Un hotel con vistas al mar Capítulo 38
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Capítulo 38

Sabel a

L a semana pasa lenta. Muy lenta. Víctor ha venido todos los días a la tienda, pero no ha entrado. Se limita a quedarse en el banco de la entrada y dejarme notas.

El viernes por la mañana, cuando llego a la tienda, me espera un sobre rojo en el suelo.

Miro hacia todos lados, pero no veo a nadie.

Al cogerlo y abrirlo, mi corazón da un vuelco.

Dentro hay un folio en blanco, doblado en cuatro partes, y una foto nuestra en el Faro de Laxe.

Salimos viendo a la cámara, sonrientes. Felices. Algo impensable en estos momentos.

Al abrir la nota, leo en voz alta:

Si te fijas bien en mis ojos, puedes ver todo lo que siento por ti. Crees que te he hecho daño, pero en verdad, el daño nos lo estamos haciendo mutuamente por no solucionar esto. Necesito recuperarte. Y voy a conseguirlo.

Una lágrima traicionera comienza a descender por mi mejilla. No puede hacerme esto. Quiero matarlo con mis propias manos .

Antes de la hora de cerrar, Víctor se levanta del banco y me pasa otra nota por debajo de la puerta, como si fuese un admirador secreto y no pudiese conocer su identidad. Esto es ridículo.

Esta vez, el sobre es de color azul. Se ve que ha comprado un montón. Solo espero que se le gasten rápido para que toda esta pantomima termine.

Al abrirlo, me encuentro con una foto de ambos en la playa, metidos en el mar mientras nos besamos.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Víctor se empeñó en que quería hacerme una foto mientras nadaba y poco más el móvil le cae al agua.

Fue una tarde preciosa. Me costó Dios y ayuda que se metiera en el agua; según él, estaba muy fría. Saco la nota y leo para mí.

No sé si habrás leído la anterior nota, pero lo que dije iba enserio.

Quiero estar contigo, Sabela. Adoro tu forma de ser (aunque a veces me saques de quicio), adoro tu cuerpo y lo bien que se amolda al mío, pero sobre todo, adoro tus labios.

No sabes cuánto echo de menos besarlos. Cuando volvamos a estar juntos, pienso cobrarme todos lo que te debo de estos días.

Si la anterior nota me ha dolido, esta me ha destrozado. ¡No se va a cobrar una mierda porque no vamos a volver! Ni mañana ni nunca.

∞∞ ∞

El sábado vuelve la rutina de las notas. Por la mañana, la adjunta con una foto en el restaurante que comimos en Camariñas y sus palabras eran parecidas: que quiere recuperarme, que todo ha sido un malentendido y que quiere volver conmigo.

∞∞∞

Cuando llega el domingo, mi mente es un hervidero de caos y sentimientos a los cuales no sé ponerles nombre. De hecho, siempre suelo cerrar la tienda por las tardes, pero hoy me apetece trabajar. Así pienso menos.

Mentiría si dijera que no me gusta toda esta pantomima de las notas, porque me encanta. Ver esta faceta de Víctor me ha puesto los vellos de punta y, por un instante, siento la necesidad de ir corriendo a su encuentro y comérmelo a besos.

Pero se me pasa rápido. Ahora solo quiero coger todas las notas y metérselas por donde le quepan.

Son las seis y media de la tarde cuando la puerta se abre y el rey de Roma hace acto de presencia.

Llevo dos días sin verlo, más allá de verlo de espaldas cuando se sienta en el banco.

Una parte de mí se alegra al verlo tan diferente al Víctor que llegó hace unos meses: tiene más ojeras y el pelo desordenado.

Me gusta saber que no soy la única idiota que sufre aquí.

Pero no me ablando. Si estamos en esta situación de mierda es por él, no por mí.

—Hola. —Su voz, clara y concisa, llega a mis oídos y consigue que un escalofrío me recorra toda la espina dorsal—. ¿Has leído las notas?

—Sí, las he leído. Pero la respuesta sigue siendo la misma, Víctor, no quiero nada contigo.

—¿Cuándo te vas a dar cuenta de esta tozudez tuya y me vas a dar una oportunidad?

—Seré tozuda, pero por lo menos no me tiro a otros a la mínima de cambio.

Sé lo mucho que le duelen mis palabras, lo veo en su mirada y en cómo da un paso hacia atrás. No me enorgullezco de mi forma de ser, pero no puedo contenerme.

Da dos pasos hacia mí y me tiende un sobre. Ya es el sexto en estos días. Este es de color verde e incluso tiene una pegatina en medio.

—Vaya, con pegatina y todo. Sí que te has esmerado.

No dice nada, se limita a girarse y a marcharse por donde ha venido. Deja su olor impregnado en toda la tienda. Debería producirme nauseas, pero me reconforta. Lo echo de menos, aunque mi cabeza se empeñe en negarlo.

Abro el sobre con cuidado, saco la foto y la nota del interior.

No me creo lo que estoy viendo. En la foto salgo yo, desnuda, tapada con sus sábanas y dormida.

Debió de hacérmela en alguna de las noches que pasamos juntos en su apartamento.

Se me ve el tatuaje del brazo del tojo y el de la ola del mar en la clavícula.

Alcanzo la nota y leo en voz alta:

Te preguntarás cuándo te hice esta foto.

A riesgo de parecer un acosador, te la hice el primer día que dormiste conmigo.

Estabas tan en paz y tranquila que quise retratarlo.

Es raro verte así, ya que siempre tienes algo que decir.

Pero hasta eso me encanta de ti. Echo de menos pasar las noches contigo .

Hasta que no llegaste tú, no sabía lo que era compartir cama con nadie más allá de echar un polvo.

Echo de menos abrazarte y que beses mi pecho.

Echo de menos tus gemidos cuando me entierro en ti.

Echo de menos recorrer tus tatuajes con los dedos y besarlos uno por uno.

Y te echo de menos a ti. Cada día. Cada hora.

Cada minuto. Por favor, si has llegado al final de esta nota, sal a la plaza.

¿Que salga a la plaza? Pero ¿qué se ha fumado? Guardo la nota de cualquier manera en el sobre y la dejo en el mostrador. Tengo una lucha interna sobre qué hacer. Me paseo por la tienda como pollo sin cabeza.

A las siete, decido cerrar; apenas han venido un par de vecinos y necesito aclarar mis ideas. Quizás vaya al faro o a darme un baño. Lo que sea con tal de no pensar en el señorito Víctor Vázquez.

Estoy haciendo el recuento de la caja registradora cuando me llegan a los oídos sonidos de trompetas, música y gritos. ¿Hay una fiesta en el pueblo y no lo sabía?

Cierro la caja y salgo de la tienda para darme de bruces con mis padres. Hasta ahí todo bien, si no fuese porque llevan una camiseta que pone «Vuelve conmigo, vecinita » junto una foto mía y de Víctor.

—Decidme que esto es una puñetera broma —maldigo.

La sonrisa de mi madre se ensancha.

—Si llegas a tardar cinco minutos más en salir, hubiésemos entrado para sacarte a rastras. ¡Sabía que tenía una hija terca, pero no tanto! Llevamos una hora esperándote —comenta y me coge del brazo para llevarme a la fuerza hacia la plaza.

Allí se encuentra el resto de mi familia, amigos y muchos de los vecinos del pueblo.

Ahora entiendo de dónde salía ese ruido; todos llevan matasuegras, tambores, trompetas y demás.

En lo alto, una pancarta recorre la plaza de un lado a otro con la misma frase y la misma foto que las camisetas que tiene todo el mundo.

—Lo voy a matar —comento por lo bajini porque no es broma. ¿Cómo se le ocurre hacerme esto?

El causante de todo ese tinglado aparece entre la gente, que se va apartando a su paso como si fuese Moisés con las aguas.

—¿Qué coño es esto, Víctor?

—El último cartucho para hacer que vuelvas conmigo.

—Eso no va a pasar.

—Te fuiste de Madrid pensando que había estado con otra, pero no es así. Y tengo pruebas. —Saca el teléfono de su bolsillo y veo cómo lo toquetea antes de dármelo. Entra en la conversación de WhatsApp con Pablo—. Escucha el audio, por favor.

Miro a mi familia y amigos, que me animan a hacerlo.

—¡La puta Sonia, la que ha liado! ¡Se estaba tirando a Joaquín en tu despacho!

Fue a posta, claro está. Lo confesó antes de que Mara casi la cogiese por los pelos.

La que te has perdido, amigo. No sabía yo que tenía una mujer tan guerrera, pero puedo asegurarte de que me he enamorado todavía más de ella.

Así que dile a tu chica que falsa alarma.

Espero que la recuperes, sino tendré que echar mano de Mara otra vez para darle su merecido.

Ah, y está despedida, así que no tienes de qué preocuparte. Hablamos, amigo. Vete informándome.

Cuando el audio termina, siento una presión en mi pecho que apenas me deja respirar. Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Víctor fijos en los míos. Hay esperanza. Y también amor. Siento que nadie me ha mirado así nunca.

—Te dije que jamás te haría daño. Al igual que te dije que haría lo que fuese para recuperarte.

—La has liado, pero bien. La vergüenza que estoy pasando en estos momentos no pienso perdonártela jamás —le digo, sollozando y dejo que tome mi rostro entre sus manos. Joder, cómo lo necesitaba—. Siento haber dudado de ti, pero de verdad que lo escu…

—Cómo puedes ver, Sonia lo hizo a posta para hacerte creer eso. Sí que es verdad que estuve con ella en el pasado, pero desde que empezamos, solo has estado tú. Y siempre será así.

—Gracias por no rendirte.

Poso mis manos sobre las suyas y sus labios forman una sonrisa que me llega al alma.

—Jamás me rendiría contigo, Sabela. Eres de las pocas cosas por las que merece la pena luchar.

Y sin dejar que diga nada más, pego mis labios a los suyos con la certeza de que, esta vez, he escogido bien.