Capítulo 34
Sabela
N o puede ser que me haya vuelto a pasar esto. ¿Qué he hecho en otra vida para que los tíos me pisoteen como si fuese un felpudo? Vale que tengo mal carácter y un piquito de oro, pero no merezco otro engaño. ¿Y lo peor? Que este sí que no lo esperaba.
Mi relación con Álvaro no era idílica. Bueno, lo fue el primer año.
Yo juraba y perjuraba que me casaría con él y tendría dos hijos.
Por suerte, nada más lejos de la realidad; me puso los cuernos y tuve una excusa .
Me dolió mucho. Sentí cómo mi corazón se desgarraba.
Aunque notaba que algo andaba mal, no esperaba que mi sexto sentido tuviese razón.
Con Víctor, mi corazón se ha resquebrajado del todo. Si cierro un segundo los ojos, aún puedo escuchar nítidamente los gemidos.
Ahora mismo me encuentro en un banco del Parque de El Retiro, a la sombra, mientras bebo a sorbos una botella de agua fría para no desmayarme. Quedarme en Madrid no es una opción. Necesito volver a mi casa. A Laxe. Ir corriendo al faro y llorar horas seguidas hasta desgañitarme .
Busco vuelos y trenes, pero todo está ocupado. Me planteo un bus, pero lo descarto; no es un transporte que me guste. Solo me queda una opción: alquilar un coche y volver conduciendo. Y aunque no me llama en exceso el plan, es lo único que me queda.
Como estoy cerca de la estación de Atocha, bajo con la maleta a cuestas y alquilo un coche de Madrid a Santiago. Ya me buscaré la vida cuando llegue allí. No quiero llamar a mi familia para no preocuparla, aunque tarde o temprano tendré que hacerlo. Ya mañana será.
∞∞∞
El viaje se me hace eterno. Tengo que parar cada dos por tres para coger un poco de aire y respirar, ya que siento que me ahogo en el interior del vehículo.
Cuando por fin llego a Santiago, no me lo creo. Apenas siento las piernas de la tensión de venir conduciendo. Tengo los ojos tan rojos que cualquiera pensaría que me he fumado cinco porros. La cabeza me va a explotar de un momento para otro. Esto no puede ir a peor.
Devuelvo el coche y decido llamar a Antón, pero antes le escribo un mensaje a mi cuñada de que no venga a buscarme pasado mañana al aeropuerto. Su respuesta me rompe en dos de nuevo.
Con que te ha convencido para quedarte más días, ¿eh…? Pillina
No te preocupes, disfruta. Nosotros nos encargamos.
Te quiero, cuñi .
Mis ojos se aguan en cuestión de segundos, pero intento no llorar. Tengo que intentarlo. Le doy al botón de llamada y espero a que mi mejor amigo me conteste. Por suerte, no tarda mucho.
—Pero ¿tú no tenías que estar follando como una loca en Madrid? ¿Qué haces llamándome? —Ahora sí que no puedo controlarlo y un sollozo se escapa de mis labios—. Cariño, ¿qué pasó?
—¿Estás trabajando?—pregunto entre lágrimas.
—Salgo en media hora, ya lo sabes. ¿Por?
—Necesito que vengas a Santiago a por mí. No tengo prisa, pero necesito volver a casa.
—En cuanto termine, arranco para ahí. No te preocupes. Te llamo cuando esté llegando.
—Gracias.
No espero su respuesta y doy por finalizada la llamada.
∞∞∞
Estoy tomándome una infusión en la cafetería del aeropuerto cuando mi amigo me avisa de que acaba de llegar y que me espera en la entrada. Dejo la bebida a medio tomar —la pedí por hacer algo—, y salgo corriendo.
Cuando lo veo, me lanzo a sus brazos y me permito llorar por quinta vez en lo que va de día. Antón me toma entre sus brazos y me acaricia el pelo. La gente nos mira, seguramente pensando en lo bonito que es el reencuentro entre dos personas, pero nada más lejos de la realidad .
—¿Qué te ha hecho ese imbécil? —me pregunta en cuanto nos separamos y toma mi rostro entre sus manos.
Puedo ver la preocupación en sus ojos. Niego con la cabeza y es respuesta suficiente para que maldiga en voz alta y vuelva a pegarme a su pecho—.
Puedo ir a Madrid y castrarlo. Le haríamos un favor a la humanidad.
—Prefiero ir para casa, si no te importa.
—Faro, ¿verdad? —Asiento a su pregunta y entro en el coche. Necesito cerrar los ojos y llegar a casa cuanto antes.
Me fijo en que me han llegado dos mensajes y mi corazón se para cuando leo el remitente.
Me ha dicho Pablo que estás aquí. ¿¡Cómo no me avisaste!?
Necesito verte. Te echo de menos. ¿Dónde estás?
Tengo ganas de mandarlo a la mierda, después de preguntarle si también me echaba de menos mientras se follaba a la otra, pero me contengo. Lo bloqueo y borro su teléfono.
Durante el camino, Víctor me llama varias veces, pero la respuesta es la misma: pasar de él. Me escribe hasta por Instagram. Se ve que no se da por vencido. ¿Tan mal fue el polvo que ahora busca hacerlo conmigo?
Antón se da cuenta y se ofrece a contestar una de sus llamadas, pero rechazo la oferta. No hay mayor desprecio que no dar aprecio.
Al llegar al faro, mi amigo me pregunta si quiero estar sola y yo asiento porque es lo que de verdad necesito. Besa mi frente con cariño y me hace prometerle que le llame si lo necesito.
En cuanto estoy delante de mi sitio favorito, me siento en el banco que hay a su izquierda y me permito llorar por última vez por Víctor Vázquez.
Y no sé si es este lugar, el sonido de las olas rompiendo contra el acantilado o el sol que está empezando a ponerse en el horizonte que, cuando ya no tengo más lágrimas, una sonrisa se forma en mis labios como si todo empezase a doler un poco menos.
Y es que, como bien se suele decir, el mar todo lo cura.