Capítulo 11
Cerca de la medianoche, el terreno situado frente a la casa estaba ocupado por trípodes, mochilas abiertas, linternas de luz roja y varios cuadernos sobre las mantas que habían extendido sobre el pasto.
El profesor había recomendado comenzar la observación bastante antes del máximo previsto de las Épsilon Perseidas para acostumbrar la vista a la oscuridad, comprobar los equipos y registrar cualquier meteoro que apareciera antes del período de mayor actividad.
Em no había tenido que insistir demasiado para convencer al grupo de utilizar la propiedad de los Ferman; después de comparar la contaminación lumínica con los sectores próximos al campus, todos habían aceptado que aquel terreno les ofrecía mejores condiciones.
Steve había llegado con una pequeña parrilla portátil que, según él, constituía material científico indispensable porque nadie debía pasar varias horas mirando el cielo sin comer.
La había instalado a una distancia prudente de los telescopios y ahora sostenía un pincho largo sobre las brasas mientras vigilaba un malvavisco que empezaba a dorarse.
Dean y Sam se habían apropiado de una manta cercana para ordenar las hojas donde registrarían horarios y trayectorias, mientras Luise discutía con Gina sobre cuál de los dos termos contenía café y cuál chocolate caliente.
Em había tenido suerte con aquel grupo. El profesor los había reunido al comienzo del semestre para varios trabajos prácticos y, después de las primeras semanas, la relación había dejado de limitarse a repartirse cálculos y entregar informes.
Los cinco eran de Louisiana, conocían bien la región y habían aceptado con bastante paciencia las preguntas de Em sobre expresiones locales, comida, clima y todas las criaturas que podían aparecer en lugares donde ella preferiría no encontrarlas.
El episodio del aligátor había producido suficientes carcajadas cuando lo contó como para que Steve todavía amenazara con revisar debajo de cada vehículo antes de marcharse.
Además, también conocían a los Ferman. Em lo había descubierto cuando mencionó por primera vez la dirección donde vivía y Luise levantó la cabeza con suficiente rapidez para interrumpir una conversación sobre espectros estelares.
Desde entonces había comprendido que el apellido tenía una circulación bastante mayor de la que los propios hermanos parecían considerar importante.
Entre trabajos de construcción, reuniones, bares y una vida sentimental que al parecer había dejado testimonios por buena parte de la zona, Piers, Kain y Tim eran conocidos incluso por personas que nunca habían tratado directamente con ellos.
Aquella noche, esa información había tenido consecuencias bastante visibles.
—Todavía quiero saber por qué ustedes dos vinieron a observar meteoros vestidas como si después fuéramos a un bar —comentó Dean mientras anotaba la hora en una hoja y miraba alternativamente a Luise y Gina.
Gina acomodó el cabello sobre un hombro sin levantar los ojos de su teléfono.
—Porque puedo observar el cielo sin parecer que pasé tres días encerrada en una biblioteca.
—Eso no explica el perfume —añadió Sam desde la manta, provocando una risa de Steve junto a la parrilla.
Luise le lanzó una servilleta arrugada.
—Ustedes están demasiado interesados en cómo nos vestimos para hombres que llevan veinte minutos debatiendo cuál de los dos tiene el mejor trípode.
—El mío tiene mejor estabilidad no hay comparación —respondió Dean con absoluta seriedad.
Gina, y las dos otras muchachas comenzaron a reír.
Em escuchaba mientras terminaba de ajustar su telescopio.
Había elegido unos shorts de mezclilla cortos, zapatillas blancas y una camiseta roja holgada que caía suelta sobre la cintura.
El cabello castaño, largo y ondulado, lo llevaba completamente suelto porque había renunciado a intentar controlarlo después de varias semanas de humedad, y los lentes descansaban donde siempre, ligeramente más abajo sobre la nariz cada vez que inclinaba la cabeza para revisar el equipo.
Cerca de sus pies tenía el cuaderno, una botella de agua y el estuche con los accesorios del telescopio que había comprado usado mucho antes del intercambio.
Steve levantó el malvavisco para comprobarlo y terminó quemando uno de los bordes.
—Tengo una teoría bastante más sencilla —dijo mientras apagaba la pequeña llama con un soplido—. Luise y Gina descubrieron que iban a pasar la noche en casa de los Ferman y decidieron que la astronomía merecía un esfuerzo estético extraordinario.
Luise abrió la boca para protestar, aunque Gina empezó a reír antes de que pudiera hacerlo.
—¿Ves? —Steve señaló con el pincho hacia ella—. Esa risa es prácticamente una confesión.
—Yo solo dije que, si vamos a pasar cinco horas bajo las estrellas, no tengo obligación de hacerlo con una sudadera universitaria —respondió Gina mientras tomaba el termo—. Lo demás te lo estás inventando tú.
Em levantó la vista del telescopio y observó a las dos muchachas con una sonrisa.
—Es posible que aparezcan en algún momento, pero la verdad es que sus horarios escapan por completo de mi conocimiento y de cualquier intento de ingeniería social —respondió mientras tomaba la botella de agua que había dejado junto a la manta—.
A veces creo que sé dónde está alguno y cinco minutos después ya salió en una camioneta con destino desconocido.
Gina soltó una risa y se acomodó sobre la manta antes de mirar hacia la casa.
—Igual tienes mucha suerte de vivir con ellos. Si me hubieran asignado esa dirección durante un intercambio, habría agradecido personalmente al departamento de alojamiento.
Luise asintió con entusiasmo y apoyó el termo entre las piernas.
—Mi favorito es Kain. Amo cómo se ve con ese pelo casi blanco y ese cuerpo. Tiene una cara que prácticamente anuncia que va a meterte en problemas, pero una lo perdona antes de que haga nada.
Em acababa de beber cuando escuchó aquello y se atragantó. Apartó la botella con rapidez, tosió varias veces y tuvo que cubrirse la boca mientras Steve levantaba la vista desde la parrilla y Dean empezaba a reírse al verla intentar recuperar el aire.
—¿Estás bien? —preguntó Gina, aunque la sonrisa que ya tenía hacía evidente que empezaba a sospechar que el comentario había dado justo donde debía.
Em consiguió respirar, se secó los labios con el dorso de la mano y miró a Luise con los ojos todavía llorosos por la tos.
—Kain... Kain es... —balbuceó mientras buscaba una forma suficientemente precisa de explicarlo—. Es maligno.
La afirmación provocó una carcajada colectiva que obligó a Em a bajar la cabeza mientras todavía recuperaba el aliento.
Steve tuvo que apartar el pincho de la parrilla para no quemar otro malvavisco, Dean se dejó caer hacia atrás sobre la manta y hasta Gina terminó inclinándose sobre Luise mientras intentaba dejar de reír.
Em los observó con una expresión resignada, convencida de que cualquier intento por defender su opinión solo conseguiría empeorar el asunto.
Las risas empezaron a apagarse cuando una figura apareció desde el costado de la casa y avanzó hacia el grupo con las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones cortos.
Tim había reconocido las luces rojas de las linternas y los trípodes desde el interior, y su curiosidad terminó llevándolo hasta el lugar donde los estudiantes habían instalado los equipos.
Llevaba una camiseta clara, el cabello algo revuelto y esa expresión abierta que lo hacía encajar en todos los ambientes sociales.
El cambio entre los compañeros de Em fue inmediato.
Luise se enderezó sobre la manta, Gina apartó el cabello de un hombro y Dean dejó de reír con la rapidez de quien acaba de recordar que está delante de uno de los famosos Ferman.
Steve fue el único que intentó continuar con los malvaviscos, aunque incluso él miró hacia Tim un par de veces mientras calculaba si debía presentarse o esperar a que alguien más lo hiciera.
Em, en cambio, apenas reaccionó. Después de convivir con Tim durante más de un mes, verlo acercarse descalzo por el césped y mirar los telescopios con curiosidad no le parecía especialmente extraordinario.
Se limitó a hacerle un gesto con la mano para indicarle dónde habían dejado espacio entre las mantas, y aquella familiaridad bastó para aliviar parte de la tensión del resto.
Durante los primeros minutos, los demás hablaron con algo más de cuidado de lo habitual, midiendo las palabras y observando de reojo cómo respondía Tim.
La incomodidad duró poco. Su manera de escuchar, reírse con facilidad y hacer preguntas sobre los equipos terminó relajando al grupo, y pronto Steve volvió a ocuparse de la parrilla mientras Dean retomaba una explicación sobre el registro de meteoros que había dejado a medias.
La comida terminó haciendo el resto. Cuando Steve empezó a repartir los malvaviscos asados, uno de los pinchos acabó en manos de Tim, que aceptó la invitación y se quedó junto al grupo sin ninguna ceremonia.
A los pocos minutos ya formaba parte de la conversación, con un vaso de bebida cerca de una de las mantas y el malvavisco dorándose sobre las brasas, mientras Em revisaba el reloj y volvía a comprobar el cielo antes del período de mayor actividad.
Cerca de la medianoche, Em consultó la hora y levantó la vista hacia el cielo antes de cerrar el cuaderno que tenía sobre las piernas.
—Ya es hora —anunció, y el comentario bastó para que el grupo abandonara las bromas y regresara a los equipos.