Capítulo 35
Víctor
S i las anteriores reuniones se me hicieron largas, esta se me está haciendo interminable. No entiendo por qué tengo que venir aquí cada dos por tres cuando hoy en día existen mil aplicaciones de videoconferencia para evitar toda esta mierda.
Mi cuerpo está presente, pero mi mente está muy lejos de aquí.
Concretamente, pensando en cierta rubia que me vuelve loco.
Yo, que nunca me he considerado romántico, no dejo de pensar en ella a cada rato.
En besarla. Acariciarla. En hacerla mía una y mil veces más.
Se me ha metido bajo la piel en cuestión de meses y dudo que esto sea algo pasajero que se me vaya a pasar.
Cada vez que estoy con ella, quiero más. Nunca es suficiente.
Hace unas noches, el día de las estrellas fugaces, estuve toda la noche en vela planteándome la posibilidad de quedarme más tiempo en Laxe.
Siendo coherente, al hotel le quedan dos telediarios.
Si todo sigue como hasta ahora, en dos meses —a lo sumo —debería estar listo.
Lo que significaría que mi trabajo terminaría y tendría que volver .
Al principio, esa idea me entusiasmaba. Aunque Laxe es precioso, no me imaginaba sin el bullicio de Madrid.
Ahora todo me resulta extraño. La cantidad ingente de coches me molesta.
Los precios desorbitados me molestan. Incluso el calor infernal me molesta.
¡Hasta no tener playa me tiene de mal humor!
No sé qué clase de brisa marina tiene ese lugar que me ha conquistado por completo.
Aunque, más que brisa, es cierta chica preciosa que hace que se me instale un nudo en el estómago cada vez que la veo.
La reunión termina y mi padre se dirige a mí cuando los socios ya han salido de la sala de juntas.
—Necesito hablar contigo, hijo.
Cuando el gran Víctor Vázquez dice eso, no sé cómo tomármelo. A su favor, he de decir que está más tranquilo. Me hace pasar a su despacho y me indica que me siente enfrente de su escritorio.
—Ya te lo he dicho, pero te lo repito: estás haciendo un buen trabajo. Por las fotos que has enseñado, el hotel está quedando precioso y estará listo en el plazo indicado. Enhorabuena.
—Gracias.
—Y como estoy tan orgulloso de ti, ya tengo tu siguiente trabajo. Empezarás en dos meses, cuando termines ese. Vamos a construir un hotel nuevo en Gijón.
La sangre se me hiela y mis manos empiezan a sudar como nunca.
—Me temo que no va a poder ser, papá. —Mi progenitor me mira con el ceño fruncido. Es la primera vez que le digo que no a algo relacionado con la empresa, pero esta vez tengo mis motivos—. Quiero tomarme unos meses de descanso en Laxe.
Las palabras salen de mi boca sin que pueda pensarlas mucho. ¿Acaso acabo de decir lo que creo que acabo de decir? Joder.
—Entiendo. ¿Quién es ella?
—No sé a qué te refieres.
—Que haya una chica allí es el único motivo por el que quieres quedarte, ¿me equivoco?
La ausencia de una respuesta por mi padre le da la información que necesita. Nunca hemos tenido una relación supercercana, pero llevamos viviendo y trabajando juntos muchos años. Aunque quiera negarlo, mi padre me conoce bien y sabe leerme entre líneas.
—Piénsalo bien, hijo. A veces, una mujer no sirve para dejarlo todo. Te dejo un mes para pensártelo.
Sus palabras me duelen en cierta medida, pero no entro al trapo. He sido sincero y he puesto las cartas sobre la mesa. Y mi padre ha aceptado mi propuesta. A su medida, pero la ha aceptado. Es más de lo que podía esperar de él.
∞∞∞
Estoy desesperado. Bueno, decir eso es un eufemismo; en realidad, estoy que me subo por las putas paredes.
Ayer, tras hablar con mi padre, me fui a mi despacho a preparar el informe semanal, el cual se me complicó un poco. Hasta ahí todo bien. O eso creía hasta que a las seis de la tarde, cuando estaba saliendo de la oficina, me llegó un mensaje de Pablo preguntándome qué tal la sorpresa .
Al principio pensé que se había confundido de persona, por lo que le respondí que no sabía de qué me hablaba. Al momento, me llamó y me preguntó si no había estado con Sabela.
—¿Con Sabela? ¿Cómo voy a estar con ella si está en Laxe, tío?
—¡Vino esta mañana para darte una sorpresa, idiota! Fue Marcos a buscarla.
En ese momento, empezaron a encenderse todas mis alarmas. ¿Sabela vino a verme y no aparecía por ningún lado? El día de ayer me lo pasé llamándola y mandándole mensajes, pero debió bloquearme; ni le llegan ni me aparece su foto de perfil. ¿Qué coño debió pasar para que se fuera así sin más?
Entro en la oficina más temprano de lo habitual para ver si me llevo una sorpresa y está ahí esperándome, pero no. Voy a hacia Rebeca, ya que ayer no pude verla y le pregunto por Sabela.
—La dejé con Sonia en su planta, señor, pero no sé nada más.
Mierda.
Ahí está el problema.
Corro como alma que lleva el diablo hasta el ascensor y los quince pisos se me atragantan. La susodicha aún no ha llegado, así que entro en mi despacho y espero.
Al cabo de una hora, escucho unos tacones acercarse, por lo que salgo de mi despacho y me doy de bruces con ella. Parece sorprendida.
—¿Qué tal, Sonia?
—Muy bien, ¿y tú? ¿Me echas de menos y quieres un polvo mañanero? —Su voz venenosa me da escalofríos.
—Lo que quiero es que me digas dónde está Sabela. Rebeca me dijo que ayer la dejó contigo. ¿Por qué no la hiciste pasar a mi despacho?
—No sé dónde está. Cuando terminó la reunión, fui a buscar unos papeles y ya no estaba cuando volví. Intuí que te habías marchado con ella porque a ti tampoco te vi.
—Te juro que, como le hayas hecho algo, voy a acabar contigo y con toda tu carrera —exclamo furioso, pero ella ni se inmuta. ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora de lo víbora que era?
—Vaya, vaya. ¿Qué ven mis ojos? El señor Vázquez enamorado. Quizá debería mandar un comunicado a toda la empresa para anunciar la noticia.
La dejo plantada en medio del pasillo y me prometo a mí mismo hacer todo lo posible por echarla de este lugar.
Llamo a mi mejor amigo y le pido que se encargue de mis reuniones estos dos días que quedan de la semana. Necesito volver a Laxe. No puedo esperar ni un minuto más a verla, abrazarla y solucionar esta mierda que lleva dos días consumiéndome por completo.