Un intercambio de locos Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Piers bajó la vista hacia la mancha húmeda que se extendía por su camiseta y después volvió a mirar a Em.

—Eso imaginé.

Había ido hasta Holler Cafeteria porque la encargada del programa de alojamiento había pasado por la casona esa mañana.

Necesitaba la firma de Em en unos formularios para regularizar su estadía y, como ella estaba trabajando, le había pedido a Tim que se los entregara cuanto antes.

Eran los documentos que ahora llevaba bajo el brazo.

Ella seguía observando la camiseta mojada con una expresión horrorizada mientras el agua todavía goteaba desde el guante amarillo. Kain finalmente perdió la batalla y empezó a reírse.

Em llegó a la casa después del turno todavía irritada, aunque se negó a concederle a Kain más espacio mental del que ya le había robado durante la tarde.

Dejó la mochila sobre la cama, se quitó las zapatillas y abrió el computador con la intención de terminar el trabajo que debía entregar esa semana.

Enfadarse durante horas le parecía poco práctico; si algo podía resolverse concentrándose en otra tarea, prefería hacerlo antes que reconstruir por vigésima vez esa escena que ya había terminado.

El problema era que el artículo que tenía abierto tampoco ayudaba demasiado.

Llevaba varias páginas escribiendo sobre partículas, interacciones y modelos que exigían suficiente concentración como para mantener ocupada cualquier mente razonable, pero cada vez que encontraba la palabra partícula regresaba a ella la imagen de Kain inclinado junto a su oído, hablando de rusas, piernas largas y labios que había que mantener ocupados.

Em apretó los labios, corrigió una referencia bibliográfica y volvió a leer el párrafo desde el comienzo.

Si alguna vez escribía un artículo sobre cómo convertir a Kainne Ferman en partículas subatómicas, pensó, lo enviaría directamente al CERN como propuesta de método experimental.

Incluso podía incluir una sección detallada sobre materiales, condiciones iniciales y la cantidad de energía necesaria para borrar aquella sonrisa satisfecha de su rostro.

La idea consiguió que escribiera dos líneas antes de detenerse. Probablemente tampoco funcionaría.

Con la suerte que tenía, las científicas del CERN terminarían abandonando los detectores para reunirse alrededor de Kain mientras él sonreía con el cabello casi blanco, preguntaba quién quería mostrarle el acelerador y conseguía convertir una instalación dedicada a estudiar la estructura fundamental de la materia en otro lugar lleno de mujeres dispuestas a mostrarles cualquier otra cosa.

Em dejó caer la frente sobre una mano.

—Arrogante e insoportable —murmuró.

Después empujó los lentes hacia arriba y volvió al artículo.

Consiguió avanzar casi media página antes de recordar que, durante unos segundos frente al fregadero de Holler, el problema no había sido únicamente que Kain la irritara.

Su cercanía había empeorado considerablemente las cosas, y Em no tenía ninguna intención de convertir aquello en otra variable digna de análisis.

Le quedaban casi nueve meses en Louisiana, compartiendo casa con él, y tendría que aprender a soportarlo sin terminar lanzándole objetos más peligrosos que agua con detergente.

Tampoco podía decir que todo fuera malo; las clases iban bien, tenía amigos, el trabajo le permitía ahorrar y, a pesar de sus peculiaridades, los Ferman eran bastantes decentes y amenos cuando se lo proponían.

Mientras buscaba una referencia entre las carpetas del computador, encontró por accidente un directorio que llevaba meses evitando.

Allí había guardado varios artículos y ensayos escritos antes del intercambio, textos que profesores y compañeros habían considerado suficientemente buenos para intentar publicarlos y que, sin embargo, habían regresado acompañados de respuestas que Em todavía no sabía interpretar.

Uno necesitaba “un enfoque más definido”, otro debía encontrar “una contribución con mayor alcance” y un tercero era interesante, aunque no encajaba del todo con la línea editorial.

Había leído tantas versiones de la misma negativa que terminó agrupándolas bajo una categoría personal mucho menos académica: excusas antojadizas.

Abrió uno de los documentos, leyó el título y cerró la ventana casi de inmediato.

Aquella noche no pensaba discutir mentalmente con revisores que ni siquiera conocía.

Se quitó los lentes para frotarse los ojos y los dejó sobre la cama antes de volver hacia la pantalla, pero la imagen de los cristales le recordó los minutos que había pasado esa tarde intentando trabajar a través de una nube de vapor.

Em contempló los lentes y recordó a Kain acercándose. Recordó que no había podido verlo bien. Y recordó, sobre todo, que por culpa de aquellos cristales empañados había terminado arrojándole agua sucia a Piers frente a media cafetería.

—¡Aaaah! —gritó de pronto, hundiendo las manos en el cabello.

El sonido salió con suficiente fuerza para que ella misma se sorprendiera.

Permaneció sentada sobre la cama con los ojos abiertos, escuchando el silencio posterior, hasta que una risa empezó a escapársele.

Primero fue apenas un resoplido; después tuvo que taparse la boca con una mano porque la escena completa, vista desde afuera, resultaba ridícula.

Estaba sola en un ático de Louisiana, riéndose después de haber gritado por unos lentes empañados y pensando en cómo desintegrar al hombre de la habitación de abajo mediante física de partículas.

—Estoy perdiendo la cabeza —murmuró entre risas.

Cuando logró tranquilizarse, volvió a mirar los lentes sobre la colcha.

Esta vez la idea que apareció no tenía ninguna relación con Kain.

Llevaba años utilizándolos porque eran cómodos, baratos y cumplían perfectamente su función, pero aquella tarde había descubierto una desventaja que empezaba a cansarla.

Abrió la aplicación bancaria desde el teléfono y revisó el saldo de la cuenta donde guardaba parte del dinero de Holler y lo que conseguía ahorrar de la beca.

Había suficiente. Em miró otra vez los lentes, tomó el teléfono y abrió el buscador.

Antes de regresar a Michigan pensaba comprarse un telescopio mejor; aquello seguía siendo prioridad.

Sin embargo, una consulta oftalmológica y averiguar cuánto costaban unos lentes de contacto acababan de conseguir un lugar bastante alto en su lista.

* * *

El miércoles por la mañana, Em bajó a la cocina más tarde de lo habitual y se sorprendió al encontrar a los tres hermanos todavía en casa.

A esas horas normalmente solo quedaban tazas abandonadas en el fregadero, el olor a café y alguna herramienta olvidada sobre la encimera antes de que las camionetas desaparecieran por Cypress Bend Road, pero aquella mañana Piers estaba sentado frente a la isla con varios documentos extendidos junto al desayuno, Tim terminaba un plato de cereales y Kain permanecía apoyado contra uno de los muebles con una taza entre las manos.

—Buenos días —saludó Em como siempre, todavía acomodándose el cabello detrás de una oreja mientras se acercaba a la cafetera.

Las tres respuestas llegaron con distinto entusiasmo. Preparó café, puso dos rebanadas de pan en la tostadora y abrió el refrigerador buscando mantequilla sin preguntar por qué seguían allí. Si alguno quería decirle algo, terminaría haciéndolo.

Piers fue quien habló cuando ella acababa de sentarse con las tostadas.

—Mañana tengo que ir a la universidad para firmar los últimos documentos del alojamiento —dijo mientras ordenaba las hojas que tenía delante—. Voy a pedir también que retiren esta dirección del programa. La casa no volverá a funcionar como alojamiento para estudiantes de intercambio.

Em dejó de masticar. Durante un segundo lo miró con la tostada todavía sostenida cerca de la boca.

Piers alzó la vista y reconoció inmediatamente la expresión.

—No me mires con esos ojos de cordero degollado. Tú te quedarás. Vas a terminar tu intercambio aquí tranquila, pero serás la primera y la última de la era Ferman.

Em bajó despacio la tostada. El alivio le recorrió el cuerpo con tanta rapidez que tuvo que contener las ganas de preguntar dos veces si estaba seguro.

Durante unos segundos ya se había imaginado buscando alojamiento universitario de emergencia, gastando todos sus ahorros en una habitación o, en el peor de los escenarios, durmiendo debajo de algún puente de Louisiana acompañada por un aligátor que probablemente ocuparía más espacio que ella.

—Ah —respondió finalmente, antes de beber café—. Bien. Gracias por especificarlo antes de que empezara a buscar puentes disponibles.

Kain dio un sorbo a su café y la observó por encima de la taza.

—Simplemente hemos decidido que no aceptaremos más lunáticas con risa de hiena.

Em giró lentamente hacia él.

La acusación no necesitó demasiada investigación. La noche anterior debía haberla escuchado desde su habitación cuando, después de gritar por sus lentes empañados, había terminado riéndose sola como una desequilibrada en el ático.

—Ja, ja —respondió sin entusiasmo—. Lo siento. Estaba viendo un video.

Kain dejó la taza sobre la encimera.

—¿Uno porno? ¿Te causó gracia descubrir cómo se hacen los bebés?

Tim aspiró café en el peor momento y empezó a toser sobre el plato. Piers se volvió demasiado rápido y terminó salpicando unas gotas sobre los documentos mientras buscaba una servilleta.

Em miró a uno y después al otro.

—Sé cómo se hacen los bebés.

Kain abrió mucho los ojos, fingiendo sorpresa.

—¿No?

Ella apretó los dedos alrededor de la tostada.

—Sí.

—¿En serio?

Em dejó la taza sobre la mesa con bastante cuidado. Después levantó ambos brazos y señaló primero el corredor, luego las escaleras y finalmente buena parte de la casa.

—Lo veo todos los días. Vivo en Porn World .