Capítulo 32
Sabel a
S i ya creía que estaba loca, ahora mismo acabo de confirmarlo.
No sé cómo ha pasado, pero estoy llevando a Víctor a mi casa.
Concretamente a mi dormitorio, ese lugar que nunca he abierto a nadie más que a mi familia y amigos.
Ni siquiera Álvaro estuvo. Es mi santuario y, aunque estaba perdidamente enamorada de él, nunca me sentí con ganas de hacerlo.
Y ahora llega Víctor, con esa actitud que hace que me den ganas de ahorcarlo y besarlo al mismo tiempo, y consigue que le abra las puertas de todos los muros que tenía alzados.
Es la una de la madrugada y la casa está en completo silencio.
Tras nuestro encuentro en el hotel, bajamos a la playa a darnos un baño y luego subimos a su casa para terminar lo que habíamos empezado en esa habitación.
Cuando me iba a ir, insistió en acompañarme y, a pesar de mi negativa, lo hizo igual.
Así que, cuando estábamos con las lenguas enredadas, solté las palabras mágicas: «¿Quieres subir?». Y claro, aceptó. Por lo que ahora estamos subiendo en completo silencio hacia mi habitación, mientras yo intento calmar mi corazón y Víctor me pellizca el culo a cada paso que doy.
—Te voy a matar, te lo juro —le digo en cuanto llegamos a mi puerta.
—¿A besos? Me dejo hacer. Moriré feliz, de hecho.
—Eres incorregible.
Abro la puerta y lo hago pasar, encendiendo la luz en cuanto me cuelo dentro. Por suerte, está bastante ordenado. Me fijo en cómo Víctor recorre el espacio, fijándose en cada detalle. Pasea su vista por mi cama, las estanterías, mi escritorio y el mural de fotos que tengo en la pared.
—Es muy tú.
—¿A qué te refieres?
—Es un poco caótica, como tú. Pero también es preciosa, igual que la dueña.
—No sé si sentirme halagada o insultada.
—Halagada, no dedico piropos a nadie con tanta facilidad. Soy un hombre exigente. —A medida que habla, se acerca a donde estoy y posa una mano en mi barbilla para que la alce y lo mire—. ¿Qué pasa por esa cabecita? Puedo oír desde aquí cómo giran los engranajes en tu cerebro.
—Nada. Es solo que me resulta raro que estés aquí, nunca ha venido nadie que no fuesen mis amigos o familia.
Víctor frunce el ceño y puedo ver en sus ojos la pregunta que no quiere formular. Está pensando en Álvaro, lo sé.
—Gracias por permitirme ver este cachito de ti.
—¿Iréis a la playa o al faro? —les pregunto a mis padres mientras desayunamos los cuatro en el comedor.
—Yo voy a ir a la playa con los del equipo. Echaremos una pachanga en las dunas y tomaremos algo.
—Espero que lo que vayas a beber sea Coca-Cola, porque te juro que no entras en casa. —La amenaza de mi madre a Brais no es en vano. Ambos sabemos que lo haría sin pestañear.
—Tranquila, mamá, con que haya una loca en la familia es suficiente.
—¿Eso va por mí? —inquiero molesta. Malditos adolescentes.
—¿Por quién si no? Y tú qué, hermanita , ¿vas a ir con tu novio?
La pregunta de mi hermano pequeño consigue que el café se me vaya por el lado equivocado y termine echándolo por la nariz. Mi madre sonríe con picardía y mi padre levanta la cabeza del periódico y me mira con los ojos como platos.
Miña nai querida, a que me vai caer.
—¿Qué novio? No me digas que has vuelto con el imbécil de Álvaro, toxiño . —Mi padre ha perdido el color del rostro tras pronunciar esas palabras y consigue hacerme reír.
—No, papá. Tu hijo se inventa cosas.
—¿Que yo invento cosas? Entonces, ¿por qué estaba Víctor la otra noche por aquí? Os escuché despediros.
Lo mato. Juro que lo mato .
—Me acompañó a casa para que no volviese sola, nada más.
—Ya, seguro.
Cojo mi taza de café y me levanto, dando por terminada la conversación antes de que mi madre quiera meterse y tengamos la fiesta montada. Estoy subiendo las escaleras cuando escucho cómo mi padre le pregunta a mi hermano qué vio en realidad. En esta familia somos una panda de cotillas.
Me visto con una camiseta amarilla tie-dye que me encanta y unos pantalones cortos, dejando para la noche un conjunto de falda y top que me sienta de muerte.
Antes quiero saber a dónde tienen pensado ir mis padres a ver la lluvia de estrellas para irme a otro lugar con Víctor, pero no puedo decir nada más si no quiero ser descubierta.
Ya pensaré algo. Ahora solo espero que el día pase rápido y que la noche llegue lo antes posible.
∞∞∞
Por suerte para mí, el día sí que pasa rápido y a las nueve estoy en la puerta de casa de Víctor con una mochila en el hombro y vistiendo el conjunto rojo que tanto me gusta. No hace falta ni que llame, él mismo debe intuir mi presencia y me abre la puerta segundos más tarde.
—Cómo me ponen las chicas puntuales —comenta antes de devorar mi boca, como si ayer no hubiese sido la última vez que nos vimos—. ¿Te he dicho ya lo mucho que me gusta besarte?
—Unas diez veces al día.
—Pues pienso decirlo otras tantas. Joder, es increíble. ¿Ya sabes qué vamos a hacer esta noche?
Su pregunta me trae malos recuerdos de la encerrona de esta mañana.
—Tengo una idea, ¿te apuntas?
—¿Contigo? A donde sea, vecinita .
Nos subimos en su coche y le indico hasta llegar a la Ermita de Santa Rosa, que es uno de los puntos más altos del pueblo.
En cuanto aparca a un lado, extiende una enorme manta en el césped y coloca un par de cojines y salvamanteles.
También alcanza la nevera y saca una botella de tinto y la abre con mucho estilo. Este chico cada vez me impresiona más.
Yo me he encargado de la comida, así que saco un recipiente lleno de embutido, otro de quesos y varias latas de conserva.
—Hacemos un buen equipo, vecinita —comenta en cuanto tenemos todo listo. Razón no le falta, nos ha quedado un pícnic maravilloso.
Cenamos hablando un poco de todo: cómo le fue en el trabajo, cómo fue mi día en la tienda… Hablar con Víctor es tan sencillo como respirar o pestañear. Sale solo. Es de los pocos chicos con los que he tenido una conversación elaborada de más de cuatro frases sin sentido.
Cuando terminamos, se tumba sobre la manta y descansa la cabeza en un cojín antes de arrastrarme hasta él y hacer que apoye mi cabeza en su pecho. Su respiración me calma al instante, al igual que escuchar su corazón .
—¿Qué estamos haciendo, Sabela?
Su pregunta me pilla desprevenida, pero mentiría si dijera que ha tardado mucho en hacerse. No más lejos de la realidad, yo llevo haciéndomela semanas. ¿Y lo peor? No sé la respuesta.
—¿A qué te refieres? —inquiero, haciéndome la tonta para salir del paso.
—Esto que tenemos.
—¿Quieres que dejemos de vernos? —pregunto con miedo.
No sé cómo reaccionaría si dijera que sí. Bueno, sí lo sé, volvería a abrirse una grieta en mi corazón ya de por si magullado.
—¿Acaso crees que quiero eso? Si es eso lo que crees, estoy actuando muy mal.
Me incorporo para mirarlo a los ojos y él mueve el rostro hacia donde estoy. Nos miramos como si buscásemos una respuesta en el otro. Pero por desgracia, no encontramos nada más que dudas y más dudas.
—Ambos sabemos que esto tiene fecha de caducidad, Víctor.
—¿Por qué?
—Porque tú volverás a Madrid en unos meses y yo no quiero dejar este pueblo. No dejaría Laxe por nada ni por nadie. Y tu trabajo y tu vida no está aquí.
Su silencio me sienta como una patada en el estómago. No esperaba que me dijera lo contrario, pero duele. Y esa grieta empieza a abrirse poco a poco.
—No quiero dejar de verte, Sabela, aunque esto tenga fecha de caducidad. Quiero seguir besándote hasta que me duela la boca. Quiero seguir acariciando tu cuerpo todas las noches que pueda. Quiero ir al faro contigo y escuchar el mar a tu lado.
Una lágrima se desliza por mi mejilla y Víctor la alcanza antes de que llegue a mi barbilla.
Debería parar esto. Debería decirle que no puedo continuar.
Cabe la posibilidad de que me enamore de él hasta las trancas y eso complicaría las cosas aún más todavía.
Pero no puedo. No cuando veo esos ojos en los que me encanta perderme y esos labios que me muero por morder.
Así que, como respuesta, me inclino hacia su boca y la tomo en un beso lento y profundo que me lleva al séptimo cielo.
Esta noche estaré pendiente, más que nunca, de si pasa una estrella fugaz. Quiero pedirle el deseo de que mantenga mi corazón bajo llave, aunque ya sea demasiado tarde.