Capítulo 28
Sabela
N o sé en qué punto está mi relación con Víctor.
¿Nos hemos liado? Sí, varias veces. ¿Hemos follado?
También. ¿Hemos dormido juntos? Por desgracia, sí.
Y ahí es cuando mi mundo sentimental interior empezó a tambalearse como un castillo de naipes.
Debí haberle puesto freno, pero no fui capaz.
Su mirada, sus caricias, sus labios… Todo eso me gritaba: «Ven, quédate con nosotros». Y les hice caso. Tonta de mí.
Hoy le he encasquetado la tienda a mi señor padre. Víctor me ha pedido una cita y lo peor es que he aceptado al segundo. De verdad, estoy perdiendo facultades en esto de ser un toxo .
Alguien llama a mi puerta cuando me debato entre qué ropa ponerme y aparece mi madre con una sonrisa.
—¿A dónde vas hoy? —Aunque intenta disimularlo, se muere por saber qué es lo que me está pasando últimamente.
Aparezco tarde por casa (si es que aparezco), estoy más callada de lo normal y menos respondona y no he vuelto a hablar mal de mi querido vecino.
No es tonta, sabe que hay gato encerrado—.
Soy tu madre, no tiene sentido que te sigas escondiendo, toxiño .
—Es que no sé cómo explicártelo porque ni yo misma sé que está pasando, ma .
—Te gusta Víctor, es eso, ¿no?
Me planteo la pregunta antes de siquiera responder. ¿Me gusta? Puede ser. Vale, no. Me gusta muchísimo. Es cierto que le pondría un candado en la boca el ochenta por ciento del tiempo, pero es innegable el fuego interior que siento cada vez que lo veo.
—Sabía que pasaría esto en cuanto lo vi.
Mi madre se acerca hasta donde estoy y me abraza con cariño, mientras yo aún tengo un top en cada mano.
Al separarse de mí y darme un apretón en las mejillas, coge ambas piezas de ropa y las deja colocadas en su sitio antes de coger un top de encaje que ella misma me regaló el año pasado.
Sabe que me encanta y, sinceramente, no sé por qué no me lo puse como primera opción.
—Con esto y la falda vaquera que tienes, se caerá de culo. Y ahora, si eres tan amable, me cuentas de qué va todo esto.
Me planteo echar a correr y evitar este sufrimiento, pero es tontería retrasar lo inevitable, así que empiezo por el principio relatándoselo todo. Le cuento que cuando lo conocí, con esa soberbia tan suya, me cayó infinitamente mal y quise tirarlo del faro abajo.
Le cuento también nuestro primer beso en mi lugar especial cuando me confesó lo de su madre y cómo salí por patas.
Al igual que la noche de la discoteca cuando lo vi con Antía y me di cuenta de que los celos que notaba aflorar en la boca de mi estómago jamás los había sentido.
Termino la historia hablándole de las dos noches que metimos una marcha más y dejamos de andarnos con tonterías.
Me escucha atenta y sin interrumpir ni una vez. Sabe que, si lo hace, es probable que no vuelva a soltar prenda, así que espera paciente hasta que me he desahogado por completo. No hay nada más curativo que una charla con tu madre, de verdad.
—Supe que había algo el día que vino a comer. Quizás no por tu parte, pero no hacía falta ser muy inteligente para ver cómo te miraba. Le gustabas y mucho. Y se ve que el chico los tiene bien puestos si, a pesar de todos tus desplantes y bravuconadas, ha decidido seguir apostando por ti.
—¡Eh, que yo soy un partidazo! —protesto, consiguiendo que mi madre suelte una carcajada.
—No digo que no, cariño, sabes que eres maravillosa. Pero te pierde la fuerza por la boca y de cariñosa tienes bien poco. Además, pensaba que después de lo de Álva…
—No lo nombres, ma , no quiero ni escuchar su nombre. Ha dejado de existir para mí.
Guarda silencio y asiente. Sabe que, aunque me muestre fuerte, esa historia me ha dejado una huella que jamás se va a borrar.
Víctor es el primer chico con el que me he planteado llegar tan lejos desde que pasó eso.
Y una parte de mí, está feliz porque haya sido él quien me haya devuelto esa pequeña ilusión de volver a sentir.
Aunque sé que lo nuestro tiene fecha de caducidad.
—¿Qué pasó, toxiño ?
—No quiero volver a sufrir, mamá. Víctor se va a ir en unos meses y yo me voy a quedar aquí. Tengo que mantener mis sentimientos y el corazón bajo llave porque cabe la posibilidad de que salgan lastimados de nuevo.
—Disfruta mientras lo tengas aquí, Sabe. No pienses en qué pasará dentro de unos meses porque no lo sabes. Me parece bien que mantengas a tu corazón resguardado, pero no por ello dejes de sentir o de disfrutar. Es un buen chico.
—Lo es.
Hablamos un ratito más y me doy cuenta de la hora que es cuando me llega un mensaje de que Víctor está debajo, así que me despido de mi madre con un abrazo y salgo de casa pitando antes de coger todo.
—¡Pórtate bien y no hagas ninguna locura! —me grita desde las escaleras y yo niego con la cabeza. Me conoce demasiado bien.
Al abrir la puerta de la entrada, un Víctor con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros cortos me da la bienvenida.
Lleva una camiseta negra, a juego con sus Vans, que le sienta de muerte.
Me llega el olor de su desodorante desde aquí y me dan ganas de saltar a sus brazos y comérmelo enterito, pero me controlo.
O eso intento hasta que me coge de las muñecas y me pega a su torso con fuerza antes de capturar mi boca entre la suya.
Me planteo en darle un pisotón para alejarlo. Intuyo que mi madre estará de cotilla por el balcón, pero en cuanto su lengua se encuentra con la mía y la saluda, me olvido hasta de cómo me llamo.
—Estás preciosa —murmura muy bajito antes de atrapar mi labio inferior entre los dientes y tirar de él, arrancándome un jadeo.
—Sabes que mi madre nos está espiando, ¿verdad ?
—Mientras no sea tu padre… —Víctor levanta la cabeza y ahí está la susodicha, sonriendo como si le hubiesen tocado cuatro millones de euros en la lotería—. Hola, Fátima.
—Hola, Víctor. Ya me dijo Sabela que tenéis una cita.
—Exacto.
—Pues pasadlo bien y tomad precauciones —comenta con gracia antes de despedirse con la mano y meterse dentro.
Mis mejillas han adquirido un tono rosado y se están empezando a calentar. Ni que tuviera quince años.
—Ya has oído a tu madre, hay que tomar precauci… —empieza a decir Víctor, pero antes de que pueda terminar siquiera la frase, lo agarro de la camiseta y lo pego a mí de nuevo, volviendo a sumergirme en su boca y en su olor—. Venga, vamos, tengo el coche un poco más adelante.
Me pasa un brazo por el hombro y coge mi mochila para llevarla él, como si fuese un auténtico caballero.
—¿Cuál es el plan? —pregunta en cuanto nos hemos metido en el coche.
La noche que dormimos juntos, estaba viendo las redes sociales cuando le saltó un anuncio de la ruta de los faros. Me preguntó qué era y yo le propuse hacerla un día. Y así es cómo me pidió la cita para que se los mostrara.
—La ruta de los faros es muy famosa, son ocho en total. Podemos hacerlo empezando por Fisterra o por Malpica. Tú decides.
—¿Fisterra te parece bien? Es el único que conozco y podemos echarle un vistazo rápido.
—Perfecto. Arranca, yo te guío.
—¿Te sabes el camino de memoria? —Su expresión es de máxima sorpresa, lo cual me hace reír.
—¡Pues claro! He hecho esa ruta cientos de veces. Incluso hice alguna de las ocho etapas caminando.
Víctor conduce con una elegancia exquisita. No voy a decirlo en voz alta, pero está demasiado sexy con el brazo izquierdo apoyado en la ventanilla mientras conduce y el derecho en la palanca de cambios, que a veces roza mi muslo sin querer.
Hasta Fisterra son unos cincuenta minutos, así que con suerte, llegaremos antes de las diez de la mañana.
Hablamos un poco de todo mientras de fondo nos acompaña Loquillo con El ritmo del garaje .
Le pregunto por su madre y, aunque en un primer momento se tensa, poco a poco va relajando los hombros antes de contestar.
—Por suerte, mejor. Odio no poder estar allí con ella, pero no me lo permitiría. Es muy tozuda y quiere su espacio.
—¿Está con tratamiento o algo?
—El cáncer que tenía en el útero estaba muy focalizado, así que una vez la vaciaron, le dieron un par de semanas de sesiones de radio por prevención y ya. Ahora tiene controles cada cierto tiempo y parece que todo va bien. Gracias por preguntar, preciosa.
—Me alegro mucho, Víctor.
Llegamos a nuestro destino a la hora prevista y hacemos un paseo hasta el acantilado. Normal que lo llamen «fin del mundo». Cuando veo el horizonte, se me instala un nudo en el estómago. Da igual que haya estado cientos de veces, impresiona como la primera vez .
Tras hacer un par de fotos, nos dirigimos hasta el Cabo Touriñán y luego a Muxía. Al llegar al Santuario de la Virgen de la Barca, sonrío con malicia. Pienso hacer que pase por debajo de la Piedra de los Riñones, cueste lo que cueste. Aunque con lo alto que es, igual se queda encajado.
—¡Ven, corre! —Tomo su mano y bajamos con cuidado por las rocas. En cuanto lo dejo delante de la piedra, me mira con el ceño fruncido—. Tienes que pasar por debajo.
—¿Perdón?
—¡Es una tradición! Esta es la Pedra dos Cadrís y cuenta la leyenda que, si pasas nueve veces por debajo de ella, te curará los riñones, la espalda y la cabeza.
—Pero ¡si a mí no me duele nada de eso! Estás chiflada. No pienso pasar por ahí y menos nueve veces. No entro.
—Eres un exagerado y un aburrido. Aprende de la maestra. —Y como a competitiva no me gana nadie, me agacho con cuidado y paso nueve veces por debajo de la piedra delante de sus narices—. ¿Ves? Ya me siento mejor.
—Lo que me sorprende es que el dolor de espalda no lo tengas ahora tras haber reptado por ahí abajo como una serpiente.
—¿En serio no me vas a dar el gusto de verte?
—Yo bajo a donde tú quieras, ya lo sabes, menos ahí.
Su mirada cargada de intenciones me taladra con fuerza. Será capullo. No deberían afectarme sus palabras, pero lo hacen. Noto cómo mi cuerpo responde a ellas, aunque no quiera.
—Qué pena. Y yo que quería recompensarte luego …
Víctor abre los ojos como platos y en dos zancadas se acerca a dónde estoy, tomándome de la cintura con posesividad.
—¿Qué tipo de recompensa me espera?
—Si tú te pones de rodillas para pasar por ahí debajo, prometo esta noche hacer lo mismo para ti.
Y no necesito decir nada más. Suelta un gruñido y obedece sin rechistar. Saco el móvil y grabo todas las veces que se desliza por la piedra. Las primeras aún las lleva bien, pero las dos últimas protesta hasta decir basta.
—Espero que cumplas tu promesa, vecinita —murmura cuando sale por novena vez del agujero.
—Yo siempre cumplo mis promesas.