Un hotel con vistas al mar Capítulo 31
78%

Capítulo 31

Sabela

M i plan de hoy es ver cómo de avanzado va el hotel. Víctor estaba esperando a que me recuperara para llevarme y, por fin, puedo decir que —tras varios días— ya estoy curada.

Le he encasquetado la tienda a mi hermano esta tarde, a pesar de su negativa.

Aunque, bueno, me ha hecho prometerle que cuidaré un día de mi ahijado para que ellos puedan estar solos.

Aquí nadie de la familia hace nada de gratis.

Y merecerá la pena cada segundo que pase con mi ahijado, no solo porque lo adoro, sino porque la visión de Víctor en traje y camisa remangada es digna de ver.

—¿Qué tal, vecinita ? —me saluda con una sonrisa y un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de mi boca—. El beso de verdad vendrá luego, no seas impaciente.

Cuando se pone así de santurrón, me dan ganas de aplastarle la cabeza contra la acera. Pero en el fondo, sé que me compensará más tarde.

—¿Preparada?

—Nací preparada.

Víctor me hace entrar al hotel. Solo viendo la entrada, puedo saber que va a ser una pasada.

El recibidor es azul con todos los tonos, blancos crudos y marrones.

Es precioso. Del techo cuelgan numerosas lámparas, como si fuesen gotas de agua.

Las paredes están decoradas con cuadros de todos los faros; no me hace falta ser muy inteligente para darme cuenta de que son fotos hechas por nosotros de cuando hicimos la ruta.

Me encanta que el hotel tenga una pizca de nosotros.

—Sabía que te iba a gustar. Al día siguiente, revisé las fotos en el móvil y supe que tenía que ponerlas aquí.

—Son perfectas.

Pasamos de la recepción y nos internamos en el restaurante-cafetería, donde tiene un inmenso ventanal que da a la playa.

Se nota que han buscado sacarle el máximo partido a la zona, ya que hay muchísimos ventanales para ver lo que hay en los alrededores.

Puedo contar que hay unas veinte mesas con sus respectivas sillas.

Los colores siguen siendo iguales que los de la recepción y algo me dice que todo el hotel va a ser así: cálido y familiar.

Me acerco a la cristalera y observo el inmenso patio que hay; también decorado con mesas, sillas y sofás. A mano izquierda hasta hay una barra, supongo que para servir bebidas en la época de verano.

—Vamos a subir a las tres primeras plantas, ya que la última aún está en obras. Pero te las enseñaré, ya que son las que más tiempo nos van a llevar porque son las mejores.

Pasamos un buen rato viendo las habitaciones mientras Víctor me explica un poco cómo ha sido el proceso.

Todas son preciosas. Aunque sin duda, mi detalle favorito es el nombre de cada una de ellas.

Las habitaciones no se distinguen por números, sino con nombres de lugares.

Tenemos la habitación Cabo Vilán, la de Faro de Laxe…

—No sabía que eras tan original —murmuro, completamente fascinada con las vistas de las habitaciones de la tercera planta que dan al mar.

—Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, vecinita , pero no te preocupes, me ocuparé de enseñarte todas.

Sus manos se anclan en mi cadera y me atrae hacia él con rapidez. Mis brazos se enroscan en torno a su cuello, pegándonos tanto que no se sabe dónde empieza mi cuerpo y termina el suyo.

—¿A qué estás esperando? —murmura contra mis labios, pero sin llegar a besarme.

—No entiendo —miento, tengo tantas ganas de besarlo que no puedo pensar en otra cosa.

—A besarme. Sé que lo estás deseando, pero eres tan orgullosa que esperas a que lo haga yo.

—¿Quién dice que quiera besarte?

—Tu pulso acelerado, tus labios entreabiertos y tus ojos, esos que están tan dilatados que apenas puedo verte el iris.

Odio que me conozca tan bien. ¡Apenas nos conocemos desde hace unos meses y ya me lee como un libro abierto! Debería separarme de él y dejarlo con ganas, pero en el fondo, necesito besarlo.

Y como no soy una cobarde, lo agarro de la nuca y pego mi labios a los suyos con desesperación. Me derrito al ver cómo me corresponde y me alza en brazos para estar a la misma altura. Pega mi espalda contra la pared y se acomoda entre mis piernas.

Un gemido se escapa de mis labios al notar cómo nuestros sexos se rozan a través de la ropa y puedo sentir su excitación. Me encanta tener ese poder sobre él.

Víctor me deja en el suelo sin dejar de besarme, posando una mano sobre mi cuello y acariciando mi mandíbula con el pulgar. Se separa de mí y protesto, no ha sido suficiente para saldar las ganas que tengo de él.

Pero en cuanto veo el brillo malicioso en sus ojos, me doy cuenta de que lo mejor está por venir. No me paro a pensar en dónde estamos, ahora mismo me da exactamente igual. Y cuando lo veo arrodillarse delante de mí, mi corazón se salta un latido y mis piernas tiemblan de ganas.

—Jamás pensé que te vería arrodillado ante mí.

— Vecinita , me arrodillaría ante ti las veces que hiciese falta.

No me da tiempo a responder. Alcanza el bajo de mi vestido y me lo sube hasta la cintura antes de agarrar mi tanga y bajarlo de golpe hasta mis pies, donde me lo quita de un movimiento rápido.

—¿Vamos a estrenar esta habitación, preciosa? —pregunta sobre la piel de mi muslo antes de darme un mordisco que me hace perder la poca cordura que me queda.

—Lo estoy deseando.

—No tanto como estoy deseándolo yo, créeme.

Y sin decir nada más, posa su boca en mi clítoris y todo a mi alrededor deja de existir.

Víctor pone una mano en la zona baja de mi vientre para que no pueda moverme; con la otra, acaricia mi muslo y la parte baja de mi culo, apretándolo de vez en cuando.

Alcanza una de mis piernas y la sube a su hombro antes de seguir con el cometido de darme el mejor orgasmo de mi vida.

Yo, que siempre he sido de tardar en alcanzar el clímax, con Víctor me resulta imposible tardar más de un par de minutos. Gimo su nombre y me retuerzo contra él y doy gracias a quien quiera que esté arriba por haberme puesto semejante hombre en el camino.

—¿Te he dicho ya que me encanta esos ruiditos que haces cuando te corres y cómo gimes mi nombre? —murmura sobre mis labios cuando ya se ha incorporado.

No contesto, sino que tomo su boca de nuevo e introduzco mi lengua en la suya.

Bajo mi mano hasta su entrepierna, que está más que dispuesta a una ronda.

Víctor gruñe cuando la acaricio por encima de la tela y, aunque a veces me hago de rogar, esta vez no.

Así que la saco tras pelearme un buen rato con su cremallera y le intento dar — aunque sea— una décima parte de lo que él me da.

Cuando Víctor se corre, está exhausto, despeinado y con la respiración entrecortada. Puedo escuchar el latido errático de su corazón y me encanta haber sido yo la culpable de ello.

—Creo que, desde hoy, la habitación Faro de Laxe se acaba de convertir en mi favorita.

Sus palabras me arrancan una sonrisa, aunque una parte de mí se apodera de una tristeza inusual. Sabe que, por desgracia, esto va a tener fecha de caducidad.