Capítulo 7
Al cumplirse la primera semana desde su llegada a Louisiana, Em había descubierto que convivir con los hermanos Ferman resultaba bastante menos complicado de lo que imaginó aquella primera tarde.
La principal razón era que apenas coincidían durante el día.
El calor obligaba a los tres a comenzar las jornadas temprano, de modo que cuando ella bajaba a la cocina por las mañanas las camionetas de Ferman Contracting ya habían desaparecido del acceso y la casa permanecía casi completamente en silencio.
Aquellas horas terminaron convirtiéndose en las que más disfrutaba.
Podía preparar el desayuno sin tener que averiguar quién había dormido allí la noche anterior, revisar las lecturas de la universidad mientras tomaba café y organizar lo necesario antes de salir hacia el campus.
Aprendió enseguida a utilizar la nueva cafetera de Piers y, fiel a la advertencia de Kain, nunca se marchaba sin vaciar el depósito correspondiente, limpiar las piezas que había utilizado y pasar un paño por la superficie hasta dejarla reluciente.
No sabía hasta qué punto su anfitrión comprobaba aquellas cosas, pero tampoco tenía intención de convertirse en la causa de una discusión sobre una máquina de café que costaba más de lo que ella habría pagado por un semestre entero de libros usados.
También terminó ocupándose de pequeños detalles que nadie le había pedido.
Cuando utilizaba la lavadora, recogía alguna camiseta olvidada cerca del cuarto de lavado o añadía un par de toallas que encontraba sobre una silla, siempre que pudiera identificar sin dificultad que pertenecían a la casa.
No entraba en las habitaciones de los hermanos ni movía herramientas, documentos o cualquier objeto que pudiera considerarse personal.
Kain había sido bastante explícito respecto a mantenerse fuera de sus asuntos y Em pretendía cumplir el acuerdo con la misma seriedad con la que cumplía cualquier otra regla doméstica.
El aire acondicionado se convirtió rápidamente en una de las cosas que más apreciaba de la casa.
Durante los primeros días, el calor de Louisiana había estado cerca de desquiciarla.
Bastaban unos minutos fuera para que el cabello comenzara a pegarse a su cuello y la ropa se humedeciera en la espalda, una experiencia que en Michigan asociaba con unas pocas semanas al año y que allí parecía formar parte de la vida cotidiana.
Aprendió a llevar siempre una botella de agua, dejó de cometer el error de salir al mediodía con jeans gruesos y empezó a entender por qué los Ferman trabajaban desde tan temprano.
Al final de aquella primera semana incluso su cuerpo parecía haber dejado de protestar cada vez que cruzaba la puerta.
Los hermanos regresaban habitualmente entre las cinco y las seis de la tarde, cubiertos de polvo, sudor y restos de la jornada, aunque rara vez permanecían solos mucho tiempo.
Algunas tardes llegaban detrás de ellos uno o dos automóviles y, poco después de las duchas, aparecían cervezas alrededor de la piscina, música y alguna mujer que parecía conocer perfectamente la distribución de la casa.
Otras noches cada uno seguía su propio camino y Em podía escuchar las camionetas abandonar la propiedad después de que los tres hubieran cambiado la ropa de trabajo.
Ella procuraba no interrumpir aquellas reuniones.
Si necesitaba bajar, lo hacía para buscar un refresco, guardar varias botellas de agua en el refrigerador para luego llevarselas al ático o preparar alguna merienda.
Sus apariciones duraban pocos minutos y nadie parecía tener interés en obligarla a quedarse, una situación que le acomodaba perfectamente.
Las clases colaboraban con aquella separación.
Algunos días tenía actividades desde temprano y regresaba por la tarde, mientras otras jornadas comenzaban después del mediodía y le permitían estudiar durante varias horas en el ático antes de salir.
El pequeño balcón terminó acogiendo el viejo telescopio que había llevado desde Michigan, y las noches despejadas empezaron a compensar parte del calor que todavía encontraba insoportable durante el día.
Cuando tenía clases temprano y terminaba antes del almuerzo, había adquirido además la costumbre de detenerse en Holler Cafeteria antes de regresar a la casa.
El café helado era bueno, el aire acondicionado funcionaba con una potencia que ella agradecía y el lugar quedaba suficientemente cerca de su recorrido como para no tener que desviarse demasiado.
Después de varias visitas ya reconocía al camarero de origen colombiano llamado Sebástian Rodriguez que la había orientado durante su llegada y al propietario, que normalmente ocupaba alguna parte del mostrador revisando facturas, hablando con clientes o interviniendo en la cocina cuando el local se llenaba.
Fue durante una de aquellas tardes cuando Em reparó en un pequeño anuncio pegado cerca de la caja.
Buscaban ayuda algunas horas durante la semana y, aunque su intercambio cubría buena parte de los gastos esenciales, cualquier ingreso adicional le permitiría dejar de calcular con tanta precisión cuánto podía gastar en transporte, libros y comida.
Esperó hasta que el propietario terminara de atender a una pareja antes de acercarse al mostrador.
—¿Todavía está disponible el trabajo del anuncio? —preguntó mientras señalaba la hoja.
El hombre siguió la dirección de su mano y asintió.
—Necesito a alguien un par de días por semana, sobre todo cuando tenemos más movimiento. ¿Has trabajado en cafeterías?
—No exactamente, pero aprendo rápido.
El propietario la observó durante unos segundos antes de preguntarle cuáles eran sus horarios disponibles.
Desde que Em había aparecido por primera vez con una maleta y la dirección de los Ferman en el teléfono, todavía se preguntaba cómo diablos una muchacha que parecía tan inocente había terminado alojada con aquellos tres diablillos.
Piers, Kain y Tim no eran malos muchachos y jamás había escuchado que trataran mal a nadie, pero en asuntos de mujeres acumulaban suficiente historial como para mantener entretenido al pueblo durante años.
Sin embargo, después de varios días tampoco los había visto aparecer con Em ni comportarse como si ella formara parte de sus habituales conquistas, de modo que supuso que los hermanos simplemente le habían encontrado alguna habitación apartada dentro de aquella casa enorme y cada uno continuaba con su vida.
* * *
Dos días después, Em empezó a trabajar en Holler Cafeteria.
El empleo no ocupaba demasiadas horas y podía acomodarlo alrededor de sus clases, pero para ella representaba bastante más que un ingreso adicional.
La beca cubría lo necesario para estudiar y mantenerse durante el intercambio, y si conseguía pagar parte de sus gastos cotidianos con el sueldo de la cafetería podría guardar una porción de ese dinero para más adelante.
También había decidido enviarle algo a Penny en cuanto recibiera el primer pago, aunque conocía lo suficiente a su abuela para anticipar la discusión que tendrían cuando intentara convencerla de aceptarlo.
El jueves por la mañana llevaba casi dos horas detrás del mostrador.
A esa hora ya había terminado el movimiento más intenso del desayuno, pero Holler Cafeteria rara vez quedaba realmente vacía.
Su ubicación cerca de una de las vías más transitadas hacía que por allí pasaran trabajadores antes de dirigirse a las obras, empleados de oficinas que entraban por un café para llevar, estudiantes que buscaban algo frío después de caminar bajo el calor y vecinos acostumbrados a detenerse aunque solo dispusieran de diez minutos.
A medida que avanzaba la mañana, los desayunos completos daban paso a los sándwiches, las bebidas heladas y los vasos altos de café con hielo que Em había aprendido a preparar con bastante rapidez.
Todavía no la dejaban manejar sola los pedidos más complicados, pero ya podía ocuparse de las mesas, preparar bebidas sencillas, cobrar y ayudar con la loza cuando el mostrador se despejaba.
Aquella mañana se encontraba frente al fregadero, con las mangas de la camiseta dobladas sobre los codos y el cabello recogido en una coleta, enjuagando varias tazas antes de colocarlas en la bandeja del lavavajillas.
La campanilla de la entrada sonó detrás de ella, seguida por la voz del propietario.
—Mira quién decidió volver a visitarnos.
Em continuó con la taza que tenía entre las manos hasta escuchar la respuesta.
—Holler...también te he extrañado.
Reconoció la voz antes de darse vuelta. Piers estaba frente al mostrador con una mano apoyada sobre la madera y una sonrisa que Em no le había visto durante las casi dos semanas que llevaba viviendo en su casa.
Había llegado directamente desde alguna obra; llevaba jeans de trabajo, botas polvorientas y una camiseta gris que marcaba los hombros y los brazos.
El cabello castaño oscuro estaba recogido en la media coleta que utilizaba para trabajar, y unos lentes de sol descansaban sobre la cabeza.
Holler soltó una risa mientras se acercaba a la cafetera.
—¿Todavía vienes hasta aquí teniendo esa Breville nueva en casa? Pensé que esa máquina iba a robarme a uno de mis mejores clientes.
—La máquina hace buen café —respondió Piers mientras sacaba la billetera del bolsillo trasero—, pero nadie lo hace como tú.
—Eso esperaba escuchar después de todos estos años.