Capítulo 12
El amanecer apenas empezaba a blanquear las cortinas cuando la mujer que había pasado la noche con Kain abrió la puerta del dormitorio con la intención de salir a buscar agua.
Antes de cruzar el umbral, se agachó de improviso y soltó una risa al descubrir, apoyado contra la pared del pasillo, un peluche que estaba segura no haber visto allí la noche anterior.
Tenía el cuerpo pequeño, una melena exageradamente larga de color blanco plateado, unas orejas de zorro asomando entre el pelo y unos ojos verdes bordados con una expresión tan altiva que resultaba imposible no encontrarle cierto parecido con alguien de la casa.
Desde la cama llegó el ruido de las sábanas moviéndose.
Kain se desperezó lentamente, todavía medio dormido, con el cabello revuelto sobre la frente y vestido únicamente con unos bóxers oscuros, hasta que la risa de la muchacha volvió a sonar junto a la puerta.
Levantó la cabeza con el ceño apenas fruncido y tardó dos segundos en enfocar la escena: la mujer sostenía en brazos aquella criatura absurda, con la cola rayada colgando sobre su muñeca y una sonrisa divertida en los labios.
—¿Y esto? —preguntó ella, volviéndose hacia la cama—. No me digas que duermes con muñecos escondidos en el pasillo.
Kain se incorporó, se pasó una mano por el cabello y observó el peluche con más atención.
La melena casi blanca, los ojos verdes y aquella expresión insolente no dejaban demasiado espacio para la duda.
La palabra apareció sola en su cabeza, unida al recuerdo de Em pronunciándola esa misma noche frente a sus compañeros, con una convicción casi escandalizada que todavía le causaba gracia.
—Maligno —murmuró, y una sonrisa torcida le apareció en la boca.
La mujer miró el peluche otra vez, ahora con mayor interés, y lo levantó un poco más como si evaluara seriamente la posibilidad de adoptarlo. Kain ya estaba de pie cuando ella lo acercó al pecho con gesto posesivo, todavía entretenida con el hallazgo.
—Pues me gusta —dijo entre risas—. Creo que me lo voy a llevar.
No alcanzó a dar un solo paso. Kain cruzó la habitación, se lo quitó de las manos con una rapidez que la sorprendió y sostuvo la pequeña figura contra el torso desnudo antes de mirarla con una mezcla de diversión y advertencia.
—Es mío.
A esas alturas ya habían pasado casi dos meses desde que Em llegó a Louisiana, y Holler Cafeteria se había convertido en una rutina junto con las clases y la casona de los Ferman.
Aquella semana le correspondía el turno de tarde, uno de los más movidos porque coincidía con trabajadores que terminaban antes de regresar a casa, estudiantes que buscaban café frío y vecinos que entraban por una bebida antes de continuar con sus encargos.
El señor Holler iba de una mesa a otra comprobando pedidos, Sebastián manejaba la máquina de café con la rapidez adquirida durante años detrás del mostrador y Em alternaba entre atender algunas mesas, retirar bandejas y ocuparse de la interminable acumulación de tazas y vasos que llegaban al fregadero.
El agua caliente y el vapor habían convertido sus lentes en un problema desde hacía varios minutos.
Cada vez que inclinaba la cabeza sobre el fregadero, los cristales se empañaban hasta dejarle una visión borrosa del mostrador, de modo que había terminado trabajando con ellos ligeramente más abajo sobre la nariz y limpiándolos con un paño seco cada vez que necesitaba comprobar algún pedido.
Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, el delantal ajustado sobre una camiseta oscura y las mangas dobladas por encima de los codos mientras enjuagaba una hilera de vasos que parecía reproducirse cada vez que apartaba la vista.
La campanilla de la entrada sonó durante uno de los pocos momentos en que Sebastián no tenía clientes esperando.
Kain entró con los lentes de sol enganchados en el cuello de la camiseta y el cabello casi blanco recogido hacia atrás de una manera descuidada que dejaba las raíces oscuras visibles.
Acababa de salir de una obra y todavía llevaba los pantalones de trabajo, aunque se había cambiado la camiseta por una negra limpia que no disimulaba demasiado los hombros ni los brazos.
Dos mujeres sentadas cerca de la ventana interrumpieron la conversación apenas lo reconocieron y otra, que esperaba un pedido para llevar, lo siguió con la mirada hasta que llegó al mostrador.
Kain parecía demasiado acostumbrado a aquella clase de atención para prestarle importancia.
—Un capuccino helado, Sebastián —pidió mientras apoyaba un antebrazo sobre el mostrador.
—¿Azúcar?
—Hoy necesito suficiente para sobrevivir a mis hermanos.
Sebastián preparó la bebida mientras Kain observaba el local sin demasiado interés, hasta que su mirada llegó al fregadero del fondo.
Em permanecía de espaldas, concentrada en una taza mientras intentaba mirar a través de los lentes completamente empañados.
Los limpió con el borde del paño, volvió a colocárselos y consiguió que se nublaran otra vez en cuanto se inclinó sobre el agua caliente.
La sonrisa de Kain apareció lentamente.
Sebastián dejó el vaso alto frente a él.
—Tu latte helado.
Kain tomó la bebida, probó un sorbo y siguió mirando hacia Em con una expresión demasiado satisfecha para pasar inadvertida.
—Señor Holler —llamó con una solemnidad que hizo al propietario levantar la cabeza—, ¿puedo robarle a la dulce Em un minuto? Tengo un asunto de enorme importancia.
El tono solemne hizo que Sebastián lo mirara con sospecha. Holler, que ya conocía suficiente de los Ferman para reconocer una travesura antes de que empezara, dirigió la vista hacia Em y después hacia Kain.
—Si vas a hacer que deje caer alguna taza, la pagas tú.
—Jamás interferiría con el patrimonio de este establecimiento.
Con el latte helado en una mano, Kain bordeó el mostrador mientras varias clientas seguían discretamente su recorrido. Em continuaba lavando los vasos sin haberse dado cuenta todavía de que la causa de varias miradas acababa de detenerse a pocos pasos de ella.
Kain se acercó por detrás se inclinó lo suficiente para hablarle cerca del oído, aprovechando que el ruido del agua y la vajilla ocultaba buena parte de su voz.
—Siempre pensé que las estudiantes de intercambio serían de Europa del Este —dijo con una seriedad provocadora—.
Una ucraniana, una rusa, quizá una bielorrusa sexy, con senos prominentes, piernas interminables y unos labios que te hicieran pensar únicamente en cómo mantenerlos ocupados mientras la miras desde arriba.
Reconoció la voz antes de que terminara la primera frase.
Kain estaba demasiado cerca; el aliento le rozaba la piel junto a la oreja y el tono bajo con que enumeraba mujeres, cuerpos y labios consiguió que el vello de sus brazos se erizara bajo las mangas.
Em siguió enjuagando una taza porque volverse hacia él habría significado admitir que aquella proximidad la había afectado, aunque durante unos segundos fue demasiado consciente de cómo debía verse: el cabello recogido sin cuidado, el delantal de Holler sobre una camiseta corriente, los lentes empañados y aquellos horribles guantes amarillos de hule que le cubrían las manos hasta las muñecas.
Nadie se le había acercado de aquella manera.
Había estudiado y trabajado rodeada de hombres durante años; compañeros, profesores y colegas la trataban como la muchacha inteligente que resolvía un ejercicio, encontraba una referencia o sabía exactamente qué debía entregar y cuándo.
Había recibido invitaciones y algún intento de coqueteo, pero nunca con la desvergüenza de un hombre que parecía recordar, cada vez que la miraba, que debajo de los libros, los lentes y la ropa cómoda había una mujer de veinte años.
La idea la hizo sentirse absurdamente expuesta frente a un fregadero lleno de tazas sucias.
El efecto duró hasta que Kain siguió hablando.
Mientras él continuaba enumerando nacionalidades y atributos físicos con una dedicación que parecía reservar exclusivamente para importunarla, Em apretó los dedos bajo el agua caliente.
Los guantes de hule crujieron alrededor de sus puños y la taza que sostenía recibió un lavado bastante más enérgico del necesario.
Ahí estaba otra vez el Kain que conocía, satisfecho de sí mismo y decidido a averiguar cuánto podía empujar antes de conseguir una reacción.
La mezcla de vergüenza, irritación y una agitación física que Em se negaba a analizar terminó agotándole la paciencia.
Kain seguía demasiado cerca, disfrutando cada palabra y cada reacción que conseguía arrancarle, mientras ella intentaba concentrarse en la loza con los lentes completamente empañados y las manos hundidas en el agua jabonosa.
—¿Puedes dejar de decirme pendejadas por un momento? —soltó finalmente, girándose hacia donde calculaba que él seguía apoyado.
Sin esperar respuesta, sacó la mano izquierda del fregadero y lanzó hacia él una buena cantidad de agua con lavaza. El problema fue que, detrás de los cristales cubiertos de vapor, apenas distinguía las siluetas alrededor del mostrador y Kain se había apartado justo cuando ella se volvió.
Piers acababa de acercarse. El agua jabonosa le cayó de lleno sobre el pecho, alcanzó parte de la camiseta y terminó salpicándole la mandíbula y la barba. Se detuvo con una carpeta bajo el brazo y permaneció mirando a Em mientras varias gotas descendían por el cuello de la prenda.
Ella tardó en comprender lo ocurrido. Se quitó los lentes con una mano, los limpió apresuradamente contra una parte seca del delantal y, cuando volvió a colocárselos, encontró a Piers frente a ella completamente mojado y a Kain unos pasos más allá, con el latte helado en la mano y una expresión que estaba peligrosamente cerca de convertirse en carcajada.
La furia de Em desapareció de golpe.
—Oh, Dios... Piers, lo siento. Eso era para él.
Kain levantó el vaso en una especie de saludo, satisfecho de haber salido ileso.