Capítulo 11 #2
Steve apagó la pequeña parrilla y dejó los últimos malvaviscos sobre un plato, mientras Dean y Sam acomodaban sus cuadernos junto a las linternas de luz roja.
Luise y Gina se acercaron a sus telescopios, todavía con los vasos calientes entre las manos, y durante varios minutos el terreno quedó ocupado por movimientos precisos: correcciones en los trípodes, ajustes de enfoque y miradas sucesivas hacia la zona de Perseo que Em había señalado al comenzar la noche.
Tim permaneció junto a ellos sin intervenir, observando cómo aquella conversación relajada se transformaba en una atención que no había visto antes. Em revisó una última vez la orientación de su telescopio, hizo una pequeña corrección y se apartó del ocular cuando encontró el campo que buscaba.
—Ven —le dijo a Tim mientras le indicaba el lugar frente al equipo—. Mira por aquí.
Él se inclinó con cierta torpeza al principio, intentando mantener el ojo en la posición correcta hasta que Em le acomodó ligeramente el telescopio.
—No empujes el tubo. Solo acércate al ocular y deja que tus ojos se acostumbren.
Tim obedeció y permaneció en silencio mientras distinguía las estrellas agrupadas en el campo oscuro. Un destello atravesó la zona con tanta rapidez que alcanzó a retirarse del telescopio para mirar directamente el cielo.
—Wow.
La satisfacción de Em apareció de inmediato. Se sentó junto a él sobre la manta y señaló hacia la constelación de Perseo, olvidándose durante unos minutos de cualquier intención de resumir.
—Son las Épsilon Perseidas de septiembre.
No son las mismas Perseidas famosas de agosto, esas están asociadas al cometa Swift-Tuttle.
Estas aparecen más tarde y el origen exacto todavía se relaciona con un cometa de período largo que no se ha identificado con certeza.
Lo que estamos viendo ocurre porque la Tierra atraviesa una corriente de partículas pequeñas de polvo y roca y, cuando esos fragmentos entran en la atmósfera a una velocidad enorme, se calientan y producen esos destellos.
Tim volvió a mirar por el telescopio mientras ella continuaba.
—Se mueven aproximadamente a sesenta y cuatro kilómetros por segundo, por eso duran tan poco.
La actividad suele extenderse desde los primeros días de septiembre hasta cerca del veinte, pero el máximo está alrededor del nueve.
Tampoco esperes una tormenta enorme de meteoros porque esta lluvia es bastante modesta; con buenas condiciones puedes ver entre cinco y ocho por hora, aunque a veces aparece alguno más.
El radiante parece estar en Perseo, cerca de Épsilon Persei y de Algol, aunque obviamente los meteoros no nacen ahí, solo da esa impresión por la perspectiva...
Tim apartó lentamente el ojo del telescopio y la miró. Em seguía señalando el cielo con una mano y ya estaba a punto de explicar por qué las trayectorias parecían converger cuando reparó en su expresión.
—Em… —dijo Tim con una sonrisa—, sabes que no voy a retener todo eso, ¿verdad?
Ella dejó caer la mano y soltó el aire por la nariz.
—Lo siento. Me dejé llevar.
Em negó con la cabeza, aunque la sonrisa le duró mientras recuperaba su lugar frente al telescopio. Ajustó nuevamente el enfoque y apoyó una mano sobre el cuaderno para anotar la hora del meteoro que acababan de observar, mientras Tim se acomodaba a su lado y volvía a mirar hacia el cielo.
Desde el despacho, Piers había intentado ignorar durante buena parte de la noche las voces que llegaban desde el terreno.
Había llevado allí a Mae con la que se veía de vez en cuando y, después de cerrar la puerta, la conversación no tardó demasiado en convertirse en besos apoyados contra el borde del escritorio.
Ella tenía una mano en su nuca y Piers empezaba a besarle el cuello cuando la voz de Em atravesó los ventanales entreabiertos con suficiente entusiasmo para imponerse sobre cualquier otra distracción.
Hablaba de las Épsilon Perseidas con una velocidad que él ya había aprendido a reconocer.
Mencionó partículas de polvo, un cometa de período largo, velocidades imposibles de imaginar y una constelación que Piers conocía solo de nombre.
La explicación continuó durante varios segundos, cada vez más entusiasmada, hasta que una sonrisa se le escapó sin que pudiera evitarla.
La mujer se apartó apenas de su cuello y lo miró, todavía agitada.
—¿Qué?
Piers negó con la cabeza y deslizó una mano por su cintura.
—Nada.
Volvió a besarle el cuello, aunque desde afuera todavía alcanzaba a escuchar la voz de Em explicándole a alguien que el radiante solo parecía estar en Perseo por una cuestión de perspectiva.
Pasadas las cuatro de la mañana, el grupo empezó a recoger los últimos cuadernos, termos y mantas mientras el rocío había dejado el pasto húmedo alrededor de los equipos.
Cada uno había llegado en automóvil, de modo que Em agradeció no tener que improvisar alojamiento en el ático ni explicar dónde podía dormir media clase hasta que amaneciera.
Gina y Luise se despidieron después de guardar sus telescopios, Dean y Sam discutieron durante varios minutos sobre quién llevaría una de las cajas de accesorios y Steve terminó apagando por completo las brasas de la parrilla antes de cargarla en el maletero.
Tim se había quedado junto a Em y la ayudaba a desmontar el telescopio. Sostenía una de las piezas mientras ella guardaba los oculares en sus estuches y revisaba que ninguna tapa quedara sobre la hierba.
—Es bastante antiguo, pero todavía funciona bien —explicó Em mientras acomodaba uno de los accesorios dentro de la caja—. Lo compré usado y antes de mí ya había tenido al menos dos dueños. Estoy ahorrando para comprar uno más moderno, parecido a los que trajeron los chicos.
Después de varias horas entre ellos, Tim había notado las diferencias sin necesidad de conocer demasiado sobre astronomía. Los equipos de Dean y Gina tenían monturas más precisas, sistemas electrónicos y accesorios que Em había observado con evidente interés cada vez que alguno hacía un ajuste.
—Seguro que vas a conseguirlo —respondió mientras le entregaba una de las tapas—. ¿Ya has mirado precios?
—Varios. Demasiados, en realidad. Cada vez que creo que ya elegí uno encuentro otro que tiene alguna ventaja y vuelvo a empezar.
Tim sonrió al verla cerrar la caja con cuidado.
—Entonces todavía no te has decidido.
—Todavía no, pero cuando lo haga quiero que me dure años. No puedo gastar ese dinero y descubrir después que elegí mal.
Desde una de las habitaciones del segundo piso, Kain había escuchado los automóviles encenderse y las despedidas dispersas que llegaban desde el terreno.
La mujer que estaba en su cama se removió entre las sábanas mientras él se acercaba a la ventana, más por curiosidad que por intención de seguir observando al grupo.
—¿Vas a volver a la cama? —preguntó ella, todavía desnuda entre las sábanas y con la voz adormecida—. Te necesito aquí.
Kain apoyó una mano en el marco sin responder de inmediato.
Desde allí alcanzaba a distinguir a Em y Tim junto al telescopio, inclinados sobre las cajas mientras seguían conversando.
Ella se reía de alguna cosa que su hermano acababa de decir, todavía con la camiseta roja que había llevado durante toda la noche y los shorts de mezclilla.
Bajo la luz exterior, el cabello caoba le caía suelto por la espalda y parecía aún más oscuro contra la tela roja.
Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo todavía más, mientras observaba a Tim recoger una de las cajas y a Em apartarle la mano para acomodar primero una pieza que, al parecer, él había guardado mal.
—Kain —volvió a llamarlo la mujer desde la cama.
Él apartó finalmente la vista de la ventana y la miró. Permaneció inmóvil un instante antes de soltar el marco y regresar junto a ella.