Un intercambio de locos Capítulo 9
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Capítulo 9

Había pasado algo más de un mes desde la llegada de Em a Louisiana y la convivencia con los Ferman había terminado acomodándose en una rutina que ninguno de los cuatro habría previsto durante aquella primera tarde.

Ella ya conocía los horarios de la llegada de las camionetas después del trabajo, sabía qué estante de la cocina podía ocupar sin encontrar después una protesta y había aprendido que Piers necesitaba varios minutos y al menos una taza de café antes de estar dispuesto a conversar por las mañanas.

Tim aparecía y desaparecía con la facilidad de quien podía decidir un viernes por la tarde que prefería pasar la noche cerca del agua, mientras Kain había convertido en entretenimiento personal descubrir nuevas formas de importunarla.

Una mañana, al abrir la puerta del ático para dirigirse a clases, Em encontró un pequeño caimán de peluche sentado en el suelo con las patas delanteras extendidas y una sonrisa bordada que lo hacía parecer mucho menos amenazante que cualquiera de los ejemplares reales que Kain seguía mencionando cada vez que tenía oportunidad.

Lo recogió pensando que se trataba únicamente de otra broma, hasta que presionó accidentalmente el centro del pecho y una voz infantil comenzó a cantar desde algún mecanismo oculto.

—Soy un caimán, vengo a jugar... Ahr, ahr, ahr...

Em lo había mirado durante varios segundos con la absoluta certeza de saber quién era responsable.

La primera vez encontró la canción absurda.

La quinta, después de haber pulsado nuevamente el mecanismo solo para comprobar cuánto duraba, descubrió que el maldito estribillo se había instalado en su cabeza con una eficacia irritante.

Terminó colocando el peluche sobre la cama, apoyado contra las almohadas, y allí permaneció desde entonces.

Jamás le reconocería a Kain que le parecía bonito, aunque sospechaba que él había deducido la verdad cuando entró una tarde al ático para ayudarla con una ventana trabada y lo encontró ocupando un lugar destacado junto a la cabecera.

Desde entonces, Kain no había dejado de llamarlo su “mascota de seguridad”.

Em había aprendido a ignorarlo. O, al menos, había aprendido a fingirlo con cierta dignidad.

Aquel sábado, Piers y Kain habían salido después del desayuno para visitar dos propiedades y preparar cotizaciones para posibles ampliaciones.

Tim se había quedado porque no tenía trabajos pendientes hasta el lunes y, después de observar durante varios minutos el césped que rodeaba la parte trasera de la casa, decidió que ya no podía seguir posponiendo el corte.

Em cometió el error de bajar justo cuando él estaba buscando a alguien.

—Dulce Em, necesito ayuda —dijo Tim desde la puerta trasera mientras ella llenaba una botella de agua.

—Cada vez que alguno de ustedes empieza una frase de esa manera termino haciéndolo yo —respondió Em mientras cerraba la botella de agua.

—Trabajaremos en equipo esta vez. Necesito cortar el pasto y hay varias cosas que mover alrededor de la piscina antes de pasar la máquina.

Em lo observó durante unos segundos y se preguntó si alguien le había dicho alguna vez que no a Tim Ferman.

Sospechaba que ocurría muy pocas veces. Aquel hoyuelo que aparecía cuando sonreía le daba una expresión tan encantadora como peligrosa, aunque con Tim la amenaza nunca terminaba de sentirse seria.

Kain era otra historia; en él la sonrisa solía anunciar problemas y Em ya había aprendido a desconfiar cada vez que parecía demasiado satisfecho consigo mismo.

Piers todavía resultaba más difícil de clasificar.

Algunas veces parecía el más sensato de los tres y otras conseguía cerrarse de tal manera que ella no sabía qué estaba pensando.

—Está bien —cedió finalmente, guardando la botella—. Pero dijiste que trabajaremos en equipo, así que no pienso terminar cortando todo el pasto mientras tú miras.

Tim sonrió, y el hoyuelo volvió a aparecer.

—Jamás abusaría de tu buena voluntad, Em.

La tarea había resultado menos complicada de lo anunciado.

Em retiró algunas sillas, macetas y una mesa auxiliar mientras Tim se ocupaba de la máquina, y después pasó parte de la mañana reuniendo ramas pequeñas y hojas acumuladas cerca de la cerca.

Cuando terminaron, el calor ya había subido lo suficiente para que la camiseta de Em se le pegara a la espalda y Tim abandonara cualquier intención de seguir vestido.

Él se lanzó a la piscina apenas dejó las herramientas guardadas.

Em prefirió sentarse en el borde después de cambiarse por unos pantalones cortos y una camiseta ligera. Se quitó las zapatillas, dejó los lentes sobre una toalla cercana y metió los pies en el agua mientras sostenía una bebida fría contra una mejilla.

La piscina había dejado de intimidarla como durante los primeros días, cuando cualquier hora de la tarde podía convertirla en centro de una reunión de veinte personas.

Los sábados continuaban siendo impredecibles, pero aquella mañana solo estaban ellos dos y el ruido de los árboles alrededor de la propiedad, hasta que una camioneta pequeña apareció por el acceso poco después del mediodía.

Tim reconoció el motor antes de que Em pudiera siquiera buscar los lentes.

—Debe ser Kimberly.

La joven apareció por el costado de la casa pocos minutos después con una mochila colgada de un hombro.

Llevaba unos shorts de mezclilla, una blusa negra anudada sobre el abdomen y varias pulseras y anillos que acompañaban los tatuajes visibles en uno de sus brazos.

Su cabello oscuro caía largo sobre la espalda y un pañuelo estampado rodeaba su cuello, dándole una apariencia entre bohemia y despreocupada que encajaba demasiado bien con la manera en que atravesó el patio sin preguntar si podía entrar.

—Hola, guapo —saludó mientras dejaba la mochila sobre una silla.

Tim salió del agua hasta apoyar los brazos en el borde.

—Llegas justo cuando terminé todo el trabajo. Qué conveniente.

—Tengo un talento especial para calcular los horarios.

Kimberly se inclinó para besarlo y después reparó en Em, que seguía sentada con los pies dentro de la piscina y la bebida entre las manos.

—Tú debes ser la estudiante.

Em se colocó los lentes antes de responder.

—Emily.

—Kimberly.

La muchacha sonrió con suficiente facilidad para que Em comprendiera que no necesitaba ninguna presentación más formal. Después se quitó la blusa, debajo de la cual llevaba la parte superior de un bikini, dejó los shorts sobre la misma silla y se lanzó al agua cerca de Tim.

Em levantó los pies para evitar la salpicadura, aunque unas gotas terminaron igualmente sobre sus piernas.

—Lo siento —dijo Kimberly mientras apartaba el cabello mojado de su rostro.

—No pasa nada.

Tim se acercó nadando y la rodeó por la cintura antes de que ella alcanzara el otro extremo. Kimberly se volvió hacia él y le pasó ambos brazos alrededor del cuello con la familiaridad de quien había hecho aquello otras veces.

—Vamos, Em, métete —dijo Kimberly mientras se apartaba un poco para mirarla—. Te estás perdiendo lo mejor.

Em negó con la cabeza y movió los pies dentro del agua.

—Estoy perfectamente bien aquí.

—Eso no cuenta —respondió Tim, acercándose al borde—. Solo tienes las piernas mojadas.

—Precisamente. Es una cantidad de agua que puedo controlar.

Kimberly soltó una risa y nadó hasta quedar frente a ella.

—Te prometo que no pasa nada.

Em la miró con desconfianza, pero aceptó la mano que le tendía para ayudarla a levantarse del borde.

—No se te ocurra tirarme.

—No haría algo así —respondió Kimberly con una seriedad demasiado convincente.

Tim se acercó desde el agua justo cuando Em empezaba a incorporarse. Kimberly tiró suavemente de su mano y él apoyó ambas palmas contra las piernas de Em para ayudarla a perder el equilibrio antes de que pudiera reaccionar.

—¡No, no, no...!

Cayó al agua entre una salpicadura considerable y las carcajadas de los otros dos. Durante un segundo desapareció bajo la superficie y salió después con el cabello pegado al rostro, los lentes todavía en su sitio y una expresión de absoluta incredulidad.

Tim apenas podía mantenerse erguido de la risa.

—Acepta que te estabas achicharrando ahí afuera.

Kimberly seguía riéndose mientras se acercaba para comprobar que los lentes estuvieran bien.

—Te ves bastante mejor mojada que sentada ahí sufriendo el calor.

La joven intentó mantener la seriedad, pero terminó riéndose también. La situación era demasiado absurda para sostener el enojo y, una vez dentro, tenía que admitir que el agua estaba mucho más agradable de lo que esperaba.

El sonido de una camioneta entrando por la grava llamó la atención de Tim. Pocos minutos después, Kain y Piers aparecieron por el costado de la casa con una bolsa de cervezas y varias botellas frías en las manos.

Kain se detuvo al verla dentro de la piscina y sonrió de inmediato.

—Mira eso. Michigan divirtiéndose.

Em apoyó los brazos sobre el borde mientras todavía recuperaba el aliento.

—Fui víctima de una emboscada.

Kain dejó las cervezas sobre la mesa y la recorrió con la mirada, reparando en la camiseta y los pantalones cortos empapados.

—Deberías sacarte la ropa. Aquí somos bastante liberales.

Em levantó las cejas detrás de los lentes, pero antes de que pudiera responder, Piers abrió una de las cervezas y miró a su hermano con fastidio.

—Déjala tranquila. Si quiere bañarse, puede pedirle a Kimberly que le diga dónde comprar un par de bikinis.

Kain tomó una botella y bebió un trago mientras seguía observando a Em con aquella sonrisa que ella ya había aprendido a reconocer como una advertencia.

—Aunque, pensándolo bien, mejor déjalo así. No vaya a ser que termine bajando mis estándares.

Em salió de la piscina sin apresurarse, recogió la toalla y se secó primero el rostro antes de mirarlo. No parecía ofendida; más bien daba la impresión de estar considerando seriamente la observación.

—Sí, creo que tienes razón. Buscaré un traje de baño de los años cincuenta, con falda hasta las rodillas y suficiente tela para proteger tus estándares.

Kimberly soltó una carcajada desde el agua mientras Em recogía sus cosas y se dirigía hacia la casa, todavía escurriendo agua sobre las baldosas.

Tim esperó hasta que Em estuvo lo bastante lejos antes de mirar a su hermano.

—¿Tienes que provocarla cada vez que abre la boca?

Kain se encogió de hombros y levantó la cerveza.

—Siempre responde.

—Ese no es el problema —intervino Piers por encima de la botella—. El problema es que te quedas esperando a que lo haga.

Kain bebió otro trago sin contestar, aunque no perdió la sonrisa.

Lo que no pensaba confesarles era que Em nunca se hacía la ofendida ni buscaba compasión; le devolvía cada provocación con un ímpetu que empezaba a echar de menos cuando pasaban demasiado tiempo sin cruzarse.

Tim negó con la cabeza, mientras Kimberly continuaba riéndose dentro de la piscina.

Em no era propensa a la violencia y, de hecho, siempre había considerado cualquier impulso de ese tipo una pérdida bastante poco eficiente de energía.

Si alguien en la familia poseía una naturaleza apasionada, esa era Laura, que podía enfadarse, enamorarse, entusiasmarse o discutir con la misma facilidad con la que cambiaba de planes un viernes por la noche.

Em sospechaba que de toda aquella intensidad genética apenas había heredado un rastro mínimo, quizá lo suficiente para obsesionarse durante horas con una constelación, una hipótesis o cualquier asunto relacionado con el universo.

Kain, sin embargo, estaba empezando a poner a prueba esa teoría.

Ya en el ático, se quitó la ropa mojada, se secó el cabello y se puso una camiseta limpia con unos pantalones cortos antes de sentarse sobre la cama con el teléfono en la mano.

Durante unos minutos intentó convencerse de que lo más sensato era ignorarlo.

Había estudiado bastante sobre comportamiento humano como para saber que reaccionar ante una provocación solía alimentar precisamente a quien buscaba una respuesta, y Kain parecía disfrutar cada vez que conseguía sacarla de su equilibrio habitual.

Aun así, abrió Marketplace. Sabía que estaba perdiendo tiempo y probablemente también un poco de dinero, pero después del comentario sobre sus supuestos estándares decidió que aquella inversión podía justificarse como una forma modesta de compensación moral.

Em empezó a desplazarse entre anuncios con una concentración que normalmente reservaba para las lecturas de clase, descartando varias opciones antes de detenerse en una que parecía acercarse bastante a lo que tenía en mente.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro. No iba a discutir con Kain Ferman. Eso habría sido demasiado fácil .