Capítulo 5
Al cruzar las puertas francesas, Em se desvió hacia la entrada para recuperar la maleta que había dejado junto a la pared.
La encontró exactamente donde la había abandonado, rodeada ahora por dos vasos de plástico que alguien había dejado sobre el suelo y una sandalia que no parecía pertenecer a nadie cercano.
Sujetó el asa, acomodó la mochila sobre los hombros y siguió a Piers por un corredor lateral mientras Kain y Tim caminaban detrás de ella.
El ruido de la fiesta disminuyó conforme se alejaron de la sala principal.
Piers avanzaba sin mirar hacia atrás, todavía con el cabello húmedo pegado a la espalda y la toalla apoyada sobre un hombro.
Había recuperado parte de la ropa después de salir de la piscina y llevaba unos pantalones cortos oscuros, aunque seguía descalzo.
Su expresión había perdido cualquier rastro de la sonrisa que Em había alcanzado a ver desde las puertas francesas antes de que la mujer apareciera.
El corredor terminaba frente a unas puertas dobles de madera oscura. Em caminaba muy cerca porque una de las ruedas de la maleta se trababa cada pocos metros en las uniones del piso y estaba concentrada en evitar que se volcara cuando Piers se detuvo de improviso para abrir.
Em chocó contra su espalda. El golpe no fue fuerte, pero bastó para que sus lentes resbalaran por la nariz y cayeran al suelo.
—Ay, lo siento —dijo mientras soltaba la maleta y se agachaba de inmediato.
Piers se volvió con la mandíbula tensa y miró primero a Em y después a los lentes que habían quedado junto a sus pies, recogiendolos rápidamente.
—Entren —dijo Piers mientras abría las puertas del despacho.
Em pasó primero con la maleta, seguida por Kain y Tim. Megan avanzó detrás de ellos con la intención evidente de entrar también, pero Piers se volvió antes de que alcanzara el umbral.
—Tú no.
Megan se detuvo con una expresión de incredulidad.
—¿Cómo que yo no?
Piers miró hacia el corredor y alzó la voz.
—Beau.
Uno de sus amigos apareció desde la sala con una cerveza en la mano y se quedó esperando.
—Llévate a Megan a tomar algo y consigue que, por una puta vez, calme ese carácter de mierda que tiene.
—Pierson, no necesito que nadie me lleve a ninguna parte —replicó Megan, girándose hacia Beau.
—Perfecto, entonces no hay razón para que te quedes —respondió él mientras le hacía un gesto hacia la puerta.
Megan lanzó una última mirada a Piers, pero él ya había vuelto a abrir la puerta del despacho.
—Después hablamos.
Sin darle oportunidad de continuar, Piers hizo pasar a sus hermanos y cerró la puerta detrás de ellos.
El despacho ocupaba una habitación amplia orientada hacia uno de los costados de la propiedad.
No tenía la decoración recargada que Em habría esperado en una casa de aquellas dimensiones.
Dos ventanales altos dejaban entrar la luz de la tarde y daban hacia una zona arbolada del terreno, mientras unas cortinas oscuras permanecían recogidas a ambos lados.
Las paredes estaban pintadas en un tono gris cálido y buena parte del mobiliario era de madera oscura, sólido y funcional.
Una mesa de trabajo ocupaba el centro de uno de los muros, cubierta por planos extendidos, reglas metálicas, lápices, escuadras y varias muestras de materiales sujetas con pinzas.
Cerca de los ventanales había un escritorio más grande con un computador, una lámpara articulada y dos carpetas abiertas.
Los estantes contenían libros de arquitectura, construcción, restauración y varios volúmenes de historia que sobresalían entre manuales técnicos y catálogos.
Frente al escritorio habían dispuesto un sofá largo de cuero marrón y dos sillones más pequeños alrededor de una mesa baja. No parecía una habitación preparada para recibir visitas, sino un espacio utilizado todos los días por alguien que prefería tener el trabajo a mano.
Em alcanzó a observar un plano sujeto con pesas en una esquina antes de que Piers señalara el sofá.
—Siéntate —dijo Kain—. Y ahora dinos quién diablos eres y qué es eso del intercambio.
Ella dejó la maleta junto a uno de los brazos del sofá y se quitó por fin la mochila. Los hombros le dolían después de llevarla durante buena parte del trayecto y la sed seguía siendo suficientemente intensa para hacerle recordar el trago que había robado del vaso del pelo platino.
Antes de sentarse miró hacia el que suponía que era el mayor.
—¿Pueden darme agua, por favor? —pidió Em, llevándose una mano a la garganta—. La tengo seca y ese trago no ayudó precisamente con la sed.
Piers se dirigió a un pequeño refrigerador empotrado junto a una de las estanterías.
Lo mantenía allí porque podía pasar horas revisando planos en el despacho y, con el calor de Louisiana, acostumbraba guardar botellas de agua fría y agua mineral para no tener que cruzar la casa cada vez que necesitaba beber.
Abrió la puerta, sacó una botella y apenas alcanzó a extenderla antes de que Em prácticamente se la quitara de la mano.
Ella desenroscó la tapa y bebió durante varios segundos sin detenerse. Kain dejó de mirar los documentos, Tim levantó las cejas y Piers permaneció frente a ella, entre sorprendido y preocupado, mientras el nivel del agua bajaba a toda velocidad sin que Em se atragantara ni una sola vez.
Em finalmente la apartó de los labios y respiró con alivio.
—Gracias —dijo, todavía sosteniéndola con ambas manos—. Estaba muriendo de sed.
Piers esperó a que terminara de beber antes de sentarse frente a ella. La expresión de fastidio que Megan había provocado seguía marcándole el rostro, aunque ahora observaba a Em con más atención.
—Bien, empecemos por lo básico nuevamente. ¿Quién eres tú y por qué Megan está hablando de un programa de intercambio?
—Emily Fisher, aunque todos me dicen Em —respondió mientras dejaba la botella sobre la mesa y abría la mochila—.
Estudio astrofísica y vine a cursar este semestre en la Universidad de Louisiana en Lafayette.
El programa de intercambio organizó mi alojamiento hace varias semanas y esta es la dirección que me asignaron.
Buscó entre una carpeta y varios papeles hasta encontrar la confirmación impresa. Piers extendió la mano para recibirla, pero Kain ya se había levantado del sillón y se inclinó por encima del hombro de su hermano para leer.
—A ver qué dice eso —comentó con una sonrisa todavía divertida.
La expresión le duró apenas unos segundos.
—Es nuestra dirección.
—Eso llevo intentando explicar desde que llegué —respondió Em mientras sacaba otra hoja de la carpeta—. Y también tengo la información de la persona responsable del alojamiento.
Colocó sobre la mesa una página donde aparecía una fotografía junto con los datos de contacto. Tim, que hasta entonces había permanecido apoyado en uno de los brazos del sofá, se acercó para verla mejor.
—Es mamá —dijo, señalando la imagen.
Kain miró la fotografía y soltó una risa.
—Qué guapa sale.
—Claro que sale guapa, idiota. Es nuestra madre —respondió Tim mientras le apartaba la mano del documento.
El alivio apareció inmediatamente en el rostro de Em. Se acomodó los lentes y miró a los tres hermanos con una sonrisa que ninguno correspondió.
—Su madre. Perfecto, entonces sí estoy en el lugar correcto. Por un momento pensé que la universidad había cometido algún error con la dirección.
Los hermanos intercambiaron una mirada.
Em no alcanzó a interpretarla.
—Si me dicen dónde está mi habitación, puedo instalarme y prometo no interrumpir su fiesta —continuó mientras empezaba a guardar los papeles.
Kain apoyó una mano sobre la mesa antes de que ella pudiera cerrar la carpeta.
—Linda, ¿de verdad crees que vamos a dejarte instalada aquí sin más?
Em levantó la vista hacia él.
—¿A qué te refieres?
Tim volvió a tomar la hoja y revisó la fecha.
—Mamá no recibe estudiantes desde hace años.
Em dejó de guardar los documentos.
—¿Cómo que desde hace años?
Piers tomó su teléfono de encima del escritorio y buscó un contacto.
—Primero llamemos a mamá —dijo Piers—. Quizá ella sepa por qué te enviaron a esta dirección. Después veremos dónde vas a dormir.
Piers buscó el contacto de su madre y activó la videollamada antes de que Kain pudiera sugerir otra cosa.
Tim acercó uno de los sillones con el pie y se quedó junto al escritorio, mientras Em permanecía en el sofá con la carpeta de la universidad sobre las piernas, todavía intentando comprender cómo una dirección oficial podía llevar años desactualizada sin que nadie pareciera haberlo notado.
La llamada tardó varios tonos en conectarse.
Cuando Lydia Ferman apareció en la pantalla, ninguno de sus hijos encontró inmediatamente la oportunidad de hablar.
Su madre estaba bajo una pérgola de madera, rodeada por varias mujeres vestidas con ropa deportiva que seguían una coreografía frente a una instructora.
La música llegaba amortiguada por el teléfono y, detrás de Lydia, dos participantes levantaban los brazos al mismo tiempo mientras otra intentaba recuperar el paso con evidente dificultad.
—Mamá, necesitamos hablar contigo —dijo Piers, apoyando el teléfono contra una caja de madera sobre el escritorio para que los tres pudieran verla.
Lydia se apartó del grupo y caminó hacia uno de los pilares de la pérgola mientras se secaba la frente con una pequeña toalla.
—Si es por la caja que dejé en el garaje, ya les dije que pueden llevarla arriba —respondió mientras ajustaba el teléfono para verlos mejor—. Tengo diez minutos antes de que empiece la siguiente canción.
—No es por ninguna caja —intervino Kain, inclinándose hacia la pantalla—. Hay una mujer en nuestra casa.
Su madre arqueó las cejas.
—Eso no parece precisamente una emergencia tratándose de ustedes.
Tim soltó una carcajada y recibió de Kain una mirada que habría bastado para hacerlo callar si no estuviera disfrutando demasiado de la conversación.