Un hotel con vistas al mar Capítulo 29
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Capítulo 29

Sabela

L legamos a Cabo Vilán pasada la una del mediodía.

Este es mi segundo faro favorito. Solo hay que verlo un segundo para darse cuenta de lo especial que es.

Tiene dos partes: el faro en medio de un acantilado a gran altitud y el antiguo edificio de los fareros.

Se dice que es el faro eléctrico más antiguo de España. Y eléctrico o no, es precioso.

—Qué pasada —murmura Víctor en cuanto lo tiene delante.

Hacemos unas cuantas fotos y entramos en el antiguo edificio que ahora usan como museo. Pasamos media hora recorriendo los escasos metros cuadrados de estancia, pero me alegra ver cómo Víctor observa todo con curiosidad.

Tras terminar la visita y hacer un par de fotos de la zona, nos dirigimos al centro de Camariñas, que ya es la hora de comer y tenemos la reserva para las dos y media.

El restaurante que escogí es uno de estos de toda la vida, que está regentado por toda la familia y que hacen una comida buenísima.

Ya he estado un par de veces con mi familia y he de decir que las croquetas de erizo son de otro planeta.

Tenemos suerte que nos ponen en la terraza y que no está muy concurrido, por lo que tenemos una comida tranquila y amena.

—Gracias por esto, vecinita . —Aunque su tono suene con retintín, lo dice en serio. Y me encanta que siempre diga todo lo que piensa—. Hace tiempo que no me lo pasaba tan bien.

—Gracias a ti por dejarme acompañarte.

—No creo que pudiese tener mejor compañía que tú.

Otra vez las dichosas mariposas de mi estómago emprenden el vuelo tras escuchar sus palabras. Por suerte, el camarero se acerca con nuestra tapa de croquetas y de empanaba de choco, por lo que nos centramos en comer mucho y hablar poco.

Aunque insisto en hacerme cargo de la cuenta, Víctor me fulmina con la mirada y le tiende dos billetes al camarero en cuanto trae la cuenta.

—No es justo. Deberíamos pagar a medias.

—Lo que no es justo es que seas tan preciosa.

Sus palabras, para mi desgracia, consiguen sonrojarme como nunca antes me había pasado. Cómo lo odio, de verdad.

—Tienes que parar con ese rollo, en serio.

—¿Qué pasa, vecinita ? ¿Temes caer rendida a mis pies?

«Puede que ya lo esté», pienso, pero me limito a rodar los ojos y llevarme dos dedos a la boca mientras finjo vomitar. Si él supiera…

∞∞∞

Nuestra siguiente parada sería el faro de Laxe, pero por razones obvias, lo dejamos para el final. Así que nos dirigimos a Ponteceso, que es donde se encuentra el siguiente: Faro del Roncudo. Como casi es una hora para llegar, me pongo cómoda y conecto de nuevo la música.

—El siguiente faro es muy parecido al de Laxe —le digo cuando apenas quedan quince minutos para llegar—. Y al último solo se puede acceder en barco, así que lo veremos a lo lejos.

—¿Tú fuiste alguna vez?

—Sí, una. En el barco de mi abuelo.

No me doy cuenta de las palabras que salen de mi boca hasta que las proceso. Se me ha escapado por completo. Y Víctor parece darse cuenta por cómo posa su mano sobre mi muslo y me da un ligero apretón.

—¿Qué pasó?

—Hablar de mi abuelo es un tema tabú para mí.

—Podemos cambiar de tema, entonces.

—Murió hace relativamente poco, estábamos muy unidos. Él fue quien me enseñó que el mar lo llevamos dentro y que la salitre es nuestra sangre. Amo Laxe tanto como lo amaba él. Muchas veces paseo por el puerto buscando su pesquero para saludarlo, pero poco después me doy cuenta de la realidad.

—Lo siento, preciosa, debió de ser duro.

—Lo fue. Ahora estoy mejor, pero el primer mes no pude ir a trabajar. Ya sabes… la tienda está prácticamente enfrente del puerto.

Hablamos un rato más, pero enseguida Víctor cambia de tema .

—¿Qué prefieres: no comer más pulpo o no comer más croquetas? —Su pregunta me hace sonreír. Me acuerdo de la cara que puso cuando empecé con el juego en su casa.

—Esa pregunta va a doler, ¿eh?, pero prefiero vivir sin croquetas que sin pulpo. Es una de mis comidas favoritas sin duda.

—Buena elección.

—¿Y tú que prefieres: que, cada vez que camines, no pares de estornudad o de tener hipo?

Víctor suelta una carcajada que, sin pretenderlo, me contagia a mí también y niega con la cabeza como si me hubiese vuelto loca.

—¿Qué clase de pregunta es esa, Sabe? ¡No tiene sentido!

—Es lo importante del juego, que no tenga sentido lo que vayas a escoger.

—Pues no sé, joder. Las dos son una mierda, pero creo que me quedaría con tener hipo.

—Creo que yo hubiese dicho lo mismo.

Por suerte, mi humor cambia cuando llegamos a nuestro destino y consigo disfrutar de la tarde. No puedo negar que el guapísimo chico que tengo al lado ayuda a que eso pase, ya que cada dos por tres me suelta alguna de las suyas o hace amago de empujarme o chocarse conmigo.

Al legar a Laxe, no hace falta que le indique a dónde tiene que ir.

Conduce en silencio tarareando la canción que suena en la radio, que no es otra que La vereda de la puerta de atrás .

Si algo he confirmado hoy es que Víctor es de música de los 80-90, como yo.

Me he criado con Álex Ubago, Estopa o Extremoduro, entre otros.

Gracias en parte a mi madre, que no paraba de ponerme sus canciones.

Cuando Víctor estaciona al lado del faro, me quedo en silencio mirando al mar. No tengo palabras suficientes para describir cómo me he sentido en el día de hoy.

Mientras paseábamos de un lado a otro, sentí como si nos conociésemos de toda la vida y me permití disfrutar de su compañía, sus bromas o sus caricias.

Disfruté como una adolescente con cada beso que me regalaba, ya fuese en la mejilla o en la boca.

O cuando, en el último mirador, me abrazó por detrás y me dejó un reguero de besos desde la mandíbula a la clavícula y ahí me di cuenta de la cantidad tan indecente de autocontrol que tengo; no sé cómo no lo cogí y lo desnudé allí mismo.

Se está colando cada vez más y más profundo dentro de mí. No sé cómo pararlo, si es que puede pararse a estas alturas.

Posa una mano sobre mi muslo y traza círculos sobre este, consiguiendo que la piel se me erice, a pesar de que no haya frío ninguno.

Me permito dejar de observar el paisaje y centrarme en él.

En su mandíbula marcada. Sus ojos oscuros, que ahora brillan con luz propia.

Sus labios entreabiertos y carnosos que me llaman a gritos.

Y me doy cuenta de que estoy perdida. Perdida por este hombre que ha derribado todos los muros, uno a uno, sin siquiera esfuerzo.

—¿Estás aquí? —pregunta con todo jocoso, pero sé que en el fondo está preocupado por mi reacción. Estoy aprendiendo a leerlo entre líneas.

—Sí, es solo que me lo he pasado muy bien hoy y no quiero que termine.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con Sabela? No sabía que podías decir más de dos palabras sin insultarme…

Le doy un manotazo en el brazo, pero no consigo pelear más. Me alcanza de la muñeca y tira de mí hacia él, invitándome a subir en su regazo. Debería negarme, aún no es de noche y podría vernos cualquiera, pero me he dado cuenta de que no soy capaz de negarle nada.

—Repetiría este día una y mil veces más solo para que volvieras a sonreír como lo haces ahora.

Y es cuando escucho sus palabras que me doy cuenta de que estoy sonriendo tanto que hasta me duele la mandíbula. Y es maravilloso.