Un hotel con vistas al mar Capítulo 33
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Capítulo 33

Sabela

M e siento como una niña que no quiere que empiece septiembre para no volver al cole.

Yo de eso no tengo, pero me encantaría tener una máquina del tiempo y volver a hace dos meses para disfrutar de Víctor.

Cada semana que pasa es una menos que le queda aquí.

Antes de ayer me contó que el hotel iba viento en popa y que, por suerte o por desgracia, estaría en poco más de un mes.

Y ambos sabemos a qué se refería con eso de «por desgracia».

Septiembre ha traído consigo frío y lluvia. Pero lo agradezco, el mes de agosto fue muy caluroso y yo no tolero el calor. Solo me gusta porque puedo meterme en el mar sin riesgo a pillar una pulmonía.

Esta semana, Víctor está en Madrid. Me he liado la manta a la cabeza y voy a ir a verlo de sorpresa.

He hablado con su mejor amigo —Pablo—, después de encontrarlo por Instagram y me dijo que mandaría a alguien a buscarme al aeropuerto.

Se lo agradezco en el alma. Solo estuve una vez en la capital y fue con mis amigas, pero dudo que fuese a desenvolverme bien sola.

Y menos con el escaso sentido de la orientación que tengo .

Mi cuñada se ha ofrecido a traerme al aeropuerto de Santiago mientras mi hermano se encarga de la tienda hoy y mañana.

Solo serán dos días, pero lo suficiente para salir y darle una sorpresa.

Según Pablo, es una buenísima idea; dice que está loco por mí.

No voy a admitir que me sentí muy bien leyendo sus palabras.

Me gusta saber que tengo tanto poder sobre él como lo tiene él conmigo.

∞∞∞

—Pásalo bien y usa protección. Con un bebé en la familia, de momento creo que vamos servidos —me dice Uxía mientras me abraza con cariño.

—Teniendo en cuenta que eres tú quien me vende la píldora, supongo que sabrás que sí uso protección.

—Yo te la vendo, pero no sé si la tomas. Puede que cierto chico guapísimo te nuble la mente y haga que te la olvides.

—Como consejera eres un as, cuñada. Nos vemos en dos días.

Tiro de la maleta hacia el control de equipajes y me despido con la mano antes de pasarlo y perderme por la terminal. Encuentro sin dificultad la puerta de embarque y espero hasta que sea la hora.

El vuelo es tranquilo, apenas dura una hora, pero mis nervios aumentan cuando aterrizamos en Madrid. ¿Por qué me sudan tanto las manos?

Tras coger mi equipaje y esperar a que los pasajeros salgan, camino hacia la salida más perdida que un pulpo en un garaje. No recordaba este sitio tan grande .

Cuando leo un cartel que pone «Salidas» casi me echo a llorar.

Pablo me avisó de que vendría un hombre de unos cincuenta años, de pelo canoso y que llevaría una cartulina con mi nombre.

Dudo mucho que haya muchas Sabelas por aquí, así que lo busco con la mirada en cuanto traspaso la puerta.

No tardo mucho en dar con él, es tal cual como Pablo me describió.

Camino hacia donde se encuentra y me saluda con un apretón de manos antes de que tome mi maleta y comencemos a caminar hacia el parking .

El trayecto es silencioso. Es un hombre parco en palabras, o quizá estoy tan nerviosa que temo abrir la boca y decir cualquier tontería. Así que dejo que Melendi amenice mi viaje. Loco es una de mis canciones favoritas, por lo que la tarareo en mi mente intentando relajarme.

—Hemos llegado, señorita. —Marcos, que es cómo se llama, sale del vehículo y se apresura a sacar mi maleta del maletero—. Le dejaré la maleta en recepción para que no tenga que cargar con ella. Allí le dirán dónde se encuentra el despacho del señor Vázquez.

—Muchas gracias.

Si en la terminal me sentía enana, ahora me siento como una puñetera hormiga. Pero ¿cuántas plantas tiene este edificio? Unas veinte, por lo menos. Verás que me pierdo…

Acompaño a Marcos al interior y le deja la maleta a la chica que se encuentra en el mostrador de la entrada.

—Rebeca, indique a la señorita dónde se encuentra el despacho del señor Vázquez, por favor. Y guarda su maleta mientras dure su visita .

—Enseguida, Marcos, gracias. —Le sonríe con amabilidad y luego posa sus ojos en mí—. Sabela, ¿verdad? Pablo me avisó de que vendrías.

—Sí, encantada.

—Si eres tan amable, te acompaño al despacho. Ahora mismo se encuentra en una reunión, pero intuyo que terminará pronto.

—No te preocupes, no tengo prisa. Gracias.

Camino un par de pasos de la tal Rebeca, que va impoluta vestida con una falda de lápiz negra y una blusa azul celeste.

Demasiado elegante para mi gusto, pero le queda bien.

Cuando camina con esos tacones, su coleta alta se mueve de un lado a otro y me llega el olor de su carísima colonia, que me produce náuseas.

Cómo odio los perfumes tan empalagosos. Nos metemos en el ascensor e intento no respirar mucho porque he visto que vamos a la planta quince y no me apetece vomitarle encima.

En cuanto las puertas se abren, aparece un inmenso pasillo con varias puertas a ambos lados. En medio de dos de ellas, hay una sala de espera perfectamente ordenada y decorada. Justo enfrente, nos recibe otro mostrador como el de abajo, pero más pequeño.

—Sonia, te dejo aquí a Sabela. Viene a ver al señor Vázquez.

La susodicha levanta la cabeza y me mira a través de sus inmensas pestañas. Si las miradas matasen, yo ya estaría muerta y enterrada.

—Tienes que esperar ahí sentada hasta que te diga.

No me molesto ni en darle las gracias. Será maleducada la tía esta. No tardo en darme cuenta del porqué de sus palabras. Apuesto que son celos. Sonrío para mí misma, como si me hubiese tocado la lotería .

Media hora más tarde, y tras veinte miradas asesinas de mi amiga, se escucha movimiento al final del pasillo. Me tenso en mi asiento, esperando a que la idiota me haga pasar, pero no lo hace, sino que se limita a levantarse y a desaparecer de mi vista.

¿En serio me va a dejar aquí? Espero un par de minutos, por si acaso ha ido a avisar a Víctor de mi llegada, pero pasa un largo rato y aún no ha vuelto.

Suelto un gruñido y me levanto, con la paciencia en límites muy bajos.

Avanzo por el pasillo y, al llegar al final, a mi izquierda, puedo leer en la puerta «V. Vázquez».

¡Por fin!

Escucho movimiento dentro, así que me planteo llamar, pero mi mano queda suspendida en el aire en cuanto me llega el peor sonido que podría haber imaginado. Gemidos.

—¡Joder, más rápido!

Mi brazo cae inerte contra mi costado y, aunque le doy la orden a mi cerebro de que abra la puerta para verlo con mis propios ojos, no me obedece. Me quedo plantada en medio del pasillo, escuchando jadeos, bocas besándose y embestidas piel con piel que consiguen que se me ponga la carne de gallina.

Si antes tenía ganas de vomitar, ahora solo quiero desaparecer. Que se abra un agujero bajo la tierra y me trague. Y, de paso, que también se trague al puto Víctor Vázquez. No quiero volver a verlo en la vida.