Capítulo 7 #2
Em permaneció con las manos bajo el agua unos segundos más de lo necesario.
Hasta entonces había conocido a Piers casi siempre al final de sus jornadas, cansado, concentrado en algún asunto de la empresa o intentando mantener cierto orden entre sus hermanos.
Incluso cuando lo encontraba en la cocina apenas intercambiaban saludos.
Verlo conversar con Holler sin aquella expresión seria le dio la impresión de estar observando una versión suya que hasta entonces no había tenido ocasión de conocer.
No era precisamente feo. Em inclinó ligeramente la cabeza mientras enjuagaba una taza y volvió a mirarlo.
En realidad, era bastante guapo. Asintió para sí misma mientras colocaba la taza junto a las demás, como si acabara de resolver una cuestión que necesitara confirmación.
El cabello recogido hacia atrás le dejaba despejado el rostro, la barba corta marcaba la mandíbula y los ojos verdes parecían menos duros cuando sonreía.
Volvió a asentir mientras tomaba otro plato del fregadero, hasta que Piers giró casualmente hacia donde se encontraba ella y la sorprendió mirándolo.
Em mantuvo el movimiento de la cabeza un par de segundos más, fingiendo que aquella aprobación silenciosa tenía alguna relación con la loza que estaba lavando, y terminó mirando directamente el plato entre sus manos.
Piers no dijo nada de inmediato, aunque la pequeña pausa que siguió bastó para que ella supiera que la había descubierto.
Él desvió la atención hacia Holler.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
—Dos días —respondió el propietario mientras terminaba de preparar su café—. Y trabaja bien. Aprende rápido, llega a la hora y todavía no me ha roto nada, así que vamos bastante bien.
Piers tomó la taza que Holler dejó frente a él y volvió a mirar brevemente hacia Em.
—¿Así que estudiante de intercambio?
—Ni lo menciones, Holler. Ni lo menciones —respondió Piers antes de beber un poco de café—. Debo decir que casi no he cruzado palabra con ella desde que llegó.
Holler levantó las cejas.
—Aquí habla bastante, te diré. Aunque con Sebastián tampoco tiene muchas opciones.
Desde el otro extremo del mostrador, el camarero latino levantó la cabeza al escuchar su nombre.
—¿Qué hice ahora?
Holler señaló hacia él con una sonrisa.
—Con lo deslenguado que eres, haces hablar hasta una muda.
Sebastián soltó una carcajada y continuó acomodando vasos.
—Solo soy sociable, jefe. Es uno de mis muchos encantos.
Piers sonriendo terminó el café sin añadir nada más.
Dejó el dinero sobre el mostrador, se despidió de Holler y dirigió un breve gesto hacia Em antes de salir.
Ella respondió con una inclinación de cabeza desde el fregadero y volvió a concentrarse en las tazas, aunque aquella manera en que lo había observado unos minutos antes continuó rondándole mientras cruzaba el estacionamiento.
Subió a la camioneta de Ferman Contracting, se puso los lentes de sol y encendió el motor.
Durante los primeros minutos condujo pensando en la obra que debía revisar aquella mañana, pero la imagen de Em detrás del mostrador regresó cuando se detuvo frente a un semáforo.
La había sorprendido mirándolo con una expresión que no había logrado interpretar y, por la forma en que ella apartó la vista, Piers había asumido que probablemente estaba evaluándolo después de todo lo ocurrido desde su llegada.
Tampoco podía reprochárselo demasiado. Desde que apareció en la casa, él apenas había hecho el esfuerzo de hablar con ella, ni tampoco sus hermanos.
Le habían dado una habitación en el ático, Kain le había dicho unas cuantas reglas y después cada uno había continuado con su vida, como si bastara con ofrecerle un techo para cumplir con la responsabilidad que su madre les había dejado encima.
Piers apoyó un brazo sobre la ventanilla mientras la camioneta avanzaba por la carretera.
Em era solo una muchacha de veinte años que había viajado desde Michigan para estudiar y había terminado viviendo con tres desconocidos por un error que no había provocado.
No había protestado por el ático, no interfería con las reuniones, mantenía sus cosas ordenadas y, cada mañana que él utilizaba la cocina después de que ella saliera, encontraba la Breville limpia hasta el último accesorio.
Pensándolo bien, ni siquiera estaba seguro de cuándo había decidido tratarla como si su presencia fuera una molestia.
Al tomar el desvío hacia la obra, redujo la velocidad detrás de una camioneta cargada con materiales y se obligó a dejar el asunto para más tarde.
No necesitaba convertirse en su amigo ni cambiar las reglas de la casa, pero podía hacer el esfuerzo de ser un poco más amable.
Después de todo, Em estaba a más de mil kilómetros de su familia y todavía tendría que compartir techo con ellos durante muchos meses.
Cuando terminó su turno en Holler Cafeteria, Em regresó a la casa convencida de que todavía tendría un par de horas de tranquilidad antes de que los Ferman volvieran del trabajo.
El calor seguía siendo intenso, pero el porche delantero ofrecía suficiente sombra como para estudiar afuera sin sentirse encerrada en el ático.
Instaló el computador sobre una mesa baja, abrió dos libros junto a sus apuntes y dejó una botella de agua al alcance de la mano antes de concentrarse en una lectura que llevaba varios días intentando terminar.
Había avanzado bastante cuando escuchó el motor de una camioneta acercándose por el camino de grava.
Levantó la vista y reconoció el vehículo de Ferman Contracting antes de que se detuviera frente a la casa.
Kain fue el primero en bajar y, apenas la vio sentada entre libros y papeles, una sonrisa apareció en su rostro.
—Dulce Michigan, pensé que te había comido un caimán —dijo mientras cerraba la puerta de la camioneta—. Ya estaba considerando empezar a buscar tus restos por la casa. Hace días que casi no te vemos.
Em se quedó inmóvil un segundo antes de mirar hacia el bosque que rodeaba la propiedad.