Un hotel con vistas al mar Epílogo 2
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Epílogo 2

Sabela

H oy estamos de nuevo en la noche más bonita del año: San Juan.

Y por suerte, este año tengo a una ayudante muy importante para hacer las camisetas.

Me giro hacia donde se encuentra mi pequeña, durmiendo como si nada.

Lleva así más de una hora, con los mofletes sonrosados y los labios fruncidos.

No es porque sea hija mía, pero está para comérsela.

Las camisetas son especiales, están dedicadas única y exclusivamente a ella. A nuestra pequeña Lúa, que llegó hace un mes para poner la vida de Víctor y la mía patas arriba. Así que he decidido que las camisetas de este año lleven una luna grande en el medio y, justo abajo, la fecha del día de hoy.

Unos golpes en la puerta me sacan de mis cavilaciones y, al momento, mi marido se cuela en el interior intentando hacer el menor ruido posible .

—¿Aún sigue en el quinto sueño? —me pregunta, acercándose a mí y echándole un vistazo a la pequeña—. No sé a quién sale de bella durmiente.

—A su tío Brais, seguro.

Víctor besa mis labios como si no acabase de verme hace unos minutos, pero no pienso quejarme. Puedo estar besándolo todo el día si me lo permite.

—Uxía lleva un buen rato preguntando por ti. Está insoportable.

Suelto una carcajada. Desde que mi cuñada anunció a principios de año que iba a ser madre de nuevo, está de un humor de perros. El embarazo de mi ahijado lo llevó bien, pero este es todo lo contrario. No duerme. No come. Prácticamente, respira y poco más. Gracias a Dios.

—Dile que ahora bajo. Solo me queda tu camiseta y la de la niña.

—Te están quedando preciosas, vecinita , eres una artista.

Parece mentira que, después de tres años juntos, me siga llamando igual que el primer día. No tiene mucho sentido porque, más que vecina, soy su «mujer» o su «compañera de cama». Pero tiene una forma tan sexy de decirlo que no puedo evitar sonreír.

Ambos nos giramos hacia el moisés y vemos cómo Lúa se retuerce, señal de que está a punto de despertarse.

Víctor se acerca a ella y la toma en brazos cuando empieza a hacer los primeros pucheros.

En cuanto siente a su padre, su expresión se relaja y parece la viva imagen de la paz.

Esta niña tiene ganado a su padre desde que nos enteramos que estaba embarazada.

No fue queriendo, se ve que la píldora se amarró a ese uno por ciento de fallo y aquí estamos.

El primer mes no paré de llorar. Pero luego, cuando la empecé a sentir dentro de mí, comprendí el llamado «amor maternal» del que tanto se habla. Desde ese instante, comprendí que viviría por y para ella. Y su padre, aunque no la haya llevado nueve meses en la barriga, la ama con todo su corazón.

La noche de hoy es especial, no solo por el nuevo miembro de la familia, sino porque —además— van a venir Pablo, su familia y Celia. Todos se han instalado en el famoso V.V Hotel del que ahora tanto presumo. Ver para creer.

—Es la hora, preciosa.

Víctor besa mi frente con cariño y, tras coger lo necesario y ponernos nuestras camisetas, bajamos a la calle donde ya se encuentran todos. Hago el reparto y sonrío encantada al vernos vestidos iguales. Es una tradición que me encanta y pienso hacer que mi hija la mantenga en el futuro.

Llegamos a la playa con tiempo de sobra para colocar todo bien y saludar a los vecinos, quienes se encuentran trabajando en las brasas para las sardinas y en la hoguera. También encuentro a mis amigos, con sus respectivas parejas, guardándonos un hueco a su lado.

Cuando empieza la fiesta, cogemos sitios y nos sentamos alrededor de la hoguera para disfrutar de la música, la comida y la bebida. Yo estoy sentada entre las piernas de Víctor, con Lúa en brazos, mientras este nos abraza a ambas como si tuviese miedo a que nos fuésemos a ir en cualquier momento.

—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te quiero? —Su voz me eriza la piel sin que pueda ponerle remedio. Decir que Víctor es un romántico es quedarse corta. Aunque, bueno, yo también lo soy ahora.

Quién me ha visto y quién me ve.

—No más que yo a ti. Gracias por venir a tocarme las narices y a hacer ese dichoso hotel con vistas al mar.