Capítulo 12 #3
Tim apoyó los antebrazos sobre la mesa y bajó la cabeza mientras se reía.
Piers se limpió la boca con una servilleta, aunque la comisura de sus labios ya empezaba a traicionarlo.
Kain permaneció frente a ella con una sonrisa cada vez más amplia, encantado de haber conseguido exactamente la reacción que buscaba.
Em tomó la última tostada del plato, se levantó y recogió el bolso que había dejado cerca de la puerta.
—Que tengan una mañana muy productiva —dijo mientras avanzaba hacia la salida—. Preferiblemente vestidos.
—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó Tim entre risas.
Em ya estaba abriendo la puerta.
—Tengo una cita con el oftalmólogo.
Kain miró de inmediato hacia Piers.
—¿Crees que va a preguntarle si existe algún tratamiento para dejar de ver cosas indecentes?
Em cerró la puerta antes de que él pudiera escuchar su respuesta y atravesó el porche en grandes zancadas, decidida a no llegar tarde a una cita.
A la salida de la consulta, Em tardó algunos segundos en acostumbrarse a caminar sin llevar nada sobre el puente de la nariz.
La optometrista le había enseñado a ponerse y retirar los lentes de contacto, le había entregado un par de prueba y una pequeña bolsa con solución, estuche e instrucciones que Em había leído dos veces antes de abandonar el edificio.
La sensación seguía resultándole extraña; veía perfectamente, pero cada pocos minutos levantaba una mano para acomodarse unos lentes que ya no estaban allí.
Había avanzado menos de una cuadra por el pequeño centro comercial cuando escuchó un claxon breve desde la calle. Miró alrededor sin reconocer a nadie hasta que una camioneta disminuyó la velocidad junto a la acera y Tim sacó un brazo por la ventanilla.
—¡Em!
Ella se acercó mientras él estacionaba frente a una tienda de artículos de pesca.
Tim bajó del vehículo con unos pantalones cortos gastados, una camiseta sin mangas y una gorra colocada hacia atrás.
Se veía muy guapo y más juvenil de lo habitual, quizá porque fuera de la ropa de trabajo desaparecía parte de aquella imagen de contratista que compartía con sus hermanos y volvía a parecer simplemente un muchacho de veinte años.
Tim cerró la puerta de la camioneta y, después de saludarla, le preguntó si tenía que ir a alguna parte. Em negó; la consulta había sido lo único que tenía previsto para esa mañana y todavía disponía de varias horas antes de regresar a casa.
—Entonces acompáñame —propuso él—. Tengo que comprar unas cosas y después voy al puerto.
Em aceptó sin demasiadas preguntas y subió a la camioneta mientras Tim volvía al volante.
La siguiente parada fue una tienda donde él necesitaba comprar pintura y algunos materiales.
Em lo acompañó entre los pasillos mientras elegía varios envases, comparaba tonos y revisaba las indicaciones de las etiquetas antes de colocar lo necesario en el carro.
No intervino demasiado; estaba empezando a sospechar que todo aquello tenía relación con alguna de las embarcaciones de las que Tim hablaba con frecuencia, pero prefirió esperar a que él decidiera explicárselo.
Cuando volvieron a la carretera, Em bajó un poco la ventanilla.
Llevaba el cabello suelto y el aire que entraba lo hacía moverse alrededor de su rostro mientras observaba las calles que iban dejando atrás.
Tim la miró de reojo un par de veces antes de concentrarse otra vez en el camino.
Se veía especialmente guapa así, sin nada sobre el puente de la nariz, el cabello castaño moviéndose sobre sus hombros y una sonrisa que aparecía cada vez que descubría algo nuevo al otro lado de la ventana.
Tenía facciones bonitas, pecas suaves y una expresión que a veces la hacía parecer más joven de lo que era.
Compartían la misma edad, aunque Tim rara vez sentía que fueran exactamente de la misma generación.
Él llevaba años trabajando con sus hermanos, entrando y saliendo de bares, navegando por los bayous y acumulando historias que Em probablemente escucharía con los ojos muy abiertos antes de formular alguna pregunta inesperadamente seria.
Ella, en cambio, parecía vivir concentrada en sus clases, sus libros, el trabajo y cualquier cosa que pudiera observar a través de un telescopio.
Podía estar rodeada de una fiesta y continuar a lo suyo sin reparar en quién intentaba llamar su atención.
Tim casi siempre la veía instalada en esa especie de mundo propio, hasta que Kain aparecía y encontraba la manera de sacarla de allí, conseguir que apretara la mandíbula, respondiera alguna barbaridad o terminara arrojándole agua a la persona equivocada.
Pensó, divertido, que el hombre que algún día se enamorara de Em necesitaría bastante paciencia para descifrarla.
Tendría que aprender cuándo estaba realmente molesta, cuándo fingía no haber entendido una insinuación y cuándo, sencillamente, estaba demasiado ocupada pensando en otra cosa para darse cuenta de que alguien la observaba.
También tendría que aceptar que Em no utilizaba su apariencia para atraer la atención de nadie; vestía y se peinaba para estar cómoda, sin preguntarse si los demás consideraban aquello bonito.
La belleza seguía allí, bastante visible para cualquiera que se molestara en mirarla con atención, y Tim sospechaba que tarde o temprano Em tendría que aceptar ese pequeño inconveniente.
Ella se volvió en ese momento hacia una calle que descendía hacia el agua y sonrió otra vez, ajena por completo a la evaluación que acababa de hacerle desde el asiento del conductor.
No había recorrido esa parte de la ciudad desde su llegada y siguió con la mirada los negocios pequeños, las casas más antiguas y los canales que empezaban a aparecer entre las construcciones.
Durante los primeros dos meses se había movido principalmente entre la universidad, Holler Cafeteria y Cypress Bend Road, de modo que aquel trayecto le mostraba una Louisiana que hasta entonces apenas había alcanzado a conocer desde el transporte público.
Tim conducía sin necesidad de consultar ninguna ruta.
Giraba por calles que conocía bien, reducía la velocidad en determinados cruces y seguía avanzando mientras el paisaje se hacía cada vez más abierto.
Em continuó mirando hacia afuera, apoyada contra la puerta, disfrutando de no tener que llegar a una clase, cumplir un turno o revisar la hora cada pocos minutos.