Un intercambio de locos Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—¿Hay caimanes por aquí?

La pregunta salió con suficiente alarma para que Kain pareciera disfrutar todavía más de la broma. Em empezó a cerrar el computador y a reunir sus cosas con demasiada rapidez, enredó un cuaderno con el cable del cargador y terminó empujando dos libros al suelo.

Tim acababa de bajar de la camioneta y se acercó para recogerlos antes de que ella intentara hacerlo con los brazos ocupados.

—Tranquila, no le hagas caso —dijo mientras le entregaba el primero—. No hay caimanes por aquí.

Em recibió el libro y lo apretó contra el pecho.

—¿Quieres decir que aquí no hay, pero cerca sí?

Tim miró de reojo a Kain, que seguía apoyado contra la camioneta con una expresión demasiado satisfecha.

—En Louisiana hay caimanes, claro, pero no aparecen por esta propiedad. Está cercada y, aunque tengamos bosque alrededor, no tienes que preocuparte por encontrar uno debajo del porche. —agregó Tim.

Em observó todavía un instante hacia los árboles antes de acomodarse los lentes.

Piers había bajado último y escuchó el final de la conversación mientras sacaba una bolsa del asiento trasero. Después de la visita a la cafetería de aquella mañana, parecía menos distante que de costumbre y se acercó al porche sin apresurarse.

—Vamos a pedir tacos para cenar —dijo mientras señalaba hacia la entrada—. ¿Quieres comer con nosotros, Em? Pasa adentro; estaremos bastante más frescos con el aire acondicionado.

Ella miró los libros que todavía tenía repartidos sobre la mesa y después a los tres hermanos. Durante las últimas semanas se había acostumbrado a desaparecer antes de que ellos regresaran, de modo que la invitación la tomó un poco desprevenida.

—Gracias —respondió mientras se acomodaba los lentes y reunía los últimos papeles—. Sí, me gustaría.

Tim tomó un par de libros antes de que pudiera protestar y empezó a caminar hacia la puerta. Kain pasó junto a ella todavía sonriendo por el susto del caimán, mientras Piers esperó a que terminara de guardar el computador antes de entrar detrás de los demás.

Cuando terminaron de comer, los envases vacíos y varias servilletas quedaron repartidos sobre la mesa mientras Kain aumentaba el volumen del televisor para seguir un partido de fútbol americano.

Tim se dejó caer en uno de los extremos del sofá con una cerveza en la mano y Piers ocupó el sillón más cercano, todavía revisando de vez en cuando el teléfono entre una jugada y otra.

Em reunió los platos y los vasos antes de que alguno pudiera levantarse.

—Yo lavo —dijo mientras apilaba los platos y recogía los cubiertos—. Y la próxima vez pago yo. No pueden alimentarme todo el año.

Piers apartó la vista del televisor.

—No es necesario, Em. Puedes tomar la comida que quieras mientras estés viviendo aquí. No tienes que pedir permiso cada vez que abras el refrigerador.

Ella sostuvo los platos contra el pecho y sonrió.

—Pues gracias. En serio, estuvo delicioso.

Llevó la loza hasta la cocina y tardó pocos minutos en dejarla limpia, secar la encimera y acomodar lo que había utilizado.

Cuando regresó a la sala, el partido seguía ocupando toda la atención de los hermanos, aunque Tim levantó la vista en cuanto la vio recoger el computador y los libros que había dejado cerca de la escalera.

—Voy a subir a repasar un poco antes de dormir —anunció Em mientras acomodaba los libros contra el pecho—. Gracias otra vez por la cena.

—Nos vemos mañana —respondió Tim con una sonrisa—. Buenas noches, Em.

Ella se despidió con la mano y empezó a subir. Los pasos se escucharon por la escalera hasta desaparecer en el piso superior, y Kain esperó unos segundos antes de apartar los ojos del televisor y mirar directamente a Piers.

—Vaya, ya estamos consintiendo a la estudiante de intercambio —comentó Kain mientras apoyaba un brazo sobre el respaldo del sofá—. Esta mañana apenas sabías que vivía con nosotros y esta noche ya la invitas a cenar.

Piers continuó mirando el partido antes de responder.

—Es una muchacha de veinte años que está lejos de su familia, Kain. No tuvo la culpa de que mamá y la universidad organizaran mal todo esto, y va a quedarse aquí durante bastante tiempo.

Kain levantó las cejas, aunque no interrumpió.

—Así que tendremos que afrontar entre todos este malentendido y procurar que pueda vivir en esta casa sin sentirse como una intrusa —continuó Piers mientras dejaba el teléfono sobre el brazo del sillón—.

Eso significa que ninguno va a comportarse como un cabrón solo porque no esperábamos tenerla aquí.

Tim escondió una sonrisa detrás de la botella. Kain lo vio y señaló hacia él.

—No sé por qué sonríes. Ese discurso también iba para ti.

—Yo fui amable desde el primer día —respondió Tim, acomodándose mejor en el sofá—. Incluso le expliqué que los caimanes no suelen pasearse por el jardín.

Piers volvió la cabeza lentamente hacia Tim.

—¿Qué le dijiste?

Tim regresó la atención al televisor.

—Nada importante.

Tim soltó una carcajada mientras Piers negaba con la cabeza y el partido continuaba frente a ellos.