Un hotel con vistas al mar Capítulo 30
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Capítulo 30

Víctor

A gosto ha traído consigo dos cosas: que venga bastante turismo y que se vayan muchos vecinos de vacaciones.

Ambas cosas están bien. Pero nada de eso me importa más que la chica de pelo rubio indomable y boquita respondona a la que pienso ir a ver tras terminar de comer y de apagar algunos fuegos laborales.

La relación que tengo con mi preciosa vecina podría definirse como una montaña rusa: emocionante, rápida e intensa. Muy intensa. La conocí hace tres meses, pero siento como si mi vida hubiese estado en stand by hasta su llegada.

Estas dos últimas semanas han sido una completa locura.

Nos hemos visto prácticamente todos los días; a veces en la tienda, otras en la playa y otras nos encontramos por el pueblo.

La mayoría han terminado igual: con ella desnuda en mi cama.

Y puedo decir que han sido las mejores semanas de mi vida.

Decir que me gusta es quedarse muy corto, pero es que siento que no tengo palabras coherentes para definir cómo me siento cuando estoy con ella.

Llego a casa y me preparo algo rápido de comer mientras leo las noticias en el móvil. Es algo a lo que me acostumbré hace un par de años y ahora lo echo de menos cada vez que no puedo hacerlo.

Como tranquilo, reviso un par de datos de la obra y recojo todo antes de tirarme en el sofá a descansar un rato.

No sin antes mandarle un mensaje a mi madre, preguntándole que tal está.

Puede que la haya llamado por la mañana, pero hoy tenía una cita de nuevo en el médico y quiero saber cómo fue. Su respuesta no tarda en llegar.

Todo de maravilla, tesoro. La cosa va por buen camino. Ya queda menos.

Tecleo mi respuesta y se la mando. Ahora sí puedo descansar tranquilo.

∞∞∞

Entro en la tienda de muy buen humor esperando verla nada más traspasar la puerta, pero me encuentro con el local vacío.

—¿Sabela?

La llamo, pero no obtengo respuesta. Maldigo para mis adentros y espero que ni su padre ni su hermano estén por aquí. No me apetece lidiar con esta situación.

Estoy a punto de salir por la puerta como si nada cuando escucho un golpe proveniente del almacén seguido de unos cuantos improperios. Sonrío porque conozco esa voz.

La escena que me encuentro es un tanto extraña: Sabela está en el suelo con una caja abierta de patatillas entre las piernas mientras otras dos descansan de cualquier manera a su lado. Vamos, que se le han caído .

—¿Necesitas ayuda, vecinita ? —le pregunto, agachándome para quedar a su altura y me fijo en sus ojeras y en sus ojos vidriosos—. ¿Qué te ha pasado?

—Me he despertado con un poco de fiebre y dolor de garganta, pero estoy bien. Si quieres algo, cógelo tú mismo. Ya me lo pagarás.

—Sabela, no puedes trabajar así. Venga, te llevo a casa.

—Intento agarrarla del brazo y levantarla, pero maldice y hace fuerza para volver a plantar su culo en el suelo—.

No pienso permitir que estés aquí enferma.

—Toco su frente y un sentimiento de protección se apodera de mí.

Está hirviendo—. ¿Saben tus padres que estás así?

La ausencia de respuesta me confirma que no. Joder. Es terca como una mula.

—No puedo cerrar la tienda, Víctor, vivo de esto.

—Pues me quedaré yo.

—Pero ¡si no tienes ni idea de vender chucherías! —me grita y, al instante, empieza a toser. Acaricio su espalda y le paso una botella de agua, que abre y empieza a beber tragos pequeños. Me duele en el alma verla así.

—Si no quieres ir a tu casa para que no te echen la bronca, lo entiendo, pero te vienes a la mía. Yo me quedaré aquí hasta el cierre y luego te preparo algo de cena. ¿Te parece bien?

—¿Sinceramente? No, pero intuyo que no vas a parar hasta salirte con la tuya.

—Empiezas a conocerme, vecinita .

La acompaño a casa tras pedirle a la buena de Mercedes que se quede cinco minutos atenta de la tienda. Nos mira de arriba abajo, pero debe ser muy mala la cara de Sabela porque no dice ni mu. Algo muy raro viniendo de ella.

Menos mal que mi casa está a escasos minutos, sino ya me veía llevándola en brazos. Se nota que no tiene fuerzas ni para caminar. ¡Y quería estar en la tienda cuatro horas! Cada vez la encuentro más loca de la cabeza, lo juro.

Al llegar, sí me permito alzarla en brazos y se la nota tan cansada que ni protesta. La dejo con cuidado en la cama, como si se fuese a romper en cualquier momento, y le quito los zapatos para que esté más cómoda y pueda descansar mejor.

Voy a la cocina y cojo todo lo necesario para que esté unas cuantas horas sola: una botella de agua, unas cuantas cosas de comer, un Paracetamol y pañuelos. Creo que debería servir, aunque al volver a mi habitación la encuentro dormida y me doy cuenta de que dudo que use nada de eso.

Me debato entre llamar o no a sus padres para contarle dónde está, pero descarto la opción. Si aparecen por la tienda y me ven, ya me inventaré algo. Escribo una nota y se la dejo en la mesilla, junto con todo lo demás, antes de taparla hasta la altura de los hombros.

No sé por qué, pero me permito agacharme hasta quedar a su altura y ponerle un mechón de pelo detrás de la oreja. Beso su mejilla y, aunque no me apetezca, me despido de ella y me encamino hasta mi nuevo puesto de trabajo.

∞∞ ∞

Las horas pasa más rápido de lo que hubiese imaginado en un principio.

Mercedes me ha hecho un par de visitas. Según ella, para comprar muchas cosas, pero sé que en el fondo venía a cotillear.

Lo mismo les pasó a un par de vecinas más.

Se ve que hoy todo el mundo iba despistado y tenía que volver a la tienda varias veces.

A las ocho menos cuarto, recojo el mostrador y paso una escoba rápida al suelo antes de cerrar. Quién me iba a decir a mí que iba a pasarme una tarde trabajando en una tienda de chucherías para cuidar a la chica que me gusta. Quién me ha visto y quién me ve.

Me paso por el supermercado para comprar un par de bricks de sopa, que normalmente es lo que suelo tomar yo cuando estoy enfermo y un poco de Aquarius, que no sé por qué, pero siempre se dice que es bueno. No voy a decir yo lo contrario.

Por suerte, al llegar a casa, Sabela está sentada en el sofá. Su cara sigue siendo de enferma, pero ha recuperado un poco el color en las mejillas. Me sonríe con un cariño inusual en ella, que consigue despertar sentimientos dentro de mí que no sabía que existían.

—¿Qué tal estás, preciosa? —Me doy el lujo de besar sus labios antes de tomar asiento a su lado. Toco su frente y, gracias a Dios, no está tan caliente como hace unas horas—. ¿Has comido algo?

—Sí, me tomé el yogur cuando desperté para tomarme el Paracetamol. Parece que me ha venido bien.

—Me parece estupendo. Voy a prepararte un poco de sopa y luego podemos ver una peli, si te encuentras mejor.

—Gracias por todo, Víctor. Me has salvado la vida.

—Por ti lo que sea, vecinita .

Y aunque puede sonar un poco frase hecha, siento que es así. Que ahora mismo le daría todo lo que me pidiese sin ni siquiera pestañear. Y eso es muy, pero que muy jodido.