Un intercambio de locos Capítulo 6
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Capítulo 6

La solución provisional que encontraron los Ferman consistió en mandarla al ático.

Em no estaba segura de si aquello debía considerarse una muestra de hospitalidad o una manera bastante sofisticada de recordarle que nadie había previsto su llegada, pero decidió no protestar.

Después del vuelo, la caminata bajo el calor y una fiesta que continuaba desarrollándose a pocos metros como si su presencia no hubiera alterado los planes de nadie, cualquier habitación con una puerta que pudiera cerrar le parecía suficiente.

Kain tomó uno de los extremos de la maleta antes de que ella pudiera impedírselo y comenzó a subir por una escalera estrecha situada al final del segundo piso.

Em avanzó detrás de él con la mochila sobre un hombro, todavía acalorada y con la camiseta pegada a la espalda.

Había terminado la botella de agua en el despacho de Piers, aunque sentía que podría beber otra completa sin dificultad.

—Puedo llevarla —dijo mientras observaba cómo Kain subía los últimos escalones con la maleta.

—Estás a punto de desfallecer y ya tenemos suficientes problemas como para añadir una muerte por deshidratación a la noche.

Em habría protestado por la exageración, pero le pesaba todo el cuerpo y agradeció que, al menos, alguien hubiera reparado en su cansancio.

El ático ocupaba buena parte del nivel superior de la casa y había sido acondicionado muchos años antes como habitación.

El techo inclinado descendía hacia los costados, pero conservaba suficiente altura en el centro para caminar sin agacharse.

Una cama de madera quedaba junto a una pared, acompañada por una mesa de noche, una cómoda antigua y un escritorio pequeño colocado bajo una ventana que daba hacia los árboles de la parte trasera.

Varias cajas permanecían apiladas en uno de los extremos y un ventilador de techo giraba sobre ellos con una velocidad que Em habría preferido bastante mayor.

Kain dejó la maleta cerca de la cama y se volvió hacia ella.

—No es el Ritz, pero tiene aire acondicionado y el baño del pasillo casi nunca lo usa nadie.

Em miró alrededor antes de asentir.

—Está perfecto. ¡Gracias!

—Eso dices porque todavía no has dormido aquí en agosto.

—Estamos en agosto.

Kain la observó durante un segundo y una sonrisa apareció en una de las comisuras de su boca.

—Ups… Entonces mañana podrás opinar con conocimiento de causa.

Em dejó la mochila sobre la cama y se quitó los lentes. Levantó el borde de la camiseta para limpiar los cristales, sin advertir que la tela había subido mucho más de lo necesario y dejaba al descubierto una franja de piel clara hasta el ombligo.

La mirada de Kain descendió por reflejo.

Permaneció allí apenas un segundo antes de apartarse hacia el interior del ático, incómodo consigo mismo por haber reparado en algo que ella mostraba sin ninguna intención.

Em terminó de limpiar los lentes, se los colocó otra vez y lo encontró en la misma posición junto a la puerta.

—Hay algunas reglas —dijo él, retomando el motivo por el que había subido.

Ella enderezó la espalda de inmediato.

—Está bien.

—Primera: si usas la cafetera de la cocina, no la dejes sin café y no la abandones sucia. Piers compró esa máquina hace menos de un mes y está desarrollando una relación emocional preocupante con ella.

Em asintió con seriedad.

—Puedo limpiar una cafetera.

—Excelente. Lo has captado mejor que Tim.

—¿Hizo algo indebido con la cafetera? —preguntó Em, ahora un poco preocupada.

—No necesitas saberlo. Tim todavía está cumpliendo penitencia.

A pesar del cansancio, Em estuvo a punto de sonreír.

Kain levantó otro dedo.

—Segunda: si tomas la última cerveza, avisas.

—No bebo.

—Entonces esa regla probablemente no nos dará problemas.

Un tercer dedo apareció.

—Si encuentras herramientas en alguna parte, no las muevas pensando que están mal guardadas. Puede que realmente estén mal guardadas, pero si las cambias de sitio nadie las encuentra y después Piers empieza a preguntarnos quién tocó sus cosas.

—¿Es aprensivo con sus cosas?

—Piers tiene problemas con que la gente toque cualquier cosa que es de él…es muy posesivo.

Em miró hacia la escalera y después hacia la habitación.

—Entendido.

Kain separó el hombro del marco y cruzó los brazos.

—Y una última regla, probablemente la más importante: no te metas en nuestros asuntos y nosotros no nos metemos en los tuyos. Cada uno hace su vida, nadie interroga a nadie y así todos seremos felices y comeremos perdices.

Em lo miró durante un instante antes de asentir otra vez. Había esperado reglas sobre horarios, llaves o el uso de la cocina, pero aquella parecía abarcar una cantidad de situaciones que todavía no conocía.

—No me atrevería. Si Tim todavía está cumpliendo penitencia por una cafetera, prefiero no averiguar qué hacen con la gente entrometida.

—Perfecto.

Kain abrió la puerta y empezó a salir.

Em permaneció junto a la cama con una mano sobre el asa de la maleta, todavía intentando ordenar mentalmente todo lo que había ocurrido desde que había bajado del avión.

Durante semanas había imaginado una casa tranquila, una anfitriona amable y otros estudiantes con quienes compartiría algunas comidas y vivenvias antes de regresar cada uno a sus habitaciones.

En menos de una hora había encontrado una fiesta, tres hermanos que no sabían de su existencia y una madre que había decidido por videollamada que aquello podía resolverse simplemente dándole un dormitorio.

Kain ya había puesto un pie fuera cuando se detuvo y volvió la cabeza.

—Ah, casi se me olvidaba.

Em lo miró de inmediato.

La expresión de él adquirió una seriedad tan convincente que ella volvió a tensar los hombros.

—Nada de sexo, señorita. Esta es una casa decente.

Los ojos de Em se abrieron detrás de los lentes y asintió con tanta fuerza que varios mechones húmedos se movieron alrededor de su rostro.

—Sí. Claro. Por supuesto.

Kain consiguió sostener la expresión durante apenas otro segundo antes de que la risa le arruinara el intento. Salió al pasillo y comenzó a bajar las escaleras todavía riéndose.

—Buenas noches, Michigan.

—Todavía no es de noche —respondió Em desde la puerta.

La risa de Kain volvió a escucharse desde el piso inferior.

Em cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella durante unos segundos antes de mirar otra vez la habitación que, al menos por esa noche, sería suya. Luego dejó escapar el aire, apartó la maleta de la entrada y empezó a buscar ropa limpia para ducharse.

Cuando Kain bajó al primer piso, la música había vuelto a recuperar el volumen que Piers había reducido durante la conversación con su madre.

Desde el corredor se veía buena parte del patio iluminado por el sol de la tarde, con varios invitados alrededor de la piscina y otros reunidos junto a la parrilla.

Tim lo esperaba cerca de las puertas francesas, apoyado contra el marco con una cerveza en la mano y una expresión que dejaba claro que había estado esperando el informe.

—¿Y qué tal nuestra nueva compañera de casa? —preguntó mientras observaba a su hermano acercarse.

Kain tomó una cerveza de una hielera y la abrió antes de responder.

—Demasiado inocente. Le dije que aquí no permitimos sexo y casi me firma una declaración jurada.

Tim soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Eres un imbécil. ¿Dónde estará Piers?

Kain señaló hacia uno de los extremos del patio, donde había visto desaparecer a su hermano unos minutos antes.

—Ahí…con Mae. Parece que el mal humor le duró bastante poco.

—Mejor así —respondió Tim mientras llevaba la botella a los labios—. Un buen polvo arregla casi cualquier problema.

Kain siguió con la mirada a dos muchachas que acababan de entrar al patio y después miró hacia el piso superior, donde una de las ventanas del ático permanecía cerrada.

—La chica es bastante guapa —comentó Tim mientras apoyaba la espalda contra el marco y miraba hacia el piso superior—. Si le quitas los lentes enormes, la ropa de estudiante aplicada y esa cara de pedir permiso hasta para respirar, está bastante bien.

Kain volvió la cabeza hacia él con una sonrisa torcida.

—Debe tener tu edad, caballero andante. Cuidado con tanto rescate o Michigan va a terminar enamorándose de ti.

Tim levantó las cejas y tomó otro trago de cerveza.

—¿Y desde cuándo te preocupa que alguien se enamore?

—Desde que va a vivir aquí durante un año y mamá piensa hacernos responsables de cualquier desastre.

Una muchacha que estaba cerca de la piscina lo llamó por su nombre y levantó una mano para atraer su atención. Kain reconoció la sonrisa antes incluso de reconocer a la mujer, se quitó la camiseta por encima de la cabeza y la lanzó sobre una silla.

—Y yo necesito un buen polvo —añadió mientras retrocedía hacia el borde—. Así que este asunto universitario queda oficialmente cerrado por hoy.

Se lanzó a la piscina de espaldas antes de que Tim pudiera responder, levantando una ola que empapó a dos personas sentadas junto al borde y provocó una mezcla de protestas y carcajadas.

* * *

En el ático, Em apenas escuchó el chapoteo mientras terminaba de secarse el cabello con una toalla.

La ducha había conseguido quitarle el sudor acumulado durante el viaje y la caminata, aunque el calor seguía entrando por las ventanas con suficiente fuerza para obligarla a dejar encendido el ventilador.

Había cambiado los jeans por unos pantalones cortos de algodón y una camiseta amplia antes de sentarse sobre la cama para abrir la mochila que con la ayuda de Penny había llenado aquella mañana.

Dentro encontró dos barras de cereal, una bolsa pequeña de frutos secos, galletas saladas y un sándwich cuidadosamente envuelto en papel aluminio.

Em sostuvo el paquete entre las manos durante unos segundos y sonrió al reconocer la letra de su abuela sobre una servilleta doblada, donde había escrito únicamente que comiera antes de acostarse y llamara al llegar.

Después de lo ocurrido abajo, agradeció especialmente aquella previsión.

No tenía ninguna intención de regresar a la cocina aquella noche y exponerse a otra conversación incómoda con los hermanos, con Megan o con cualquiera de las personas que llenaban la casa a esas horas, las cuales eran muchas.

Podía esperar hasta la mañana siguiente para aprender dónde estaban las tazas, cómo funcionaba la cafetera que Piers protegía con tanta devoción y qué partes de la vivienda podía utilizar sin invadir el espacio de nadie.

Comió sentada junto a una de las ventanas mientras examinaba por primera vez la habitación con más atención.

El ático tenía dos orientaciones diferentes: una ventana daba hacia la parte trasera de la propiedad y permitía ver la piscina, donde la fiesta continuaba con la misma energía que antes, mientras la otra se abría hacia el frente y terminaba en un pequeño balcón de madera situado por encima de la entrada principal.

Esa segunda ventana consiguió interesarla mucho más.

Dejó el sándwich sobre el envoltorio y se acercó para abrirla.

Desde el pequeño balcón podía ver una parte considerable del terreno, los árboles que rodeaban la propiedad y, más allá de ellos, un cielo que empezaba a perder lentamente la luminosidad de la tarde.

La ubicación no era perfecta, porque algunas copas altas obstaculizaban el horizonte hacia el oeste, pero tenía suficiente campo abierto hacia el sur como para justificar varios intentos durante las noches despejadas.

Su mirada fue inmediatamente hacia la maleta.

Dentro, protegido entre varias capas de ropa, viajaba un Celestron PowerSeeker 70AZ que había comprado por muy poco dinero a un estudiante que, a su vez, se lo había comprado usado a otra persona.

Penny decía que aquel telescopio ya debía haber pasado por más casas que algunos muebles de la familia, pero Em se había negado a reemplazarlo mientras las lentes siguieran funcionando correctamente.

Lo había desmontado con cuidado para el viaje, separando el trípode, el tubo óptico y los accesorios en distintas partes del equipaje.

Instalarlo en el balcón requeriría reorganizar algunas cajas del ático y comprobar primero la estabilidad del piso, pero la idea comenzó a parecerle razonable mientras calculaba mentalmente el espacio disponible.

Desde la otra ventana llegó una carcajada que la hizo volver la cabeza.

Se acercó y miró hacia la piscina. Kain acababa de salir del agua y hablaba con una muchacha apoyada contra su hombro, mientras Tim permanecía cerca de la parrilla con otros amigos.

La música seguía sonando, varias parejas bailaban junto a las mesas y nadie parecía recordar que una estudiante de Michigan acababa de instalarse sobre sus cabezas.

Em observó durante unos segundos antes de correr ligeramente la cortina.

Terminó de comer, guardó los envoltorios dentro de una bolsa y comenzó a deshacer la maleta con la intención de dejar preparado al menos lo necesario para la mañana siguiente.

Después llamaría a Penny, comprobaría el horario de las actividades de bienvenida de la universidad y, si conseguía suficiente energía antes de dormir, montaría el telescopio junto al balcón.

Por primera vez desde que había llegado a Louisiana, tenía una tarea cuyo procedimiento conocía perfectamente.

Kain, incapaz de evitarlo, levantó la vista mientras besaba a la muchacha y alcanzó a ver cómo las cortinas del ático se cerraban detrás de una de las ventanas.

Mantuvo la mirada allí apenas un instante, después cerró los ojos y volvió a besar con más intensidad a la pelirroja que tenía entre los brazos, decidido a terminar la noche llevándola una vez más a su cama.