Un intercambio de locos Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Una mujer con maletas, mamá —aclaró Piers, acercando la confirmación de alojamiento a la cámara—.

Viene de Michigan, pertenece a un programa universitario y tiene esta dirección registrada como alojamiento.

También tiene tu nombre, tu teléfono y una fotografía tuya diciendo que eres la responsable de recibirla.

Durante unos segundos, Lydia observó el documento en la pantalla. Después abrió un poco más los ojos y su expresión cambió con una rapidez que hizo que Piers enderezara la espalda.

—Oh.

Kain señaló a su madre desde el otro lado del escritorio.

—Ese “oh” no me gusta.

—Ahora lo recuerdo —respondió Lydia, llevándose una mano al pecho mientras detrás de ella la instructora cambiaba la música—. Hace unos meses recibí un correo del programa preguntando si podían volver a utilizar la casa. Pensé que se trataba de actualizar los datos para futuros estudiantes.

Piers la miró sin pestañear.

—¿Y qué contestaste?

—Que no veía ningún problema.

Kain se pasó una mano por el cabello y dejó escapar una exhalación.

—Mamá, ¿cómo puedes responder que no hay ningún problema cuando ya no vives aquí?

—La casa sigue siendo de la familia.

—Vivimos nosotros —replicó Piers, señalándose a sí mismo y después a sus hermanos—. Eso cambia bastante las condiciones del alojamiento.

Lydia sonrió como si acabara de escuchar una objeción que no consideraba especialmente grave.

—Son tres muchachos encantadores. Estoy segura de que la tratarán maravillosamente, y además es solo un año.

Los tres empezaron a protestar al mismo tiempo.

Piers intentó explicarle que nadie les había consultado, Kain quería saber en qué momento su madre había decidido convertir la casa en residencia universitaria otra vez y Tim hablaba por encima de ambos, aunque su voz se perdía entre las otras dos porque ya estaba riéndose.

Em observó la discusión durante varios segundos antes de levantarse. Se acercó por detrás de los hermanos y, al buscar un espacio entre Piers y Kain para asomarse a la pantalla, apoyó el pie de lleno sobre el de Kain sin parecer darse cuenta.

—¡Mierda! —soltó él mientras retiraba el pie.

—¡Kainne! Cuida esa boca —lo reprendió Lydia desde la pantalla.

—¡Me pisó! —protestó, señalando a Em.

Ella ya se había inclinado hacia la cámara y ni siquiera volvió la cabeza.

—Hola, señora Ferman. Soy Em.

La discusión se interrumpió de inmediato. Lydia acercó inmediatamente el teléfono al rostro.

—¡Miren qué chica tan hermosa!

Em sonrió con cierta incomodidad.

—Gracias. Lamento aparecer así. Yo tampoco sabía que ustedes ya no recibían estudiantes.

—No tienes que disculparte por nada, cariño —respondió Lydia, señalándola desde la pantalla—. Tú tienes tus documentos, llegaste a la dirección correcta y mis hijos tienen habitaciones de sobra.

Piers giró lentamente la cabeza hacia Kain. Su hermano le devolvió una mirada que dejaba bastante claro que ambos estaban pensando lo mismo, aunque ninguno quiso discutir delante de Em.

Tim, en cambio, ya no intentaba ocultar la diversión.

—Creo que mamá acaba de adoptarla por videollamada.

—No ayudes tanto Tim —dijo Piers sin apartar los ojos de la pantalla.

Desde la pérgola, una mujer llamó a Lydia y le indicó que la clase estaba por continuar. Ella levantó un dedo para pedirle un momento y volvió a concentrarse en sus hijos.

—Escúchenme. Em acaba de viajar desde Michigan y no pienso permitir que la manden a buscar un hotel porque ustedes estén haciendo un drama. Denle una habitación, ayúdenla a instalarse y mañana llaman al programa si todavía creen que existe algún problema.

—Mamá, no se trata de creer que existe un problema —respondió Kain, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. El problema está aquí entre nosotros con una maleta.

Em lo miró. Kain siguió la dirección de sus ojos hasta la maleta abandonada junto a la puerta y entonces reparó en lo cansada que parecía. Había llegado sola a una casa desconocida y ahora tres hombres discutían delante de ella como si ni siquiera estuviera presente.

Apartó las manos del escritorio y trató de corregirse con un gesto torpe.

—No tú. Quiero decir... la situación. —Movió las manos entre la pantalla, los documentos y la maleta, sin encontrar una manera mejor de explicarlo—. Que te hayan enviado aquí sin avisarle a nadie.

Tim soltó otra carcajada mientras Em levantaba la botella de agua. La música volvió a subir desde la pérgola y Lydia comenzó a retroceder hacia el grupo.

—Perfecto, entonces ya se están entendiendo. Piers, encárgate de que tenga todo lo que necesita; Kain, compórtate; Tim, no le hagas travesuras a tus hermanos delante de la invitada.

—Los quiero. Estamos al habla.

—Mamá, espera —dijo Piers, alcanzando el teléfono.

Lydia le envió un beso con la mano.

—Bienvenida a Louisiana, Em. Espero que disfrutes mucho tu estadía.

Estoy segura de que mis hijos cuidarán muy bien de ti —añadió Lydia, dirigiéndoles una mirada severa y señalándolos uno por uno desde la pantalla—.

No querrán arruinar la reputación de su madre como asistente social dejando sin alojamiento a una estudiante recién llegada, ¿verdad?

La llamada terminó antes de que alguno de los tres pudiera añadir una palabra.

Piers mantuvo el teléfono en la mano mientras observaba la pantalla apagada estupefacto por la liviandad de su madre.

Kain se dejó caer en uno de los sillones y miró hacia el techo.

Tim continuaba sonriendo como si acabara de presenciar la mejor escena de la semana.

Em regresó al sofá y colocó la carpeta sobre sus rodillas.

—Entonces... ¿Eso significa que sí tengo habitación?

Piers bajó la vista hacia ella y respiró lentamente antes de responder.

—Significa que nuestra madre acaba de convertirnos en tus niñeras durante un año.