Un hotel con vistas al mar Capítulo 37
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Capítulo 37

Víctor

E l amor es una mierda. Bueno, es una mierda cuando no lo tienes. Parece mentira que, por una vez que abro mi corazón, este acabe hecho pedazos. Las palabras de Sabela me dolieron, pero no tanto como su mirada. Sus ojos reflejaban una tristeza que hizo añicos todo mi cuerpo.

Son las tres y media de la madrugada y aquí sigo, en la playa.

Intentando que el mar, la arena o las estrellas que se encuentran en el cielo me den una respuesta que yo no logro encontrar.

Llevo aquí desde que me fui de la tienda.

Ni siquiera pasé por el hotel ni contesté a ninguna llamada.

Solo le mandé un mensaje a mi madre para ponerla al corriente de todo.

Me levanto a duras penas de la arena y camino hacia la orilla. La playa está desierta. Todo el pueblo lo está, mejor dicho. Solo se escucha el mar rompiendo en la orilla y las gaviotas.

—Tengo que encontrar una solución —me digo a mí mismo en voz alta, intentando autoconvencerme de que tengo que solucionar lo que quiera que haya pasado en Madrid .

Perder a Sabela no está dentro de mis planes.

Ni ahora ni nunca.

∞∞∞

No he pegado ojo en toda la noche. Cabeceé un par de minutos viendo la televisión, pero poco más. Estoy tomando un café de pie en el patio trasero cuando me suena el teléfono. Mi madre.

—Buenos días, cariño. —Su voz me sienta igual de bien que la cafeína a estas horas de la mañana. Es maravilloso escucharla, aunque no tenga ganas ni de sonreír—. ¿Qué pasó?

—Vino a verme a Madrid y se llevó una idea equivocada de mí.

—Cuéntamelo todo.

Y es lo que hago. Me paso una hora hablándole de nuestro encontronazo de ayer. De cómo Sabela cree que me tiré a Sonia cuando no he sido yo y que, por mucho que lo haya negado, se niega a escucharme.

—Está cerrada en banda, mamá, y no sé qué hacer para convencerla de lo contrario.

Mi madre se queda en silencio y ese mero gesto consigue ponerme de los nervios porque ella siempre tiene algo que decir.

—Tienes que reconquistarla. No conozco mucho a esa chica, pero ha conseguido algo muy valioso y es que ha abierto tu corazón. Ya solo por eso no deberías dejarla escapar.

—No quiero dejarla escapar, pero ¿qué hago si no quiere escucharme?

—Tendrás que pensar en otra estrategia.

Pensar no es lo mío y mi madre lo sabe, por eso puedo notar su sonrisilla al otro lado del teléfono.

Me despido de ella, prometiéndole llamarla de inmediato si hay algún avance. Nada más colgar, llamo a Pablo.

—Necesito que averigües quién estuvo follando el martes en mi despacho. Y lo necesito para ya.

—¿Qué te has fumado?

La respuesta de mi amigo casi consigue hacerme reír. Lástima que tenga un humor de perros en estos momentos. Lo pongo al día de todo lo de Sabela y puedo escuchar cómo maldice.

—Siempre supe que no era trigo limpio. ¡Seguro que lo hizo a posta! ¿Por qué sino iba a meterse en tu despacho?

—Va a desear no haberse bajado las bragas tan rápido. En cuanto sepas algo, me llamas.

—Cuenta con ello.

Salgo de casa con una ligera mejoría de humor. Pero cuando estoy llegando al hotel y veo a Xoán esperándome con cara de pocos amigos, se me corta la respiración.

—¿Podemos hablar un momento en privado?

No es que conozca a este hombre de toda la vida, pero jamás lo he visto tan serio. Incluso puedo notar cómo tiene unas ligeras ojeras bajo sus ojos. Joder, esto se nos está yendo de las manos.

—Por supuesto. Pasa.

Nos dirigimos hacia el despacho que ocupará el futuro encargado y lo invito a sentarse en uno de los sillones que se encuentran delante del escritorio .

—¿Un café, agua…? —le ofrezco, pero niega con la cabeza, por lo que tomo asiento enfrente y me preparo para lo peor.

—Confiaba en ti, Víctor. De verdad que sí.

—Xoán, no sé qué te habrá contado Sabela, pero es…

—No fue Sabela la que nos lo contó, fue Antón.

El mismo que la recogió llorando en Santiago y estuvo con ella toda la noche.

El que nos explicó lo que había pasado porque mi hija se niega a contarnos nada para evitar esto.

—Nos señala a ambos con la mano y yo tengo que luchar para no bajar la cabeza como un idiota—.

Me gustaría pedirte que te vayas del pueblo.

Proceso con calma lo que acaba de decirme. No puede estar hablando en serio. Sabe que tengo que terminar el hotel.

—Esa no es una opción, Xoán, tengo un trabajo que realizar aquí. Y aunque no lo tuviera, no pienso irme y dejar a Sabela. Aunque no me creas, lo que te dijeron es mentira. Yo no hice eso, joder, ni se me ocurriría. Quiero estar con tu hija. Lo quiero y lo necesito.

—Pues ella no quiere estar contigo y espero que sepas darle el espacio que se merece. Mi hija lleva dos días evitándonos, ¿tú sabes lo que es ver a tu hija, que siempre ha sido tan inquieta y respondona, pasar por la vida de puntillas?

—Sé que no me crees y que ella tampoco, pero no pienso parar hasta recuperarla. La quiero, Xoán. Puede que solo la conozca desde hace casi cuatro meses, pero Sabela es todo lo que quiero. Hoy, mañana y pasado. Y todos los días que me deje.

Xoán se queda callado y clava sus ojos en los míos. He de decir que, esa fuerza y rabia que tenía en la mirada cuando llegó, se ha ido disipando. Sé que en el fondo —muy en el fondo— quiere creerme, pero el amor por su hija es más fuerte. Y lo entiendo.

—No te voy a decir que no lo hagas porque no soy quién, pero puedo prometerte que, como le sigas haciendo daño, te meto en el barco y te lanzo en alta mar.

Una sonrisa se asoma en mis labios y, aunque él quiera evitarlo, también en los suyos.

—Sabela merece la pena, Xoán, y estoy dispuesto a hacer todo lo que esté en mi mano por ella.

Se despide de mí con un asentimiento de cabeza y desaparece del despacho, dejándome con una tormenta de sensaciones a la altura del pecho.

No sé cuánto tiempo me pasó aquí sentado, si cinco minutos o dos horas, pero cuando salgo del hotel, siento una pizca de esperanza. No sé si esto va a salir bien o no, pero lo que tengo claro es que voy a hacer todo lo posible para intentarlo.

Podré ser muchas cosas, pero no cobarde.