Capítulo 36
Sabela
E l día de ayer lo pasé en casa de Antón.
Tras estar un par de horas en el faro viendo el mar, le escribí y le pregunté si podía dormir en su casa.
No me veía con fuerzas para ir a la mía y contarles a mis padres todo lo sucedido.
Mi amigo me abrió las puertas de par en par y se ofreció a dejarme su dormitorio, pero me negué y me quedé con el sofá. Tampoco es que haya dormido mucho.
Hoy tampoco ha sido el día. A primera hora de la mañana, he llamado a Uxía y ha aparecido en casa de Antón sin entender nada.
Solo le hizo falta ver mis ojos llorosos y mis innegables ojeras para saber por dónde iban los tiros.
No le cuento la verdad, no me siento capacitada para ello, pero sí le explico que lo mío con Víctor ha terminado.
Si había algo que terminar, claro. Porque, ahora que lo pienso, ni yo misma sé lo que teníamos.
A pesar de los consejos de mi amigo y mi cuñada para que me dé un par de días de descanso, necesito volver a mi rutina.
A mis paseos por la playa al alba. A mis horas en la tienda conversando con las vecinas.
A mis noches leyendo y escuchando un poco de música.
Necesito volver a ser yo, aunque esté muy perdida.
Estos dos días han sido horribles. No he parado de pensar en él ni un solo segundo del día.
Tampoco ayudó que me siguiese llamando cada dos por tres o que me escribiese por la cuenta de Pablo.
Ayer por la noche, terminé de bloquearlo por todos los sitios posibles; de lo contrario, esto será insuperable.
Son las nueve de la mañana, aún queda un rato para que tenga que abrir la tienda, así que me despido de ambos y bajo hasta la playa.
Echo de menos sacar a Simba, pero me parece que tendrá que esperar un par de días.
Necesito meter los pies en el agua y sentir que todo está bien.
Que todo vuelve a la normalidad, aunque sea mentira.
Los escasos vecinos que se encuentran por la zona me saludan como siempre y, por más que lo intento, no me sale ser yo misma.
En cuanto llego a la tienda, alcanzo una botella de agua de una de las neveras y me bebo la mitad de un trago.
—Sabía que te encontraría aquí.
Una voz llega hasta donde estoy. Una voz que conozco demasiado bien. Y, en un primer momento, me imagino que es un producto de mi imaginación. Pero cuando me giro y lo encuentro en el umbral de la puerta, siento cómo la boca se me seca y se instala un nudo en mi garganta.
—¿Qué ha pasado, Sabela? El otro día me enteré que estuviste por Madrid, y ahora ni me contestas a los mensajes ni a las llamadas. Y encima me bloqueas. ¿Se puede saber qué te pasa?
Sus palabras se me clavan en el pecho como si fuesen dagas. Tiene que estar de broma… Después de lo que ha hecho, tiene los co jones de presentarse aquí como si nada y aún por encima echarme a mí la culpa.
—¿Que qué me pasa a mí? ¿¡Qué te pasa a ti!?
Víctor me mira como si no entendiese nada. He de decir que es mejor actor de lo que hubiese imaginado. A saber todas las veces que me la ha colado en estos meses. Joder, no quiero ni pensarlo.
—No sé de qué me estás hablando, Sabela.
—¡Os escuché! ¡Oí cómo te la tirabas, Víctor, delante de mis putas narices! Te fui a dar una sorpresa y escuché cómo te follabas a esa idiota en tu despacho.
Víctor, que se estaba acercando poco a poco a mí, se para en seco y abre los ojos como platos.
—Yo no me he tirado a nadie en mi despacho ni en ningún lado desde que empezamos, Sabela. No sé qué mierda habrás escuchado, pero te juro que no era yo.
—¡Era tu despacho! Me acerqué para avisarte, pero paré nada más escuchar vuestros gemidos y cómo la otra te pedía más. ¡En la puerta aparecía tu nombre!
No me doy cuenta de las lágrimas que salen de mis ojos hasta que un sabor salado se cuela en mi boca. No se merece ni una de ellas. No se merece nada.
—Te estás equivocando, Sabela. Yo no he hecho nada. Pero ¡si estoy loco por ti! ¿Tú sabes lo que te echo de menos cuando me voy? ¡Si hasta le he pedido a mi padre que me dejara aquí unos meses más porque no quiero separarme de ti!
—¡Eso es mentira !
Víctor acorta la distancia que hay entre nosotros y toma mi rostro entre sus manos, limpiando mis mejillas de lágrimas. Pega mi frente a la suya y cierra los ojos. Nuestras respiraciones entrecortadas se entrelazan y sus labios me llaman a gritos.
—Te juro que no he hecho nada. Me encantas, Sabela.
Le he pedido a mi padre quedarme más tiempo contigo.
Necesito ver a dónde nos lleva esto porque no quiero separarme de ti.
Jamás te haría eso. —Besa mi frente y, por un momento, sus palabras me dan esperanzas.
Pero mi cerebro las descarta, aunque mi corazón quiere creerlo—.
Antes que hacerte daño a ti, me lo hago a mí mismo, Sabela. Tienes que creerme.
—Yo ya no creo en nada ni en nadie, Víctor. Esto se ha terminado.
Su mirada se apaga en cuanto termino de hablar. Incluso puedo ver cómo sus ojos se aguan, pero me mantengo firme. Sus manos siguen en mis mejillas y, en un momento dado, posa mis labios sobre los suyos. Apenas es un roce que dura unos segundos, pero en el fondo de mi corazón, me sabe a gloria.
—Pienso luchar por ti, Sabela. Hasta el final.