Epílogo 1
Víctor
N o me puedo creer que hoy sea el gran día. Hoy por fin se inaugura el V.V Hotel de Laxe. Quién me iba a decir a mí que este hotel me daría tanto.
Llegué hace más de medio año con ganas de empezar este proyecto, pero a su vez, pensando en que quizás no saldría bien. Mi padre se empeñó en que tenía que ser este lugar sí o sí. Y, aunque me costó darme cuenta, reconozco que tuvo razón. Este lugar es perfecto.
—¿Estás preparado?
Sabela entra en nuestra habitación con un vestido de manga larga roja que le llega hasta los tobillos y se ciñe en todas sus curvas. Decir que está guapa es quedarse corto. Voy a tener que luchar mucho para no besarla a cada hora que pase.
Llevamos dos meses viviendo juntos. Después de toda la parafernalia que monté en septiembre, decidimos darnos un tiempo para ver a dónde nos llevaba esto.
Y, como no iba a ser de otra manera, nos llevó a estar más unidos y enamorados si cabe.
Estar con Sabela es como meterte en un coche y que el conductor sea un mapache con sobredosis: caótico y estimulante.
Pero no cambiaría nada de ella; todo en conjunto es lo que la hace especial. Y por eso es la mujer de mi vida.
—Estás preciosa, vecinita .
—No más que tú, vecinito . —Sonríe de oreja a oreja y se acerca a ponerme bien la corbata—. Desde que te conozco, miro los trajes desde otra perspectiva.
—¿Ah, sí? ¿ Por qué?
—Porque nunca había visto a nadie tan sumamente guapo con uno.
—¿Estoy causando efecto en ti? —La tomo de las caderas y la pego a mí, para que vea y note que ella sí causa efecto en mí. Siempre.
—Estoy deseando que sea por la noche para quitártelo.
—Mierda. Tenemos que parar si queremos salir de casa.
Beso sus labios y, tras tomarla de la mano, nos dirigimos al coche y ponemos rumbo al hotel.
∞∞∞
Cuando llegamos, familiares, amigos y vecinos nos ovacionan en cuanto ponemos un pie en la recepción. Fátima se lanza a los brazos de Sabela al mismo tiempo que mi madre hace lo mismo conmigo. No hay palabras para expresar lo feliz que me siento al tener aquí a mis seres queridos. Sobre todo ella .
—Has hecho un buen trabajo, tesoro. —Mi madre toma mi rostro entre sus manos y noto cómo sus ojos se aguan—. ¡Yo no quería llorar!
Sonrío porque me alegra verla bien, tan llena de vida. Por fin su sufrimiento ha terminado. Hace un mes, le dieron el alta definitiva.
Tras abrazarme a mí, hace lo mismo con Sabela y un nudo se instala en mi pecho cada vez que las veo juntas.
Son las dos personas más importantes de mi vida; verlas bien y juntas es todo un regalo.
Aunque, para mi desgracia, ahora tengo dos compinches contra mí.
Ambas me dan más quebraderos de cabeza de los que pueda contar.
Xoán palmea mi espalda con cariño y Fátima me da un ligero apretón. Andrea, mi preciosa e incontrolable sobrina, se lanza a mis brazos como si le fuese la vida en ello. También llama a Sabela, aunque le gusta decir tita . Mi chica casi se desmayó al escucharla por primera vez.
Cuando termino de saludar a todos, me dirijo hacia el pequeño escenario que hemos montado en el restaurante para llevar a cabo la apertura.
Estamos todo el equipo aquí: recepcionistas, cocineros, camareros, personal de limpieza y de gestión.
Todos acompañados de nuestros allegados para dar comienzo una nueva era.
Me aclaro la garganta y, echándole un último vistazo a mi chica, comienzo a hablar.
—Buenas tardes a todos. Hoy es un día muy especial ya que damos por iniciada la vida de este hotel.
No ha sido un proceso fácil, sobre todo la primera semana.
—Me fijo en Sabela que pone los ojos en blanco y puedo escuchar como la gente se ríe ante mis palabras—.
Pero ¿que sería del éxito sin un par de trabas?
Espero que traiga muchas alegrías y que todos nos sintamos a gusto con él.
Gracias a todo el equipo por formar parte, espero estar a la altura de vosotros.
Y a los demás, gracias por confiar en el proyecto.
∞∞∞
Tras la fiesta de inauguración del hotel, Sabela y yo decidimos venir al faro. Hace un frío de mil demonios fuera, así que estamos dentro del coche con la calefacción encendida. Son las diez de la noche y el cielo está encapotado de nubes, pero eso no nos impide ver al faro en todo su esplendor.
Palpo el bolsillo interior de mi chaqueta por quinta vez en una hora y sonrío. Nunca lo admitiría en voz alta, pero estoy acojonado. No por lo que tengo, sino por lo que significa. Llevo dos semanas buscando el momento indicado y esta mañana decidí que sería hoy.
—¿Qué prefieres: nadar desnuda ahora durante una hora o admitir que te gustaba desde el primer momento en que me viste? —Lanzo la pregunta aun sabiendo del rapapolvo que me voy a comer.
—Nadar desnuda. Te odiaba al principio y lo sabes.
—Eso es lo que tú crees, pero en el fondo sé que no.
Otra pregunta —tomo aire, notando cómo ese nudo que tengo en el estómago desde hace horas se intensifica.
Alcanzo la cajita de mi bolsillo, intentando que no se dé cuenta, y la miro a los ojos.
Parece mentira que me quite la respiración cada vez que la miro—: ¿Que prefieres: no volver a besarme nunca más o casarte conmigo?
Acompaño mis palabras dejándole la caja en las manos y abriéndola para que pueda ver el contenido. Sus ojos se aguan al observar el solitario que hay dentro. No es el primer anillo que le regalo, pero sí el más especial.
—¿Y bien? ¿Qué prefieres?
—No besarte nunca más, obviamente.
Pero lo hace. Toma mi rostro entre sus manos y pega nuestros labios como si llevara deseando besarme durante horas.
—¿Eso es un sí? —murmuro contra sus labios, deseando que me dé una respuesta. Aunque esto me haya dado varias pistas, quiero escuchar un sí de sus labios.
—Por supuesto que sí.