mentalmente una lista invisible incluso al cruzar la calle o bajar del autobús.

Em apenas había avanzado unos pasos cuando alguien apareció detrás de ella y levantó una mano para llamarla.

Piers la reconoció incluso antes de verle bien el rostro; habría distinguido aquella manera de avanzar en cualquier lugar de Louisiana.

Lo que no entendió fue por qué Megan intentaba llamar precisamente la atención de Em.

El primer aviso de dolor de cabeza apareció cuando la vio acercarse a ella y, por un impulso bastante poco heroico, se hundió en el asiento hasta que el marco de la ventanilla le cubrió parte del rostro.

Sí, era una cobardía, pero no tenía ninguna intención de enfrentarse aquella mañana a sus preguntas, sus medias sonrisas ni a otra conversación destinada a terminar en el mismo lodazal de siempre.

Desde la camioneta, Piers alcanzó a observar toda la escena.

Em se detuvo con expresión educada y, en cuanto reconoció a Megan, hizo una de esas pequeñas pausas que en ella equivalían a una alarma total.

No miró hacia el vehículo ni dio señales de haberlo visto.

En cambio, apretó la carpeta contra el cuerpo y adoptó una expresión tan inocente que Piers comprendió de inmediato su estrategia: Em no sabía nada de la casona, de sus habitantes ni de ningún hombre llamado Piers Ferman.

Megan se acercó lo suficiente para iniciar el interrogatorio sin necesidad de presentaciones, y la postura de Em se volvió un poco más rígida mientras respondía con extremo cuidado.

Esta hablaba moviendo una mano, inclinándose apenas hacia ella y sosteniendo esa sonrisa que siempre parecía amable hasta que uno la escuchaba con atención.

Em contestó un par de veces, señaló vagamente la calle, negó con la cabeza y dio una respuesta más larga que debió de abrir una puerta peligrosa, porque Megan ladeó el rostro y volvió a la carga con mayor interés.

Piers habría jurado que una de las preguntas incluía a las mujeres que entraban y salían de la casa; conocía demasiado bien el repertorio.

Desde el asiento apretó una mano contra el volante y soltó el aire por la nariz, dividido entre la culpa y el alivio vergonzoso de no ser él quien estaba atrapado allí.

Pobre Em, pensó Piers mientras alternaba la vista entre la calle y el espejo retrovisor, procurando mantener la cabeza lo bastante baja para que Megan no lo reconociera al pasar.

Alcanzó a ver a Em intentando responder con cortesía mientras sujetaba las cartulinas que se le resbalaban del brazo, y a Megan acercándose cada vez más en busca de alguna información sobre los Ferman.

Durante un segundo consideró detenerse, pero imaginar las preguntas que tendría que responder después bastó para mantenerle el pie sobre el acelerador.

En el espejo, Em acomodó los papeles, murmuró una despedida y se alejó con tanta rapidez que solo por cortesía no podía llamarse huida. Piers continuó conduciendo hasta que ambas desaparecieron de su campo de visión y solo entonces volvió a enderezarse en el asiento.

En el autobús de regreso, Em acomodó las bolsas a sus pies y sostuvo las cartulinas contra las rodillas para evitar que se doblaran cada vez que el transporte frenaba.

La conversación con Megan seguía dando vueltas en su cabeza, aunque más por lo insólita que por otra cosa.

La mujer era hermosa hasta resultar irritante: rubia, segura de sí misma, perfectamente arreglada incluso a media mañana y con esa clase de presencia que hacía que cualquiera reparara en ella cuando entraba en un lugar.

El único problema era que venía acompañada de un pequeño grado de neurosis que Em sospechaba podía aumentar bastante si la conversación incluía el nombre de Piers.

Tampoco estaba segura de poder juzgarla demasiado.

Perder a un hombre como Piers probablemente podía alterar un poco el criterio de cualquiera.

Era atractivo, trabajaba, tenía su propia empresa, podía mantener una conversación sin comportarse como un adolescente y, cuando no estaba encerrado detrás de aquella expresión seria, resultaba bastante agradable.

Em miró por la ventana mientras el autobús doblaba en una esquina y decidió que, en circunstancias similares, quizá ella tampoco exhibiría precisamente su versión más equilibrada.