Un intercambio de locos Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Em volvió la cabeza tan rápido que la coleta golpeó su hombro.

—¿Piers? ¿Yo? No.

Negó varias veces, quizá con demasiado entusiasmo.

—Soy casi una niña para él.

Megan la observó durante un momento antes de apagar el motor.

—Tampoco exageres. No eres una niña.

Em dejó de negar con la cabeza.

—Tienes veinte años, eres guapa y vives bajo el mismo techo que tres hombres solteros —continuó Megan mientras guardaba las llaves en el bolso—. Tendrían que ser bastante tontos para que ninguno se diera cuenta de que eres una mujer.

Sólo permaneció sentada con una mano todavía sobre la correa del bolso, sin encontrar una respuesta inmediata.

Entró al centro comercial preparada para una tarde bastante incómoda.

Durante los primeros minutos esperó que Megan retomara las preguntas sobre Piers, las mujeres que iban a la casa o cualquier detalle de la vida de los Ferman que pudiera convertirla otra vez en una especie de testigo involuntario.

Sin embargo, el interrogatorio nunca llegó.

Megan empezó a comentar vitrinas, criticó unos zapatos que consideró espantosos y terminó haciéndola reír en una tienda cuando imitó con absoluta seriedad la forma en que una vendedora intentaba convencerlas de que cierto vestido favorecía a cualquiera.

Cuando Em volvió a mirar la hora, habían pasado mucho más tiempo juntas del que imaginó al bajar del auto.

Habían recorrido varias tiendas, compartido una bebida y discutido sobre ropa con suficiente confianza para que Em terminara aceptando probarse prendas que normalmente habría descartado sin pensarlo demasiado.

Megan resultó ser bastante divertida, y Em descubrió que tenía una facilidad especial para convertir cualquier situación común en una historia exagerada que acababa haciéndola reír.

Aun así, Piers aparecía de vez en cuando en la conversación.

Bastaba una referencia a una casa antigua, un restaurante o alguna anécdota del pueblo para que Megan lo mencionara y, cada vez que lo hacía, sus ojos adquirían un brillo que no coincidía con la indiferencia que intentaba aparentar después.

Em empezó a observarla con más atención y volvió a preguntarse qué podía haber ocurrido entre dos personas que, al menos desde afuera, parecían seguir demasiado pendientes una de la otra.

Megan insistió en llevarla de regreso a Cypress Bend Road después de que terminaran de recorrer las tiendas. Em había intentado negarse cuando, antes de salir del centro comercial, ella apareció con una bolsa adicional y varios tops que había pagado sin consultar.

—Megan, de verdad, no tienes que comprarme nada.

—Ya está hecho —respondió mientras le entregaba la bolsa—. Y te van a quedar preciosos. Deberías mostrar un poco más de vez en cuando, sobre todo viviendo en esa casa, donde la palabra ropa parece haber sido eliminada del vocabulario.

Em soltó una carcajada y terminó aceptando.

—Gracias.

Cuando el descapotable se detuvo frente a la entrada de la casa, Megan permaneció con las dos manos sobre el volante.

Em alcanzó a notar la pequeña tensión en sus dedos y supuso que una parte de ella estaba librando una batalla bastante seria contra las ganas de bajar y buscar a Piers.

Aquella fuerza de voluntad le pareció admirable.

Si alguna vez regresaba a Michigan, pensó divertida, quizá debería conseguir una fotografía de Megan y colocarla en algún lugar bajo un título como Mujeres a seguir .

Estaba recogiendo las bolsas del asiento cuando Kain apareció desde el costado de la casa. Miró primero a Em cargada con paquetes y después a Megan al volante, y una sonrisa maliciosa le cruzó el rostro.

—¿Corrompiéndola, Megan?

Ella apoyó un brazo sobre la puerta del auto y señaló hacia él con un dedo de su manicura perfecta.

—De todos, ese es el más peligroso.

Em siguió la dirección de su dedo.

—Megan, por favor —respondió Kain mientras se acercaba al automóvil—. No la asustes. Yo no muerdo.

Hizo una breve pausa y sonrió.

—Bueno, a veces.

Megan volvió hacia Em con una expresión casi pedagógica.

—Hay hombres que actúan como críos para llamar la atención, aunque tengan un harén de idiotas siguiéndolos.

Em asintió con una seriedad que hizo que Kain entrecerrara los ojos, como si acabara de verla aceptar una teoría especialmente peligrosa sobre el comportamiento masculino.

—Cuñada —dijo él, apoyando una mano sobre el borde del descapotable—. ¿Todavía puedo llamarte así?

—Es cuestión de tiempo, Kain. Lo seré otra vez, ya verás.

Él soltó una pequeña risa.

—Si…sigue diciéndote eso...

—No conoces a Piers como yo.

Kain levantó ambas manos en señal de rendición y retrocedió un paso. Megan puso el motor en marcha, todavía con una expresión segura que Em observó con abierta admiración.

—Recuerda lo que te dije, Em —añadió antes de marcharse, dedicándole a Kain una mirada de desprecio calculado.

—Sí, maestra —respondió Em.

El auto comenzó a alejarse por la grava y Kain permaneció junto a ella, mirando primero el vehículo y después a Em con una expresión difícil de interpretar al escucharla decir aquello.