Capítulo 10
Después de convivir varias semanas con los Ferman, sabía que nadie iba a escandalizarse porque aparecieran seis estudiantes con telescopios, mantas y termos de café.
Aun así, seguía siendo su casa y Em prefería preguntar antes de llevar gente.
Tim había salido temprano, Kain se encontraba en alguna parte preparando equipo para una obra y Piers le había mencionado durante el desayuno que necesitaba recuperar unos planos antiguos del garaje antes de marcharse.
Lo encontró después de recorrer la cocina y el corredor lateral.
—¿Piers? —llamó Em al abrir la puerta que comunicaba con el garaje—. ¿Estás ahí? ¿Te interrumpo?
La respuesta llegó desde el fondo, detrás de una estantería cargada con cajas, herramientas y varios rollos de planos apoyados contra la pared.
—Estoy aquí —respondió Piers mientras revisaba uno de los archivadores metálicos—. Solo intento encontrar los planos de una ampliación que hicimos hace unos tres años. ¿Qué necesitas?
Em avanzó entre la mesa de trabajo y una hilera de cajas mientras buscaba a Piers con la mirada.
Alcanzó a distinguirlo inclinado frente a un archivador metálico, concentrado en varios planos, pero antes de acercarse vio una forma oscura detrás de él, cerca de la puerta exterior del garaje.
Al principio pensó que se trataba de una pieza de maquinaria abandonada en el suelo; entonces el hocico se movió y una cola gruesa golpeó suavemente una caja de herramientas.
Se quedó inmóvil, con los ojos abiertos detrás de los lentes y una mano levantada hacia Piers.
—Hay un... un... un lagarto detrás de ti —consiguió decir, señalando por encima de su hombro.
—¿Un lagarto? —Piers dejó los planos sobre la mesa y comenzó a volverse—. Em, aquí hay lagartos por todas...
La frase terminó cuando vio el aligátor.
El sobresalto lo hizo retroceder y, al mismo tiempo, Em recorrió la escasa distancia que los separaba y se aferró a él con ambos brazos alrededor del cuello.
Piers reaccionó por reflejo: la rodeó por la cintura y la atrajo contra su cuerpo mientras mantenía la mirada fija en el animal, que seguía instalado junto a las cajas.
—¡Nos va a comer! ¡Dios, Piers, nos va a comer! —Em intentó subir todavía más, apoyando una pierna contra él para mantener los pies alejados del suelo.
—Mierda es gigante —respondió él mientras ajustaba el brazo alrededor de su cintura para que no resbalara—, me estas estrangulando Em.
El aligátor volvió a mover la cabeza y Em apretó los brazos alrededor de su cuello. Piers soltó una exhalación forzada, sostuvo con mayor firmeza su espalda y dio otro paso hacia la salida sin perder de vista al animal.
—Em, por favor, déjame respirar —dijo con la voz tensa—. Puedes seguir agarrada a mí todo lo que quieras, pero necesito que aflojes un poco los brazos o voy a terminar desmayado antes que tú.
La puerta interior del garaje se abrió antes de que Piers pudiera decidir cómo retroceder sin darle la espalda al animal.
Tim entró mirando la pantalla del teléfono y comenzó a hablar mientras avanzaba entre las herramientas, demasiado concentrado en lo que acababa de leer como para reparar de inmediato en la escena frente a él.
—Estuve revisando el trabajo nuevo que nos ofrecieron y creo que deberíamos aceptar porque el terreno tiene espacio suficiente para ampliar por el costado y...
—levantó la vista, se detuvo y la frase quedó a medias al ver a Em aferrada al cuello de su hermano y a Piers sujetándola por la cintura——Piers… sabía que te gustaba Michigan.
Movió las cejas con una sonrisa descarada, claramente satisfecho con lo que creía estar viendo. Piers ni siquiera apartó la mirada del fondo del garaje y ajustó el brazo alrededor de Em cuando ella volvió a tensarse.
—¿Qué mierda estás diciendo? —respondió con fastidio—. Mira detrás de mí antes de empezar con tus estupideces.
Tim siguió la dirección de su mirada y la sonrisa desapareció de inmediato.
El aligátor seguía cerca de las cajas, inmóvil salvo por un leve movimiento de la cola, y durante un momento Tim pareció calcular la distancia que lo separaba de la puerta.
En lugar de retroceder, avanzó hacia su hermano y terminó pegándose a él por el costado, con una mano aferrada a su hombro.
—¿Tú también? —protestó Piers, intentando sostener a Em y mantener el equilibrio con el peso adicional de Tim que estaba sujetándolo por un brazo—. ¿Acaso me quieren matar antes de que me coma eso?
—¡No quiero que me coma! —chilló Em mientras seguía aferrada al cuello de Piers, con las piernas recogidas para mantener los pies lejos del suelo—¡Sácalo de aquí! ¡Tim, pégale con algo, con lo que sea!
Tim miró otra vez al animal y negó con la cabeza, sin aflojar la mano que sujetaba a Piers.
—¿Estás loca? Eso parece un pterosaurio.
Em volvió la cabeza hacia él a pesar del miedo.
—Los pterosaurios tenían alas.
Piers la miró de reojo, incrédulo ante la precisión del comentario en medio de aquella situación.
—¿Cómo diablos sabes eso?
—Discovery Channel —respondió Em, todavía aferrada a él, antes de volver a fijar la vista en el aligátor.
Piers estaba ya al borde de perder el equilibrio entre el peso de Em, la mano de Tim aferrada a su hombro y una discusión completamente inútil sobre si un pterosaurio podía considerarse un dinosaurio con alas.
Había dejado de intentar separar los brazos de Em porque cada movimiento del animal conseguía que ella volviera a apretarlos, mientras Tim defendía que, con alas o sin ellas, cualquier criatura de aquel tamaño merecía la misma distancia de seguridad.
En medio de aquella confusión, la puerta que comunicaba con la casa volvió a abrirse y Kain apareció con un cuenco de cereal en una mano y la cuchara en la otra, todavía con su ropa de trabajo.
—¿Qué demonios están haciendo? —preguntó al encontrarlos amontonados junto a la mesa de trabajo, con Piers sosteniendo a Em y Tim pegado a su costado.
Los tres reaccionaron al mismo tiempo y le gritaron que tuviera cuidado. Kain se detuvo con la cuchara a medio camino de la boca, siguió la dirección de sus miradas y examinó el espacio junto a las cajas. La puerta exterior continuaba entreabierta, pero el aligátor ya no estaba allí.
—Había un aligátor —explicó Tim, soltando por fin el hombro de Piers para comprobar mejor el rincón vacío—. Y antes de que digas ninguna estupidez, era enorme.
Kain miró hacia la salida del garaje, después a las cajas desplazadas y finalmente a sus hermanos.
—Creo que ustedes lo asustaron —respondió antes de llevarse otra cucharada de cereal a la boca—. Si yo entrara en un garaje y encontrara a tres personas gritando así, también me marcharía.
Piers soltó una maldición por lo bajo, pero Kain dejó de prestarle atención cuando reparó en que Em seguía prácticamente colgada de su hermano.
Tenía los brazos alrededor de su cuello, una pierna pegada a su costado y el rostro escondido cerca de su hombro, mientras Piers todavía la sujetaba con firmeza por la cintura para impedir que resbalara.
—Como Megan te vea con Michigan colgada del cuello, pierde la cabeza antes de que puedas bajarla —comentó Kain, mirando directamente a Piers.
Em bajó la vista y pareció reparar por primera vez en la posición en que se encontraba. El color le subió de inmediato por las mejillas y aflojó los brazos, aunque cuando intentó mirar hacia el suelo del garaje volvió a sujetarse con una mano.
—Creo que ya puedes bajarme —dijo, evitando mirar a Piers.
—Aquí no —respondió él al notar que seguía pendiente del rincón por donde había desaparecido el animal—. Si te dejo en el suelo vas a volver a subirte encima en cuanto escuches cualquier ruido.
Antes de que Em pudiera protestar, Piers pasó un brazo por debajo de sus piernas y la levantó mejor.
Atravesó la puerta hacia la casa con ella todavía aferrada a uno de sus hombros, mientras Kain los seguía comiendo cereal y Tim cerraba el garaje después de comprobar que la puerta exterior quedara asegurada.
Al llegar a la cocina, Piers la sentó sobre la isla y mantuvo una mano en su brazo hasta asegurarse de que no intentara volver corriendo hacia el garaje.
Kain apoyó el cuenco sobre la encimera y contempló a Em con una sonrisa que anunciaba exactamente el tipo de comentario que ella ya había aprendido a temer.
—Si querías un poco de toqueteo, podías haber avisado, Michigan. Puedo hacer una excepción.
—¡No! No era eso —respondió Em, todavía con las mejillas encendidas—. Había un aligátor y Piers estaba cerca, así que yo...
—No seas idiota, Kain —lo interrumpió Piers mientras abría el refrigerador para sacar una botella de agua y refrescarse, pasándole una a Em.
Kain recuperó el cuenco y salió de la cocina riéndose, satisfecho con haber conseguido incomodarla otra vez. Tim llegó detrás de él después de revisar el cierre del garaje, se acercó a Em y apoyó una mano sobre su hombro.
—Ya se fue y dejé todo cerrado. No va a entrar otra vez —dijo con una sonrisa antes de inclinarse y darle un beso breve en la mejilla—. Respira un poco, Michigan.
Em sostuvo la botella entre las manos mientras Tim se alejaba hacia la salida, seguido poco después por Piers y Kain, dispuestos a salir nuevamente por trabajo.
Piers ya había tomado las llaves y estaba a punto de seguir a sus hermanos cuando se detuvo junto a la puerta de la cocina y volvió la cabeza hacia Em, que seguía sentada sobre la isla con la botella de agua entre las manos.
—Antes de que apareciera ese animal, ¿no habías venido a decirme algo? —preguntó, apoyando una mano en el marco.
Em tardó unos segundos en recordar qué la había llevado hasta el garaje. Después se acomodó los lentes y bajó de la isla con más cuidado del habitual.
—La lluvia de meteoros. Mañana por la noche habrá una bastante visible y quería traer a algunos compañeros de la universidad para observarla desde aquí. En esta zona hay mucha menos contaminación lumínica que alrededor del campus y podríamos instalar los telescopios afuera sin molestar a nadie.
Piers asintió después de pensarlo apenas unos segundos.
—Claro, Em. Pueden venir. Solo avísame cuántos serán para dejarles espacio y que nadie estacione donde piensen instalarse.
—Gracias. Seremos cinco o seis, como mucho.
Kain, que todavía permanecía cerca con el cuenco de cereal, levantó la vista con una expresión de inmediato recelo.
—¿Cinco estudiantes de astrofísica pasando la noche hablando de meteoros y mirando el cielo? Con solo ver a ese grupo se me van a quitar todos los orgasmos que pensaba tener esa noche.
Tim soltó una carcajada desde el corredor y Piers negó con la cabeza antes de abrir la puerta.
Cuando los tres hermanos llegaron a la camioneta, Em permaneció dentro de la casa unos minutos más, todavía pensando en el aligátor y en la facilidad con que los Ferman parecían aceptar que un animal de aquel tamaño pudiera atravesar una puerta abierta como si aquello formara parte de la vida cotidiana.
Piers ya había abierto la puerta del conductor cuando la voz de Em llegó desde el porche.
—¡Piers!
Los tres se volvieron al mismo tiempo. Em estaba junto a la entrada, con una mano apoyada en el marco y sin ninguna intención aparente de acercarse al césped.
—¿Qué pasa? —preguntó Piers, dejando las llaves sobre el techo de la camioneta.
—¿Se podrá fumigar?
Piers frunció el ceño mientras Tim y Kain intercambiaban una mirada.
—¿Fumigar qué?
Em señaló vagamente hacia el terreno que rodeaba la casa.
—Por los aligátores.
Durante unos segundos ninguno respondió. Tim fue el primero en empezar a reírse y Kain lo siguió de inmediato, apoyándose contra la camioneta mientras intentaba recuperar el aliento. Piers se limitó a mirarla, pasó una mano por la barba y negó lentamente con la cabeza.
—Adiós, Em —dijo al fin antes de subir a la camioneta.
Ella permaneció en el porche mientras Tim todavía se reía desde el asiento y Kain cerraba la puerta sin haber conseguido recuperar del todo la compostura.
* * *
Piers condujo varios minutos todavía con una sonrisa, negando de vez en cuando con la cabeza al recordar la pregunta de Em sobre fumigar la propiedad.
La imagen del aligátor terminó mezclándose con otra bastante menos absurda: Emily aferrada a su cuello, aterrada, con el rostro tan cerca del suyo que había alcanzado a distinguir las pecas sobre la nariz y las mejillas.
El olor del protector solar seguía presente en su memoria junto con el perfume suave del cabello, y en medio del forcejeo también había sentido contra el cuerpo las curvas que la ropa holgada y el aspecto de estudiante aplicada solían disimular bastante bien.
Apretó las manos sobre el volante y volvió la atención a la carretera, aunque la sonrisa tardó en desaparecer.
Durante todo el caos del garaje apenas había pensado en otra cosa que mantenerla arriba, impedir que ambos cayeran y conseguir que aflojara los brazos para poder respirar; ahora, con la camioneta avanzando y el peligro ya lejos, algunos detalles regresaban con una nitidez que no había pedido.
Desde el asiento de al lado, Kain seguía comentando entre risas la idea de llamar a una empresa de fumigación para aligátores, mientras Piers fingía escuchar y mantenía la mirada fija en el camino.
Cuando la risa empezó a apagarse, Kain apoyó la cabeza contra el respaldo y miró por la ventanilla con la botella de agua todavía entre los dedos.
La pregunta de Em sobre fumigar los aligátores seguía pareciéndole ridícula, pero no era eso lo que le rondaba desde que habían salido de la casa.
Durante unos segundos volvió a verla en el garaje, aferrada a Piers con los brazos alrededor de su cuello y las piernas recogidas contra su cuerpo mientras su hermano la sostenía por la cintura.
La imagen le había provocado una molestia breve e incómoda que no tenía ninguna razón para estar allí.
Se rió otra vez, esta vez de sí mismo, y bebió un trago antes de mirar hacia el parabrisas.
Resultaba bastante idiota que una escena provocada por un aligátor pudiera afectarle de aquella manera, sobre todo cuando llevaba semanas asegurándose de que Michigan le daba exactamente igual.
Em podía colgarse de Piers, de Tim o del árbol más cercano si quería; aquello no tenía absolutamente nada que ver con él.
Aun así, cuando volvió a recordar la forma en que ella había quedado pegada al cuerpo de su hermano, apretó la botella entre los dedos y se obligó a concentrarse en la carretera que se extendía delante de ellos.