Capítulo 4 #2
Em se quedó junto a las puertas con la mochila todavía sobre los hombros y recorrió el patio con la mirada antes de sacar el teléfono del bolsillo.
Había viajado desde Michigan para participar en un intercambio universitario y todos los documentos que llevaba guardados indicaban que aquella era la dirección donde debía instalarse durante los próximos meses.
Revisó una vez más el número que aparecía en la pantalla y después levantó la vista hacia la fiesta.
Apenas había guardado el teléfono cuando una voz femenina surgió detrás de ella con suficiente energía para imponerse incluso sobre la música.
—Perdona, ¿quién eres tú?
Em se volvió y encontró a una mujer que avanzaba desde el corredor con pasos rápidos, esquivando a dos invitados sin molestarse en pedirles permiso.
Tendría unos veinticinco años y llevaba un vestido corto de verano ceñido al cuerpo, sandalias de plataforma y el cabello rubio recogido en una coleta alta que se balanceaba con cada movimiento.
Era atractiva y parecía saberlo, aunque en ese momento su expresión estaba demasiado ocupada examinando a Em desde los lentes hasta las zapatillas como para resultar especialmente amistosa.
—Emily Fisher —respondió Em, acomodándose una de las correas de la mochila—. Aunque todos me llaman Em. Estoy buscando a la señora responsable de esta casa.
La mujer frunció el ceño y se acercó un poco más.
—¿Responsable de la casa?
—Sí. Vengo por el programa de intercambio universitario. Se supone que voy a alojarme aquí durante dos semestres.
La explicación consiguió que la expresión de la desconocida pasara de la sospecha a una incredulidad casi ofendida.
—¿Intercambio universitario? —repitió mientras miraba hacia el patio y después otra vez a Em—. ¿De dónde vienes?
—De Michigan.
—Perfecto. Ahora también las traen de otros estados.
Em tardó un instante en decidir si había escuchado correctamente.
—¿Perdón?
Antes de que Em pudiera preguntarle qué significaba aquello, la mujer empezó a avanzar hacia el exterior con una determinación que obligó a dos personas a apartarse. Una muchacha que estaba cerca de las puertas la reconoció y tocó inmediatamente el brazo de su acompañante.
—Megan está aquí —murmuró, aunque no lo bastante bajo para que Em dejara de oírla.
El muchacho siguió con la vista a la recién llegada y dejó escapar una expresión resignada.
—Habrá espectáculo. Voy a grabar —dijo uno de los muchachos cerca de la piscina mientras sacaba el teléfono del bolsillo.
Em miró a Megan alejarse hacia el patio y, después de una breve vacilación, decidió seguirla. Si aquella mujer conocía a los dueños de la casa, probablemente era su mejor oportunidad de averiguar por qué la dirección del programa de intercambio la había llevado hasta allí.
Mientras Megan cruzaba el patio. Varias personas repararon en ella conforme avanzaba, y algunas dejaron de conversar para seguir su recorrido hacia la piscina.
Aquello parecía ocurrir con suficiente frecuencia para que nadie sintiera verdadera sorpresa, aunque más de uno adoptó la expresión de quien acababa de reconocer el comienzo de una escena conocida.
Cerca del extremo más profundo de la piscina, Piers descansaba con los brazos apoyados sobre el borde mientras conversaba con una joven sentada a pocos centímetros de él.
Tenía el cabello húmedo, suelto sobre los hombros, y la camiseta que había llevado durante la tarde había desaparecido en algún momento después de que llegaran los primeros invitados.
La mujer inclinó la cabeza para decirle alguna cosa y Piers respondió con una sonrisa que desapareció en cuanto escuchó su nombre.
—¡Pierson!
Megan se detuvo junto a la piscina con ambas manos en la cintura. Varias cabezas se volvieron hacia ella.
Piers cerró los ojos durante un segundo antes de mirar en su dirección.
—Megan.
—¿Ahora traes mujeres de Michigan?
La joven que estaba junto a él lo miró con evidente curiosidad, mientras Piers apoyaba las manos sobre el borde y salía del agua sin apresurarse. El gesto de fastidio en su rostro bastó para que dos muchachos sentados cerca intercambiaran una mirada.
—Oh, no —murmuró uno de ellos—. Otra vez no.
—Megan, basta —dijo Piers mientras tomaba una toalla de una silla y se la pasaba por el cabello—. ¿Qué diablos estás diciendo ahora? Ni siquiera estás invitada.
—Estoy hablando de esa chica que acaba de llegar, diciendo que viene a vivir aquí.
Piers dejó de secarse. Kain, que se encontraba junto a una mesa abriendo otra cerveza, volvió inmediatamente la cabeza hacia la casa. Tim hizo lo mismo desde el otro lado de la piscina.
Megan giró con intención de señalar hacia las puertas francesas, pero se encontró a Em a menos de dos pasos de ella. La miró con sorpresa y frunció el ceño.
—¿Cómo llegaste tan rápido?
—Te seguí todo el tiempo —respondió Em, ajustándose la mochila sobre un hombro.
Megan abrió la boca, aunque Piers intervino antes de que pudiera decir nada.
—De verdad, Megan, qué manera tienes de querer llamar la atención —dijo mientras pasaba la toalla por el cabello húmedo—. Estoy harto de estas escenas.
Em permaneció junto a ellos sin saber todavía quién debía explicarle por qué estaba allí.
Después del viaje, la caminata desde la cafetería y varios minutos bajo el calor de Louisiana, tenía el cabello pegado a la nuca y la camiseta húmeda en la espalda.
La boca se le había secado hacía rato y empezaba a sentir que, si aquella conversación se prolongaba demasiado, tendría que interrumpirla únicamente para pedir un vaso de agua.
Kain se acercó desde uno de los costados con un vaso en la mano, atraído por la discusión y por la presencia de la desconocida que había conseguido que Megan atravesara el patio como si estuviera persiguiendo un incendio.
Alcanzó a detenerse junto a Piers cuando Em reparó en el vaso y, después de tantos minutos con la garganta seca, dejó de preocuparse por las formas.
—Perdona —dijo mientras le quitaba el vaso antes de que él pudiera reaccionar.
Bebió un trago demasiado largo y casi de inmediato frunció el rostro.
El líquido le quemó la lengua y la garganta con una fuerza que no esperaba, y terminó escupiéndolo hacia un costado mientras se cubría la boca con una mano.
Cerca de la piscina se escucharon varios “uy” seguidos por algunas risas que hicieron que Em cerrara los ojos un segundo, mortificada.
Kain la observó primero a ella y después al vaso que todavía sostenía.
—¿Qué te pasa? —preguntó, desconcertado.
—Lo siento —respondió Em, devolviéndoselo mientras intentaba recuperar el aliento—. Pensé que era agua. Necesito agua de verdad.
La expresión divertida que empezaba a aparecer en el rostro de Kain desapareció cuando reparó en las mejillas enrojecidas de Em, el cabello pegado a la nuca y la camiseta húmeda por la caminata bajo el calor. Giró hacia su hermano con el ceño fruncido.
—Piers, ¿qué mierda está pasando?
Piers miró alrededor, consciente de que media fiesta seguía pendiente de ellos, y señaló hacia el interior de la casa.
—Adentro. Vamos a averiguarlo allí.
Kain se apartó para dejar pasar a Em mientras Piers avanzaba hacia las puertas francesas. Ella los siguió sin discutir, agradecida por salir del sol y, sobre todo, porque por fin parecía haber alguien dispuesto a explicarle qué estaba ocurriendo.
Tim llegó desde el otro lado de la piscina justo cuando Piers empezaba a dirigirse hacia la casa. Pasó junto a Megan, que seguía con los brazos cruzados y una expresión poco dispuesta a quedarse fuera de la conversación, y le hizo un gesto con la cabeza hacia las puertas.
—Tú también vienes, querida —dijo Tim al pasar a su lado—. Si empezaste todo esto, al menos tendrás que escuchar cómo termina.
Megan soltó una exhalación molesta, pero los siguió sin protestar.
Piers entró primero, Kain avanzó detrás de él y Em caminó entre ambos con la mochila todavía sobre los hombros, agradeciendo cada segundo que la alejaba del calor.
Tim cerró el grupo junto a Megan mientras afuera la música continuaba y varias miradas los acompañaban hasta que desaparecieron dentro de la casa.