Capítulo 4
Un retraso en el vuelo de conexión hizo que Em aterrizara en el Lafayette Regional Airport poco después de las cinco de la tarde, casi tres horas más tarde de lo previsto.
Para cuando Em recuperó la maleta, encontró el punto de encuentro indicado por el programa y terminó el trayecto en el vehículo que distribuía a varios estudiantes por distintos alojamientos, el reloj se acercaba a las cinco y media.
Los otros pasajeros fueron bajando uno a uno hasta que el conductor la dejó cerca del centro de una pequeña localidad al sur de Lafayette, con la dirección anotada en el teléfono y la explicación de que desde allí tendría que recorrer las últimas calles por su cuenta.
Louisiana se parecía muy poco al Michigan que había dejado aquella mañana.
El calor se le pegó a los brazos apenas bajó del vehículo, y la humedad hizo inútil en pocos minutos el cuidado con que había alisado el cabello antes de salir de casa.
A ambos lados de la calle había comercios bajos, árboles enormes y automóviles estacionados sin demasiado orden, mientras más allá de las últimas construcciones comenzaban a aparecer terrenos abiertos y caminos rodeados de vegetación.
La pantalla del teléfono insistía en que la dirección quedaba cerca, aunque la ruta terminaba en una vía secundaria que Em no lograba identificar desde donde estaba.
Después de arrastrar la maleta durante una cuadra y lamentar haber incluido aquel pesado atlas estelar en el equipaje, encontró una cafetería de fachada antigua con un letrero de madera sobre la entrada: Holler Cafeteria.
El interior estaba casi vacío a esa hora.
Dos hombres mayores ocupaban una mesa junto a la ventana y una mujer terminaba un café mientras revisaba el teléfono.
Detrás del mostrador, un muchacho de unos veinticinco años secaba unos vasos y conversaba en español con alguien que trabajaba en la cocina.
Em se acercó con el teléfono en la mano.
—Disculpa, ¿podrías ayudarme con una dirección? —preguntó después de esperar a que él terminara con el vaso.
El camarero dejó el paño sobre el mostrador y miró la pantalla que ella le mostró.
—Claro. ¿Cypress Bend Road? —leyó, acercándose un poco—. Sí, conozco esa zona. ¿Buscas una casa en particular?
—Esta.
Cuando Em señaló el número, el joven levantó las cejas y volvió a mirarla. Tendría unos veinticinco años y era bastante guapo, con el cabello oscuro y una sonrisa fácil. Al hablar se le notaba un ligero acento latino que ella no consiguió ubicar.
—Ah, la casona blanca.
Desde el extremo del mostrador, un hombre de unos sesenta años que revisaba unas facturas levantó la vista. Tenía el cabello gris y una camisa de cuadros remangada. El hombre se tomó su tiempo antes de agregar también; en aquel local parecía conocer a todo el mundo.
—¿La de los Ferman? —preguntó.
El camarero asintió.
—Esa misma.
Em miró de uno a otro.
—Según el programa de intercambio, voy a alojarme allí.
El propietario dejó las facturas sobre el mostrador.
—Solo sigue esta calle hasta el cruce, tomas Cypress Bend y continúas unos diez minutos. La casa está apartada del camino y tiene un frente de grava bastante largo.
El camarero volvió a observar la dirección y sonrió.
—Aunque parece que hoy tienen fiesta.
Em frunció ligeramente el ceño.
—¿Fiesta?
—Vi varias camionetas pasar hacia allá cuando venía a trabajar —explicó él—. Es viernes y hace un calor terrible. No sería raro.
El propietario soltó una pequeña risa mientras recogía nuevamente las facturas.
—Tampoco sería raro tratándose de los Ferman.
Em guardó el teléfono y sujetó mejor el asa de la maleta.
—Gracias. Supongo que encontraré a la señora de la casa de todas maneras.
Los dos hombres intercambiaron una mirada tan breve que Em no alcanzó a interpretarla, mientras tomaba nuevamente la mochila y la maleta ya dando media vuelta.
—Seguro que encuentras a alguien —respondió el camarero antes de indicarle la salida con una mano—. Cuando llegues a Cypress Bend, sigue por el lado derecho. Vas a reconocer la propiedad enseguida.
El propietario frunció el ceño mientras intentaba recordar.
—Ahora que lo pienso, hace años esa casa recibía estudiantes —comentó mientras miraba a la muchacha marcharse y mirando al camarero—. Creo que funcionó durante un tiempo como alojamiento para programas universitarios, aunque estaba seguro de que eso había terminado.
El joven soltó una risa mientras recogía el paño del mostrador.
—Con todas las mujeres que ya tienen a su disposición, ¿ahora también quieren estudiantes de intercambio? Supongo que esas cosas solo se las pueden permitir los guapos.
El propietario negó con la cabeza, divertido, y ambos rieron antes de regresar a sus tareas.
Unos quince minutos después, el pavimento dejó paso a un camino más estrecho bordeado de árboles.
Las casas aparecían cada vez más separadas, algunas ocultas detrás de robles y cipreses, con entradas largas y buzones junto a la carretera.
El ruido de las ruedas de la maleta resultaba incómodo sobre la grava acumulada en los bordes, y Em terminó levantándola durante algunos tramos para evitar que una de las ruedas se atascara.
La dirección apareció en el teléfono justo cuando comenzó a escuchar música.
Al otro lado de un amplio frente de grava había varias camionetas y automóviles estacionados junto a un garaje.
Más allá se extendía un terreno cubierto de césped que necesitaba un corte, rodeado por árboles suficientemente altos para ocultar buena parte de las propiedades vecinas.
La música llegaba desde algún punto detrás de la casa, acompañada por voces y carcajadas imposibles de ignorar mientras ella avanzaba.
Se detuvo al comienzo del acceso y volvió a consultar la dirección en el teléfono antes de mirar otra vez hacia la propiedad.
El número coincidía, Cypress Bend Road también, y la aplicación marcaba exactamente aquel punto.
Em acercó la pantalla al rostro, revisó los datos una segunda vez y, al comprobar que no había ningún error, sujetó el asa de la maleta y empezó a avanzar por la entrada de grava.
A medida que se acercaba a la casa, la cantidad de vehículos empezó a resultarle difícil de conciliar con la información que había recibido del programa.
Varias camionetas de trabajo ocupaban parte del acceso junto a un jeep sin puertas, dos automóviles compactos y una motocicleta estacionada cerca del garaje.
En una de las camionetas alcanzó a leer Ferman Contracting, el mismo apellido que había mencionado el propietario de Holler Cafeteria.
La música también aumentaba con cada paso y, cuando llegó a la entrada principal, el bajo se distinguía perfectamente detrás de la puerta.
Em se acomodó los lentes, comprobó una vez más el número fijado junto a la entrada y presionó el timbre.
Pasaron varios segundos sin que nadie acudiera, de modo que volvió a tocar y esperó mientras escuchaba voces y risas al otro lado.
Esta vez la puerta se abrió con rapidez y una joven en bikini apareció frente a ella con el cabello mojado y una lata de cerveza en la mano.
—Hola, estoy buscando a... —alcanzó a decir Em.
Un hombre apareció detrás de la muchacha antes de que pudiera terminar, le rodeó la cintura con ambos brazos y la levantó del suelo.
—¡Bájame, idiota! —protestó ella entre risas mientras intentaba apartarle las manos.
—Dijiste que querías volver a la piscina —respondió él mientras comenzaba a llevársela por el pasillo.
—¡No de esta manera!
Los dos desaparecieron hacia el interior sin volver la cabeza, y la puerta quedó completamente abierta frente a Em.
Ella permaneció en el umbral con una mano sobre la maleta, esperando que alguno regresara o que otra persona se acercara a preguntarle quién era, pero nadie pareció reparar en su presencia.
Desde el interior llegaban conversaciones superpuestas, música y el ruido de personas entrando y saliendo de distintas habitaciones.
La dirección continuaba siendo correcta, y la mujer que figuraba como responsable de su alojamiento debía encontrarse en alguna parte de aquella propiedad, así que Em se inclinó ligeramente hacia el interior.
—¿Hola? —llamó con más fuerza.
Nadie respondió. Después de esperar unos segundos, cruzó la entrada con cautela y dejó la maleta junto a la pared para no arrastrarla por toda la casa.
En la sala encontró varias latas de cerveza sobre una mesa, vasos de plástico abandonados entre platos y una pareja que se besaba en uno de los sofás sin interesarse por las personas que pasaban a su alrededor.
Dos muchachos atravesaron el corredor cargando una hielera entre ambos y continuaron hacia el fondo mientras discutían sobre quién había terminado la última caja de cerveza.
Em volvió la cabeza hacia la puerta abierta y consideró regresar al camino, revisar nuevamente la dirección y llamar al número de emergencia del programa.
Antes de decidirlo, vio al final del corredor unas puertas francesas abiertas que comunicaban con la parte trasera de la propiedad, desde donde llegaban la mayor parte de la música y las voces.
Avanzó unos metros hasta alcanzar las puertas y pudo ver por primera vez el patio.
Una piscina de grandes dimensiones ocupaba buena parte del terreno, rodeada por personas en traje de baño, toallas extendidas sobre las sillas y hieleras abiertas junto a las mesas.
Cerca de los parlantes, un grupo bailaba mientras otros conversaban con vasos en la mano, y dos hombres acababan de lanzarse al agua desde extremos distintos, salpicando a quienes estaban sentados en el borde.
Más cerca de la casa, varias personas se reunían alrededor de la parrilla mientras alguien repartía carne sobre platos de papel.